La Unión Europea y el Reino Unido

Probablemente uno de los fenómenos de mayor trascendencia acaecidos en la segunda mitad del siglo XX, junto con la desaparición de la URSS, es la creación de las CCEE (Comunidades Económicas Europeas), luego UE (Unión Europea) y, con relación a ésta, el papel del RU: su entrada, su comportamiento a lo largo de 45 años y su reciente solicitud de salida (Brexit). Trataré de analizarlo sucintamente, renunciando inevitablemente al detalle, para lo que seguiré el trabajo de A. Bar Cendón:  El Reino Unido y la Unión Europea: inicio y fin de una relación atormentada, publicado en la revista  Teoría y Realidad Constitucional, Departamento de Derecho Político, Facultad de Derecho. UNED

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El RU ha decidido retirarse de la UE. En realidad […] quizá nunca debió haber entrado. Consideraciones uti­litarias, sin embargo, llevaron al RU a solicitar la entrada en las CCEE primero, y a mantenerse en la UE después. El RU siempre pensó que, una vez dentro, podría modificar los planteamientos básicos de las CCEE y de la UE adaptándolos a sus propios intereses. Como decía Harold Wilson en 1967, de manera explícita: «el Tratado de Roma […] no es necesariamente un obstáculo si logramos que nues­tros problemas sean resueltos satisfactoriamente, bien a través de adaptaciones de las previsiones del Tratado, bien de cualquier otra manera»; adaptaciones que «pueden realizarse mejor tras nuestra entrada». No sé si puede decirse que esta perspectiva era malintencionada, pero, desde luego, fue una perspectiva equivo­cada —como el resultado del referéndum de junio de 2016 demuestra—, dado que ni el RU logró nunca adaptar plenamente la UE a sus intereses, ni la UE ha logrado llevar adelante su proceso de integración en los términos que habían sido inicialmente diseñados. Esto ha hecho […] que las relaciones RU-UE hayan sido siempre difíciles y que, si bien desde muchos puntos de vista el balance de esta relación es muy positivo, la presencia del RU en la UE, sin embargo, ha sido siempre un pesado lastre, un freno al pro­ceso de integración política y económica de Europa. Op. cit. pag. 38

La incómoda y difícil relación entre el RU y la UE ha sobrepasado los 45 años. Fue precisamente en vísperas del cumpleaños cuando el RU solicitó su salida invocando el artículo 50 del Tratado de Lisboa, uno de esos artículos redactados para no ser aplicados nunca y por tanto sin mucho desarrollo en el detalle de los procedimientos. El malestar en la relación arranca de sus orígenes, por las diferentes expectativas que sobre el proceso integrador tenían ambas partes, como se infiere del texto que encabeza este artículo, pero se prolongó durante todo el tiempo de la unión y se manifestó con dureza cada vez que se planteó un avance, no sólo en la integración política sino también a veces en la económica. La resistencia británica no cesó, de forma que, en la práctica, ralentizó y alteró los proyectos iniciales de las CEE y luego de la UE, sin que por ello desaparecieran las reticencias, desconfianzas y expectativas incompatibles con el proyecto inicial de integración que se había planteado entre los Seis (Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda  y Luxemburgo) en los años 50 ‒Declaración Schuman (1950) y Tratados de Roma (1957).

El proceso de integración se inició en agosto de 1961 y finalizó en enero del 72. En esos más de diez años se dieron muchas alternativas, que siguieron a la inicial negativa británica a participar y creación, por su parte, de la EFTA; desencuentros, incluyendo dos rechazos de la solicitud británica por parte de De Gaulle, a la sazón presidente francés; negociaciones y, por fin, el acuerdo (1971), que el RU tardó sólo un año en contestar: exigía una compensación económica por los ingresos de Francia e Italia para sus agriculturas, lo que acabó plasmándose en el cheque británico, junto con una especial mención a la salvaguardia de su soberanía. Las CCEE cedieron en parte, aunque Wilson lo presentara como un éxito rotundo,  y el acuerdo resultante fue sometido a referéndum en RU con resultado positivo (1975).

El bloqueo de Francia quedó roto al acceder Pompidou a la presidencia. De Gaulle había empleado argumentos en contra que se referían a los intereses particulares de Francia, económicos y políticos, y de las CCEE, cuyas aspiraciones veía incompatibles con los exigencias británicas, y porque temía que fuera un caballo de Troya de EE. UU para sus intereses hegemónicos. Por su parte el RU cambió de parecer sólo algo más de un año después de la creación de la EFTA cuando se percató de que no podía ser una alternativa a las CCEE, pero también por sus problemas internacionales derivados de la descolonización y por su cambio de papel en el mundo, que se evidenció tras la crisis del Canal de Suez.

Sin embargo, el referéndum de junio de 1975 no sirvió verdaderamente para resolver la cuestión europea. A diferencia de los Estados continentales, el Reino Unido no entró en las CCEE por su vocación integracionista ni para resolver los problemas que el nacionalismo había traído consigo en el continente europeo, tanto en el interior de los propios Estados, como en sus relaciones internacionales. Entró, en realidad, por necesidad: por necesidad económica, para superar una etapa difícil de crisis y para no quedarse retrasado ante el rápido progreso econó­mico de los Seis; y por necesidad política, para no quedarse aislado en un contexto internacional en el que su papel era cada vez menor. En este sentido, el naciona­lismo, el orgullo nacional, nunca fue un problema a superar en el RU, muy al contrario, es la verdadera espina dorsal del ser británico, y de aquí que la rela­ción del RU con los Seis primero y con la Unión Europea después, se basase siem­pre en el recelo, en el temor a perder su identidad nacional y su condición de Estado soberano. En este sentido, el RU nunca quiso jugar el papel de líder polí­tico de la Unión y de competir en ello con Francia y Alemania; muy al contrario, el RU se ha limitado siempre a operar como un freno, como un contrapeso que ha tratado de limitar siempre la velocidad y reducir la intensidad del proceso de la integración europea. Op. cit. pag. 10

A partir de aquí el camino hasta la secesión fue una carrera de obstáculos:

  1. El cheque británico ya citado anteriormente forzado por M. Thatcher en 1984.
  2. Ante la firma del Tratado de Maastricht , que creaba la Unión Europea el RU presionó y obtuvo para sí el principio de subsidiariedad que suponía quedar fuera, Opting-Out, de las decisiones que considerara que atentaban contra su soberanía. El primer opt-out fue para la política social; el segundo para la política monetaria quedando fuera del Euro; el tercero se refiere al acuerdo Schengen sobre la libre circulación de personas en el territorio de la UE; el cuarto fue para el área de libertad, seguridad y justicia; el quinto se refiera a la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea y pretende que sólo serán reconocidos los derechos que ya lo estén en la legislación y práctica jurídica del RU.
  3. Aparte los opt-outs el RU se ha enfrentado a otros proyectos muy importantes, como el TECG (Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza en la Unión Económica y Monetaria). Concebido en principio como reforma de los tratados para hacer frente a la crisis,  se cambió de planes sacándolo de los tratados ante el bloqueo británico. No obstante eso sirvió para institucionalizar el Eurogrupo, cuyo funcionamiento ha producido un constante malestar y una oleada de protestas por parte de Cameron que se quejaba de que se tomaban allí preacuerdos sobre temas que habrían de debatirse después en el Consejo. Todo ello cristalizó en la reclamación de un nuevo acuerdo que sustituyera al de integración. El desenlace de este nuevo desafío ha traído el Brexit.

Puede deducirse sin ninguna exageración que la posición lograda por el RU en el seno de la UE era privilegiada. Había logrado acceder al mercado único sin sacrificar un ápice su soberanía lo que, con relación a los demás miembros, era una posición única, y, todo ello, retrasando y alterando, incluso, los proyectos y expectativas con los que estaban comprometidos los demás miembros, prácticamente sin excepción, ya que si alguien se  sumó a alguno de los opt-outs reseñados ha sido del ámbito de influencia británico (Dinamarca). Entonces, ¿qué les ha llevado a la ruptura? Sin duda un estado de ánimo que tiene sus raíces en la historia del país y en sus relaciones con el continente que les coloca en una actitud de recelo, de desconfianza y de convencimiento de la excelencia de su sistema político y social, en suma, un sentimiento de superioridad que casa mal con el proyecto europeo. También las dificultades coyunturales del gobierno de Cameron, que por razones de política interior y partidaria planteó a la UE la renegociación del tratado de integración. Cuando al fin obtuvo garantías por escrito de que el RU no sería forzado a avanzar en la integración más allá de lo que la nación británica considerara razonable, lo que quebraba la filosofía con la que la propia UE había nacido, convocó un referéndum con el fin codicioso y personalista de obtener una máxima explotación de la “victoria”. Sin embargo, el resultado fue negativo. Cameron cayó en la trampa populista y demagógica que él mismo había montado. Alentar las pasiones negativas en el pueblo británico que sirvieran de apoyo a sus demandas ante la UE tuvo como resultado su hundimiento y la pérdida de la situación de privilegio lograda por su país tras décadas de obstruccionismo y políticas erosivas desde dentro de la Unión, llevadas a cabo por todos los gobiernos británicos, conservadores o laboristas.

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Muchos europeos no lamentan demasiado la pérdida de este socio, incómodo hasta decir basta; sin embargo, las enormes dificultades de la ruptura, el caos generado en el gobierno y el parlamento británicos y las dilaciones, ya excesivas, despiertan la inquietud de que un hipotético segundo referéndum permita la renuncia al Brexit y la reclamación del  estatus quo ante, es decir su posición de privilegio anterior.

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