Del gremialismo a la globalización. Un camino irreversible

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En las repúblicas urbanas de origen medieval los gremios fueron protagonistas decisivos; también en el tira y afloja de los monarcas con la nobleza, contribuyendo a inclinar la balanza a favor de los primeros y, a la larga, a inventar los estados modernos. Sin embargo, una vez organizados los estados nacionales según los presupuestos ideológicos del capitalismo más o menos liberal, el gremialismo se reveló como un factor de retardo que dificultaba libertades económicas básicas, por lo que en todas partes las leyes lo combatieron con mayor o menor contundencia (todavía se pueden encontrar rastros de él en nuestras sociedades). La última vez que se puso de moda fue en aras del populismo fascista (corporativismo mussoliniano o franquista) aunque como suele ocurrir con todo populismo tenía mucho más de falaz que de apuesta sincera. En el S. XX era ya una fórmula superada, como otras muchas que el discurrir económico había relegado al baúl de los recuerdos. Pudo atraer y alimentar sentimientos nostálgicos o equívocas propuestas en momentos puntuales, pero ya era ceniza.

Las nuevas estructuras recién estrenadas en los albores de la modernidad tuvieron buen cuidado de delimitar claramente sus fronteras y poner en marcha una prolija regulación económica que aspiraba a unificar el mercado interno y protegerlo frente al exterior. Los  estados nacionales ultimaron así sus perfiles modernos. Pero nada se detiene. Antes de que el proceso hubiera terminado ya se estaba desarrollando una nueva doctrina que ponía en solfa el hasta entonces incuestionable proteccionismo e intervencionismo estatales: el liberalismo. La polémica proteccionismo/liberalismo apasionó, y a veces incendió, la vida pública del XIX.

El XX se decantó por el intervencionismo y la construcción de compartimentos estancos, todo ello producto de los grandes conflictos bélicos (el invento de la guerra total requería el control estricto de los recursos económicos) y de la implantación del comunismo, claramente expansivo hasta los años setenta. Es ahí cuando empieza una nueva inflexión con el desmoronamiento de la URSS y las democracias populares y el auge de un nuevo liberalismo: neoliberalismo (vocablo que se ha ido cargando peyorativamente) o pensamiento único (expresión que ya nació con esa carga).

Todos los tiempos son de cambio. Los nuestros, indudablemente, hacia la globalización. Es este fenómeno el que se ha impuesto con el cambio de siglo. Las naciones estado, sin las que no concebimos nuestra sociedad porque han sido creadoras y sostenedoras de los modernos derechos de ciudadanía, se están convirtiendo ahora en obstáculos para el proceso de mundialización, que es, hoy, progreso. Desde hace tiempo vienen proliferando instituciones inter, supra o transnacionales de carácter político, mercantil, jurídico… con las que los estados, corporaciones o individuos se comprometen, al tiempo que la revolución en la información y las comunicaciones convierten al mundo en una “aldea global”. Es imposible no recordar aquí a la Unión Europea (UE) que comenzó siendo una zona de libre cambio para evolucionar, según el proyecto fundacional, hacia un mercado común con el objetivo último de una unión política, de momento casi sólo un nombre. ¿Qué impide que lo sea también de hecho? Las naciones estado que lo forman, que se resisten a perder soberanía (el Brexit es el ejemplo más contundente hasta el momento). Las fuerzas que dificultan el proceso son, desde ese punto de vista, retardatarias, como en otro momento lo fue el gremialismo para el capitalismo liberal que construía los estados nacionales.

CETA y TTIP son las siglas con las que se conocen dos acuerdos, todavía no activos, de libre comercio entre Canadá y EE. UU., respectivamente, y la UE(1). Con ellos y otros similares en diversas áreas geográficas se pretenden superar las limitaciones que presenta la OMC, cuyas espectaculares e interminables ‘rondas’ negociadoras han sido irresistible reclamo para la agitación antiglobalización o antisistema (Batalla de Seatle). Estos movimientos son multiformes y van desde la oposición radical al capitalismo de los tradicionales enfoques comunista o anarquista a neolocalismos de raíz conservacionista, cuando no corrientes decrecionistas, pasando por los nacionalismos y los regionalismos, elevados a nuevos nacionalismos, muchas veces secesionistas (ha sido el nacionalismo valón en Bélgica el que ha estado a punto de hacer naufragar el CETA en su última etapa). Todos ellos defienden posiciones muy respetables, como en otro tiempo el gremialismo, y es de suponer, y esperar, que la tensión entre ellos y el capitalismo liberal que promueve los acuerdos alumbre una síntesis con la que podamos dar un nuevo salto hacia adelante.

Esta tendencia a la demonización de los acuerdos de muchas organizaciones portadoras del sello de progresistas, que no ven en ellos más que maniobras del capital y las élites económicas por afianzar y extender su poder a costa de derechos ciudadanos, son un formidable obstáculo para aquellos que ven en los tratados el futuro (la globalización entendida como necesidad histórica y esperanza) y al comercio, o mejor, a la libertad de comercio, como garantía de entendimiento y cooperación:  véase la UE y las razones de su origen, o sea, la constatación de que los últimos conflictos intraeuropeos, que degeneraron en mundiales, tuvieron sus causas en las contradicciones comerciales entre las grandes potencias económicas europeas;  obsérvese como la descolonización británica ha sido, con mucho, la más pacífica y eficiente, como muestra el hecho de que desembocara en la Commonwealth (de common, común y wealth, riqueza) porque los británicos promovieron y priorizaron el comercio sobre cualquier otra relación con sus colonias.

El detalle de los tratados bien está en manos de los expertos (ocho años de minuciosa negociación en el caso del CETA) y su aprobación en las de los representantes nacionales y/o comunitarios bajo la vigilancia de la sociedad civil, faltaría más, porque no se ve cómo podría llegarse a ningún acuerdo y menos a uno tan técnico y complejo con algún tipo de participación ciudadana, como propugnan los grupos opositores. A menos, claro está, que se trate de su impugnación, apriorística, irreflexiva y sin paliativos.

La historia no se detiene pero algunos de sus protagonistas sí que pueden. Lo hicieron los chinos a partir del siglo XV con un nuevo empoderamiento del confucionismo o los musulmanes, encerrados en un bucle retrógrado a partir del XVI. El resultado fue que los occidentales se adelantaron rápidamente.

 

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(1)En la actualidad el CETA es ya un acuerdo pendiente de aprobación por los países afectados. El ITTP en cambio ha sufrido un parón quizás definitivo con la administración Trump, proclive a prácticas más proteccionistas.

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