El supuesto ejército del rey

américa mitosMatthew Restall etnohistoriador británico publicó recientemente un libro que ha conmovido los ambientes interesados y removido la polémica aún viva, como se ha visto recientemente ‒el presidente López Obrador ha solicitado del rey de España una petición de perdón a la nación mexicana por los supuestos agravios de la conquista‒ y se seguirá viendo hasta la celebración del V centenario de la conquista de México. Me refiero a Los siete mitos de la conquista española de América. E. Paidós, Barcelona, 2004. Ya en el título puede apreciarse un cierto afán revisionista, aunque tal intención vaya más dirigida hacia el público en general que al mundo académico, que tiene ya deshechos tales mitos en gran medida. En el libro se manejan las fuentes españolas e indígenas con profundidad e inteligencia sin perder por eso el carácter de best seller histórico al alcance del gran público. El autor es uno de esos historiadores afortunados que saben llegar al profano en la materia sin perder un ápice de rigor científico.

Nos advierte Restall de que el término “mito” se emplea aquí […] en la acepción que designa algo ficticio que suele aceptarse como cierto, ya sea parcial o completamente. En esta ocasión y para ir borrando ficciones que enturbian una recta comprensión de los sucesos me dedicaré, siguiendo siempre al autor, al segundo mito: el ejército del rey, que en el libro ocupa el segundo capítulo.

Francisco de Xerez, conquistador de Perú y cronista muy valorado dejó escrito allá por 1534:

Porque, si los romanos tantas provincias sojuzgaron, fue con igual, o poco menor número de gente, y en tierras sabidas y proveídas de mantenimientos usados, y con capitanes y ejércitos pagados. Mas nuestros españoles, siendo pocos en número, que nunca fueron sino doscientos o trescientos, y algunas veces ciento y aún menos. […] Y los que en diversas veces han ido, no han sido pagados ni forzados, sino de su propia voluntad y a su costa han ido.

En efecto, pese a las acciones militares de conquista o de “pacificación” que los españoles desarrollaron a lo largo del siglo XVI nunca la Corona envió un ejército a América que pueda ser definido como ejército del rey o ejército español. De hecho en este siglo no existían ejércitos permanentes en Europa y los esfuerzos requeridos para movilizar tropas, que se demandaban cada vez más numerosas y con equipos más costosos, resultaban sumamente gravosos para los tesoros reales. Desde luego la Corona española no tenía capacidad económica en esta época para enviar un ejército a América. En los relatos de los conquistadores ‒cartas de Cortés‒ y cronistas ‒Landa, Bernal Díaz, Xerez…‒ no aparece el término «soldado» prácticamente nunca y cuando lo hace puede explicarse por una redacción tardía o interpolación en copias o ediciones posteriores a la redacción original. Es a finales del XVI y en el XVII cuando empieza a introducirse una imagen militar, por la evolución de los ejércitos en España y Europa seguramente, pero ya la conquista propiamente dicha había concluido. La jerarquía militar que ya estaba formándose en Europa en estas fechas fue inexistente en América donde sólo se conoce el rango de capitán, pero con una extensión variable, no bien definida. La única distinción que aparece insistentemente, por el diferente trato que merecían en los repartos de botín, es entre gente de a pie y de a caballo, que tampoco era muy duradera porque tan pronto podían adquirir un caballo los de la primera categoría pasaban a la segunda. El historiador norteamericano J. Lockhart dice de estos hombres que eran agentes libres, emigrantes, colonos, no asalariados ni uniformados, que obtenían encomiendas y parte de los botines. Aunque los conquistadores eran hombres armados no habían recibido un entrenamiento militar formal, si bien dominaban destrezas y valores propias del oficio de las armas, adquiridas, las más de las veces, en experiencias previas en la propia América, ya que casi todas las compañías se reclutaban en colonias para explorar o conquistar regiones adyacentes. Su composición social era variopinta según las noticias que obtenemos de los relatos y algunos censos elaborados en la fundación de ciudades o de la composición de algunas compañías: abundaban artesanos, oficios y profesionales, algunos individuos pertenecientes a la baja nobleza; en suma, lo que podríamos calificar de clases medias. Respecto a su formación seguramente superaba la media peninsular por la ausencia de campesinos y plebeyos. Aunque el analfabetismo era corriente, hasta el punto de que en ocasiones alcanzaba a personajes notables como el caso de Francisco Pizarro, también abundaban los hombres de letras como atestiguan la abundancia de las crónicas y las relaciones que se enviaban a la corte.

Las compañías, que he citado varias veces sin definirlas, eran el nombre que recibían las unidades básicas para la conquista; estaban al mando de un capitán que los había reclutado para una expedición concreta entre individuos que, frecuentemente, mantenían con él o con el patrono alguna relación familiar o de dependencia. La iniciativa podía partir de este patrono, señor poderoso, a veces gobernador de una colonia ya “pacificada”, que asumía la mayor parte de la inversión y nombraba a los capitanes que completaban los recursos necesarios. Pero todos los componentes eran en realidad inversores que asumían altos riesgos por un beneficio potencial: botín, estatus social, encomiendas. Siempre en proporción a su inversión y esfuerzo: poco los simples peones, más los de a caballo y por encima los capitanes que siempre aspiraban a algún cargo rentable en estatus y dinero. Se puede decir que los conquistadores eran empresarios armados, cuyas empresas muchas veces no cubrían las expectativas y acababan en fracasos estrepitosos.

Pero ¿Cuál era el papel de la Corona? El rey otorgaba permisos de exploración y conquista, leídos los informes que recibía profusamente de los interesados, que, con frecuencia, se saltaban la cadena de mando o a su señor natural, como en el caso de Cortés con el gobernador Velázquez, y las relaciones de méritos que sustentaban todo tipo de peticiones. En compensación por los esfuerzos de la conquista otorgaba cargos como adelantado, capitán general, gobernador, etc. que aportaban estatus, poder y posibilidades de medrar. Por supuesto era el soberano titular de todas las tierras descubiertas o por descubrir, según una bula papal y, como tal, legislaba, administraba justicia con las limitaciones que imponía la distancia y recibía el 20% del botín, el quinto real. Pero, nunca, en ningún caso, armó, pagó y envió un ejército a América para su conquista, como sí lo hacía para defender sus intereses en Europa.

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