Iberismo

La idea de una unidad peninsular completa, que incluyera a Portugal, iberismo, se abrió camino a partir del siglo XIX, impulsada por cierto sentimiento popular y recogida por algunos intelectuales, tanto españoles como portugueses. Saramago, el malogrado nobel de literatura, ha sido uno de los últimos. Desde 2009 una serie de estudios de la Universidad de Salamanca han mostrado que un porcentaje significativo y creciente de habitantes de ambos países no serían contrarios a una unión política entre ambos.

iberismo

Los orígenes:

En el siglo XI, Alfonso VI, rey de Castilla, León y Galicia, casó a su hija Teresa con Enrique de Borgoña, noble franco que había acudido a Castilla a prestarle ayuda en su política expansiva frente a moros y cristianos y a hacer de paso fortuna, o quizá al revés; la dote fue el condado de Portucale, vinculado al reino de Galicia. El borgoñón y su viuda después actuaron en sus tierras con gran autonomía, pero su hijo Alfonso Enríquez se autoproclamó rex, emulando a su bisabuelo Fernando I en Castilla y al hermano de éste, Ramiro I en Aragón; tradición de familia. Convertido en reino, Portugal, bajo el patrocinio de la casa de Borgoña, continuó el avance hacia el sur a costa de territorios islámicos, como sus iguales peninsulares, e incluso, tempranamente, inició una prometedora expansión trasatlántica.

Alejamientos, aproximaciones y desenlace:

Después de más de dos siglos de vida por separado, Juan I de Castilla estuvo a punto de conseguir la corona lusa al agotarse la casa de Borgoña, fundamentando sus pretensiones en el matrimonio con Beatriz de Portugal, pero fracasando militarmente en Aljubarrota (1385), suceso que se convirtió en emblemático para el posterior nacionalismo portugués.

La crisis dinástica castellana del siglo XV se libró entre Juana, hija del rey Enrique IV y su hermana Isabel, la futura reina Católica. Tuvieron respectivamente la ayuda de Portugal y de Aragón (Isabel contrajo matrimonio con el heredero aragonés Fernando II, mientras que Juana lo hacía con su tío Alfonso V de Portugal). El azar se inclinó por Isabel y Aragón, prefigurando la unidad de la futura España con los Estados de las coronas castellana y aragonesa, pero sin Portugal.

En 1500 murió Miguel, por breve tiempo heredero de las tres coronas (Portugal, Castilla-León y Aragón), ya que era nieto de los Reyes Católicos e hijo de Manuel I de Portugal, único fruto de la persistente y poco afortunada política matrimonial de Isabel y Fernando (RR. CC.) respecto a Portugal. Otra ocasión frustrada.

Ochenta años después Felipe II logró por fin la corona portuguesa a causa del agotamiento de la dinastía de Avís, que regía Portugal desde los tiempos de Aljubarrota, y por ser hijo de Isabel de Portugal, esposa de Carlos I, el Emperador, e infanta de Portugal. La unión, lograda sin mucha oposición, se prolongó hasta el reinado de Felipe IV (60 años).

En 1640, la crisis económica y la crisis bélica arrastraron a la monarquía hispánica a una descomposición institucional que tuvo su momento más grave en las sublevaciones de Cataluña y Portugal; el resultado fue la independencia del último que encontró el apoyo británico (desde entonces una constante en sus relaciones exteriores), pero no de Cataluña que no logró el favor decidido de Francia. El desenlace inverso también habría sido posible, con lo que la configuración de la España contemporánea hubiera sido muy distinta.

Los pueblos a escena:

Como se ve el protagonismo fue de las dinastías, que actuaron tratando a los territorios sobre los que ejercían soberanía como patrimonio de familia, que lo eran, de ahí las divisiones y reagrupaciones sucesivas; los pueblos, si acaso, aparecen como comparsa. Por eso basar el orgullo nacional en tales sucesos es además de irracional, ridículo, pero esa es otra historia. Hay por último un penoso suceso, por lo tardío, protagonizado por el ministro Godoy, un trepa de opereta, ya en el XIX, que llegó a pactar con Napoleón, un arribista de gran concierto, el reparto de Portugal, con trágico resultado para España.

Como afortunado contraste, este mismo siglo vio nacer el iberismo, movimiento que tiene facetas progresistas y dinásticas a un tiempo, pero en el que los protagonistas surgen del pueblo consciente e ilustrado. La revolución liberal coqueteó con la idea desde momentos tan tempranos como las Cortes de Cádiz, durante el exilio, en el Trienio Liberal, y tras el estallido de la Gloriosa (revolución de 1868), proponiendo soluciones dinásticas, en las que siempre se sustituía a los Borbones por candidatos portugueses. Paralelamente surgió un movimiento, casi políticamente neutral, con fuerte contenido cultural y económico que tiene su origen en el aventurero y diplomático catalán Sinibaldo de Mas, pero que encontró mucho eco en Portugal donde se editaron varios periódicos por la causa, alguno de ellos bilingüe. El republicanismo tanto portugués como español recogió la idea muy pronto (Nogueira, Sixto Cámara, Pi i Margall) y de ahí pasó al obrerismo especialmente anarquista –la Federación Anarquista Ibérica (FAI) fue la más influyente organización obrera iberista–. Teófilo Braga, uno de los padres de la República Portuguesa, fue un convencido y minucioso constructor y difusor de la idea en los albores del siglo XX. A partir de ahí el desafortunado transcurrir político de ambos países con el ultranacionalismo de las dos dictaduras parafascistas de Franco y Salazar enterraron el proyecto, aunque ambos dictadores firmaran un fantasmal Bloque Ibérico que sólo contenía retórica.

La construcción de la UE ha modificado el marco: se levantaron las fronteras (la raya), manejamos la misma moneda, y personas y mercancías circulan entre ambos territorios sin restricciones. Sin embargo, constatamos que en la UE sólo los grandes hacen oír su voz con eficacia. No hay que olvidar que el resultado sería un país en el entorno de los sesenta millones de habitantes con un PIB de casi un billón y medio de euros, pese a la crisis. Lo que no nos haría superar el cuarto puesto que detenta hoy España pero nos pondría en pie de igualdad con los tres grandes, con más de 70 escaños en el parlamento europeo. Por otra parte la evolución económica ha superado afortunadamente la tradicional postura de ignorarse mutuamente, hasta el punto de que hoy España exporta a Portugal más que a toda Latinoamérica, y somos su principal cliente y proveedor.

¿Merece todo esto si no olvidar Aljubarrota, al menos verla desde otra perspectiva?

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