Visigodos

visigodos2No entraría en la nómina de los grandes descubrimientos afirmar que la historia ha sido manipulada sistemáticamente por intereses políticos. Lo que era políticamente correcto en cada momento, los prejuicios, los valores y los intereses han condicionado que determinados periodos sean más o menos atrayentes a los investigadores, se estudien con una finalidad u otra, nos ofrezcan, en suma, una visión sesgada o parcial, o ambas cosas, de la cuestión. La historia de los visigodos desde su aparición en los últimos momentos del Imperio Romano hasta la desaparición de su reino hispano a principios del siglo VIII, arroyado por la tormenta islámica, ha sido víctima propicia para todos estos vicios. Ya desde el siglo XIX quedó fijada una imagen del reino visigodo y de la peripecia migratoria de sus protagonistas que perduró durante todo el XX marcada por el nacionalismo español y el germanismo, cristalizada por los trabajos de algunos ídolos académicos (Sánchez Albornoz), que sólo comienza a ser cuestionada ahora.

La publicación de Geschichte der deutschen Stamme bis zum Ausgang der Volkerwanderung: die Ostgermanen (Historia de las tribus alemanas hasta el final de las migraciones de pueblos: los germanos del Este) por L. Schmidt en 1933, fijó el relato clásico, que fue asumido por el mundo académico europeo del XX prácticamente sin contestación hasta hace pocos años, como ocurriera con otras incursiones del germanismo (con sus obsesiones etnocéntricas) en la historia de occidente. Es la versión que hemos estudiado primero y explicado después en nuestras aulas, movidos por criterios de autoridad académica y sin reparar (los tiempos invitaban a ignorarlos) en los nacionalismos hispano o germano que lo falseaban de algún modo.

“Esta versión de la historia de los godos parece un relato bastante sencillo y comprensible, y además puede ser ilustrado de una manera fácil tal como se solía hacer siempre en los libros de texto y los atlas de historia, mediante una larga línea de flechas que serpentea a través de toda Europa, desde Escandinavia, pasando por Alemania y Hungría, entrando en los Balcanes y cruzándolos, para adentrarse en Italia y luego en Francia, y acabando finalmente en Hispania. Esta línea representa el movimiento de los visigodos desde su primer hogar hasta el último y, entre uno y otro, todos sus desplazamientos como pueblo migratorio.” (Collins, R. La Hispania visigoda, 409-711. 2005)

Un caso transparente de cómo se construyen los mitos en historia bajo  la combinación de la necesidad de sencillez en el relato y el sometimiento a las ideologías hegemónicas del momento:

…una civilización germánica vigorosa y joven, no contaminada por la corrupción de su decadente vecina, rechazó primero los intentos de Roma de expandirse hacia sus propios países al este del Rin y el norte del Danubio y, luego, cuando Roma decayó hasta su extinción, llegó a suplantarla en todo el occidente europeo.” (op. cit)

Pero… ¿Quiénes eran realmente los visigodos?

Amiano Marcelino que es la fuente principal para el conocimiento de los sucesos en la segunda mitad del siglo IV no conoce el apelativo de visigodos u ostrogodos, ni siquiera godos, la denominación que él utiliza es tervingos y otra similar para los segundos. La designación tradicional es un anacronismo ya que no aparece en las fuentes hasta después del S. V. Según todos los indicios la autodefinición como godos es posterior a la batalla de Adrianópolis (378), cuando aparece Alaríco como líder de la confederación bárbara asentada en la mitad oriental de los Balcanes. Para investigadores modernos, en estas fechas (finales del IV-principios del V) se está produciendo la etnogénesis que dará lugar a la cristalización de la identidad que conocemos como godos (visigodos y ostrogodos), impulsada por lo que los antropólogos llaman núcleo de la tradición que se puede sostener en una dinastía regia o una élite que constituye una aristocracia portadora de los elementos culturales que luego darán unidad al grupo, aportándole los necesarios elementos identitarios. De hecho estas confederaciones actuaban como mercenarios a sueldo de Roma y se distinguían muy poco de las unidades del ejército regular compuesto en estas fechas por individuos de origen variopinto, con aspectos, vestimentas y armas similares; la religión tampoco era una distinción, como puede deducirse de que cuando los visigodos saquearon Roma (410) respetaron las iglesias y a quienes se refugiaron en ellas; además al desplazarse, unidades militares y confederaciones mercenarias como la de los visigodos que comandaba Alarico, lo hacían acompañados de sus familias y otras gentes, de manera que en ambos casos parecían desplazamientos de pueblos.

“Sin embargo, para lo que ahora nos interesa es suficiente aceptar que los godos que llegaron a hacerse dueños de Hispania a lo largo del siglo V procedían de una confederación de distintos grupos étnicos, que se unieron y adquirieron un nuevo sentido de identidad común en los Balcanes durante el último cuarto del siglo IV. Formaron un ejército mercenario que intentaba asegurarse un empleo proporcionado por sucesivos regímenes imperiales y, cuando no había perspectivas de conseguirlo, se veía cada vez más obligado a actuar en función de sus propios intereses.” (op. cit)

Por último, conviene señalar que el contingente de los invasores en la península que venía siendo evaluado en unos cien mil individuos parece ahora excesivo si se tiene en cuenta que el patrocinio del estado se limitaba al permiso para requisar recursos del lugar que ocupaban o que transitaban, en especie o transfiriéndoles parte de los tributos. Quizá unos treinta mil, opinan historiadores modernos, sea una cifra más próxima a la realidad.

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Las citas han sido extraídas del Cap. I de La Hispania visigoda. 409-711. De Roger Collins, vol. IV de la Historia de España de ed. Crítica. 2005. Una síntesis imprescindible en la bibliografía disponible hoy en castellano. El resto del artículo sigue las tesis y el relato de este extraordinario medievalista.

Ilustración: detalle de capitel, Sacrificio de Isaac, en San Pedro de la Nave. S. VII.

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