Tribulaciones de un republicano federal

Pi y Margall es el más puro representante del federalismo español tanto por sus escritos como por su práxis revolucionaria. Sus actuaciones contra la monarquía isabelina le valieron cárcel y exilio, para, con la revolución, obtener acta de diputado y el desempeño de altas responsabilidades tras la proclamación de la I República (1873): Ministro de la Gobernación y Presidente del Poder Ejecutivo. En el breve tiempo en que ejerció tales competencias se vio obligado a abandonar su idea original de llegar a la federación de abajo arriba y ceder la decisión definitiva a una Cortes Constituyentes. Ante la precipitación de los acontecimientos con la insurrección cantonalista, se sintió desbordado y presentó su dimisión, acusado de traición por algunos correligionarios y de incompetencia e irresponsabilidad por sus adversarios.

Lo que sigue son los tres primeros capítulos de La República de 1873, escrito de carácter vindicativo en el que expone con honestidad manifiesta sus ideas republicanas, justifica su cambio de criterio frente a la realidad del momento, sus acciones para hacer frente a la situación y su dimisión.

Pi y Margall

caricatura sarcástica de la época

»He sido partidario de la federación desde 1854. La defendí entonces calurosamente en La Reacción y La Revolución, libro destinado a la exposición de mis ideas en filosofía, en economía, en política. La defendí, como la defiendo ahora, bajo dos puntos de vista, el de la razón y el de la historia. La federación realizaba a mis ojos, por una parte, la autonomía de los diversos grupos en que se ha ido descomponiendo y recomponiendo la humanidad al calor de las revoluciones y por el estímulo de los intereses; de otra, el principio de la unidad en la variedad, forma constitutiva de los seres, ley del mundo. Considerábala yo, además, como la organización más adecuada a la índole de nuestra patria, nación formada de provincias que fueron en otro tiempo reinos independientes, y están aun hoy separadas por lo que más aleja unos de otros los pueblos: las leyes y las costumbres.

»Esta nación, me decía yo, presenta en todas las grandes crisis porque ha pasado en este siglo, el especial fenómeno de que sus provincias se hayan apresurado a constituirse y a buscar en sí mismas su salvación y su fuerza, sin que por esto hayan jamás comprometido ni perdido de vista la unidad de la patria: esta nación parece, como suele decirse, cortada para ser una república como las de Suiza y los Estados Unidos.

»Desde 1856 a 1868, mal podíamos defender la federación cuando se nos prohibía hasta hablar de república. Poco antes de la revolución de Septiembre, puestos aún en el trono los Borbones, traduje, sin embargo, al castellano el Principio federativo de Proudhon, libro en que, después de sentadas la libertad y la autoridad como los dos eternos y contradictorios elementos de la vida de los pueblos, se explican las vicisitudes y los sistemas a que han dado origen, y se demuestra que la federación, última evolución de la idea política, es la única que puede afianzar en las naciones la dignidad, la paz y el orden. En Francia había yo fortalecido sobre este punto mis creencias.

»Observaba que aquel pueblo, de gran corazón y poderosa iniciativa, había levantado por dos veces la república y otras tantas la había visto morir bajo la espada de César. En las dos veces había conmovido y soliviantado a Europa, en la primera hasta le había hecho morder el polvo de sus campos de batalla; y en las dos había bastado un general y unas pocas legiones para disolver sus asambleas y reducirla a servidumbre. Esclavo París, esclava Francia. El vencedor dictaba su voluntad desde el palacio de los antiguos reyes, y la nación obedecía. La centralización del poder era, a no dudarlo, la causa de tan extraño fenómeno.

»Vine a las Cortes de 1869 con la firme decisión de propagar la idea federal, y si posible fuese, aplicarla. Los que hayan seguido con mediano interés el curso de nuestra revolución sabrán si he cumplido mi propósito. Otros habrán podido vacilar; yo no he vacilado un momento. No han quebrantado mi fe ni las derrotas ni las ingratitudes. La he llevado incólume al poder, e incólume la he sacado del Gobierno. El día 11 de Febrero de 1873 me cupo la señalada honra de redactar y sostener la proposición, por la cual se había de establecer en España la república. Quise que unas Cortes Constituyentes viniesen a definir y organizar la nueva forma de gobierno; y en aquel mismo día declaré clara y paladinamente ante la Asamblea Nacional, que si las futuras  Cortes se decidiesen por la república unitaria, seguiría en los bancos de la izquierda.

»El país no podía ciertamente llamarse a engaño sobre mis ideas políticas. Atendido mi carácter, podía aun esperar menos que me llevase  al Gobierno otro fin que el de realizarlas. Así lo comprenderían sin duda los enemigos de la República, puesto que me escogieron por blanco de sus tiros. En la imposibilidad de ganarme por la lisonja, resolvieron acabar conmigo por la difamación, y así lo hicieron. Desgraciadamente  les ayudaron en su obra, unos por maldad, otros por torpeza, muchos de mis correligionarios.

*

»Mis ideas han sido claras y precisas hasta en lo que toca al procedimiento para establecer la República. La federación, como lo dice la etimología de la palabra, es un pacto de alianza; un pacto, por el cual, pueblos completamente autónomos se unen y crean un poder que  defienda sus comunes intereses y sus comunes derechos. Llevado de la lógica, había yo siempre sostenido que no cabía federación, es decir pacto, mientras no hubiese en España estados autónomos, y por lo  tanto, que el movimiento federal debía empezar por la constitución de las antiguas provincias en Estados. Sobre este punto habían pensado así conmigo, o yo con ellos, todas las asambleas federales, todos los directorios republicanos y, lo que es más, la inmensa mayoría del partido, cuya opinión fue bien explícita cuando la célebre declaración de la prensa.

»No se me habían ocultado los peligros que este procedimiento entrañaba. Las provincias de España tienen entre sí vínculos demasiado fuertes para que en ningún tiempo pretendan disgregarse rompiendo la unidad nacional; no por esto era menos de temer que, abandonadas a sí mismas durante el período de su conversión en Estados, ya por cuestiones de territorio, ya por la determinación de la órbita en que hubiesen de moverse, ya por la ignorancia de los más y la natural exaltación de las pasiones, surgiesen conflictos que vinieran a interrumpir, aunque por corto tiempo, la vida de la patria, y lastimar los intereses de la industria y el comercio. Para conjurar estos peligros —tan atento estaba aun entonces a conservar la unidad y la integridad de la patria— había propuesto y se había recibido con general aplauso, que  en los primeros momentos de toda revolución federal se crease con el carácter de transitorio un poder central fuerte y robusto que, disponiendo de la misma autoridad y de los mismos medios de que hoy dispone, mantuviese en todas partes la nación y el orden hasta que, reorganizadas las provincias, se llegase a la constitución definitiva y regular de los poderes federales.

»Aun así, este procedimiento de abajo arriba era aplicable sólo al caso en que la república federal viniese, o por un movimiento a mano armada como el de 1869, o por acontecimientos y circunstancias   tales,   que   nos hubiesen permitido llegar al Gobierno sin transacciones ni compromisos. No vinimos así a la República; y, como era natural, hubo   de ser otro el procedimiento. ¿Lo callé tampoco? ¿Dejé de ser franco y explícito?

*

»La República vino por donde menos esperábamos. De la noche a la mañana Amadeo de Saboya, que en dos años de mando no había logrado hacerse simpático al país ni dominar el creciente oleaje de los partidos, resuelve abdicar por sí y por sus hijos la corona de España. Vacío el trono, mal preparadas aun las cosas para la restauración de los Borbones, sin más príncipes a que volver los ojos, los hombres políticos sin distinción de bandos ven casi todos como una necesidad la proclamación de la República. Resueltos a establecerla se hallaban ya los que habían previsto y tal vez acelerado el suceso; y como hombres que llevaban un pensamiento y se habían proporcionado medios de ejecutarlo, empujan los unos a los tímidos, deciden otros a los vacilantes e inutilizan todos a los que aun pretenden salvar de las ruinas de la dinastía el principio monárquico. Al abrirse la sesión del Congreso la tarde del 10 de Febrero de 1873 las resistencias están ya casi vencidas; las que aun subsisten ceden al primer ímpetu de radicales y republicanos. Se declara el Congreso en sesión permanente, y la tarde del 11, leída la abdicación del Rey, se refunden en una sola Asamblea las dos Cámaras, y casi sin debate aceptan la República. ¿Qué república era la proclamada? Ni la federal ni la unitaria. Había mediado acuerdo entre los antiguos y los modernos republicanos, y habían convenido en dejar a unas Cortes Constituyentes la definición y la organización de la nueva forma de gobierno. La federación de abajo arriba era desde entonces imposible: no cabía sino la que determinasen, en el caso de adoptarla, las futuras Cortes. Admitido en principio la federación, no cabía ya empezar sino por donde se habría antes concluido, por el deslinde de las atribuciones del poder central. Los estados federales habrían debido constituirse luego fuera del círculo de estas atribuciones.

»El procedimiento ―no hay por qué ocultarlo— era abiertamente contrario al anterior: el resultado podía ser el mismo. Representadas habían de estar en las nuevas Cortes las provincias; y, si éstas tenían formada idea sobre los límites en que habían de girar los poderes de los futuros Estados, a las Cortes podían llevarla y en las Cortes sostenerla. Como determinando la esfera de acción de las provincias, habría venido a quedar determinada por el otro procedimiento la del Estado; determinando ahora la del poder central, se determinaba, se quisiera o no, la de las provincias.   Uno   y   otro   procedimiento   podían,   a   no   dudarlo,   haber   producido   una   misma constitución; y no habría sido, a mi manera de ver, ni patriótico ni político dificultar, por no transigir sobre este punto, la proclamación de la República.

»Si el procedimiento de abajo arriba era más lógico y más adecuado a la idea de la federación; era, en cambio, el de arriba abajo más propio de una nacionalidad ya formada como la nuestra y en su aplicación mucho menos peligroso. No había por él solución de continuidad en el poder, no se suspendía ni por un solo momento la vida de la nación, no era tan de temer que surgiesen graves conflictos entre las provincias, era la obra más fácil, más rápida, menos expuesta a contratiempos y vaivenes. Aun con este procedimiento habían de presentar nuestros enemigos la federación como ocasionada a desastres; pero habían de encontrar menos eco en el país, y el temor había de ser mucho menos fundado y legítimo. Como quiera que fuese, la transacción estaba hecha, y yo no había de faltar a una palabra solemnemente empeñada. Unas Cortes Constituyentes eran las llamadas a decidir en primer término si la República había de ser federal o unitaria, luego cuál había de ser su organismo. Individuo de un Gobierno que había de regir los destinos del país durante el intervalo de una Asamblea a otra Asamblea, no podía adelantarme ni permitir que nadie se adelantase a la obra de las Cortes. Si después de reunidas seguía gobernando, podía tolerar aun menos que tratase nadie de usurpar las atribuciones que tenían.»

 

 

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