La yihad, una guerra de religión

Los monoteísmos han mostrado siempre una actitud manipuladora que desembocó muchas veces en agresividad y violencia hasta llegar a la guerra abierta: guerras de religión. El solar europeo ha sido protagonista y víctima de ellas repetidamente.

Quizás sea cierto lo que dicen algunos responsables políticos y tantos intelectuales a la violeta sobre que la religión, el islam, no es el móvil de los crímenes del yihadismo; pero, al menos, sí que es la coartada, y hasta es lícito preguntarse si no está ahí para serlo.

Estado islámico

No hay acción humana que tenga una sola motivación; la complejidad de la conciencia y de la sociedad, su estructura y su evolución, lo impiden. Pero no quitemos importancia al protagonismo que los propios ejecutores de las fechorías dan a los gestos religiosos. Sin ir más lejos, la bandera del Estado Islámico contiene exclusivamente sobre fondo negro (el color que cubre la Kaaba) la leyenda coránica, No hay más Dios que el Dios, y el sello, el círculo blanco, que según la tradición portaba Mahoma, Muhammad (Mahoma), mensajero de Dios. Muchos símbolos de algunos Estados occidentales contienen también leyendas o motes religiosos, pero es evidente que ya no están vivos; no en el sentido en que lo está éste, son sólo testigos de la historia.

Las cruzadas medievales en Tierra Santa, el genocidio de los cátaros, las guerras de religión de los siglos XVI y XVII pudieron tener profundas causas económicas, amén de políticas, hegemónicas, etc. pero fueron guerras de religión por los detonantes, la morfología y muchas de sus consecuencias. También por las justificaciones que elaboraron los contendientes y, por supuesto, porque así las vieron los contemporáneos, que se sentían impelidos por un mandato divino y se apoyaban en pasajes más o menos ambiguos de las Escrituras.

La yihad, que muchos musulmanes entienden como lucha armada y que incluye el terrorismo, es un mandato coránico. Tiene una incuestionable raíz religiosa por mucho que otros musulmanes lo contextualicen al tiempo que resaltan los mensajes de paz y amor que abundan en el texto sagrado, como en el de cualquier credo religioso. Las dos actitudes son lícitas desde un punto de vista religioso porque las palabras están ahí, y conviene no olvidar que en el islam el texto del Corán es exactamente la palabra de Dios (Corán significa recitación, que es lo que hacía Mahoma, recitar lo que recibía al dictado), no el resultado de una inspiración, que requiere el concurso de un escritor interpuesto, como se dice de las Escrituras cristianas.

Hacer la guerra o emprender la represión más cruel entreverada de mensajes de amor y paz es una contradicción recurrente, no sólo en el islam. Así ocurrió con la acción de instituciones como la Inquisición o con la política de monarcas (Felipe II) que se tuvieron por el brazo armado del Altísimo en la expansión de la fe y la persecución de herejes e infieles, todo ello legitimado con los textos de las Escrituras y los argumentos de piadosos y sabios consejeros.

La guerra santa no sólo se libra contra el infiel, en este caso intentando restaurar el Califato, que se supone dominó, en tiempos, del Indo a los Pirineos (manifiesta confusión del poderío político con la expansión máxima de la religión musulmana). Éste sería su frente externo, pero hay otro interno: la lucha congénita entre sunníes y chiíes, nacida del envenenado conflicto por la sucesión de Mahoma. Al menos tres de los cuatro primeros califas, que los musulmanes llaman perfectos o justos, fueron asesinados, lo que, unido a la actitud guerrera del propio profeta, imprimió desde sus inicios un gen de violencia en el ADN del Islam: no existe, según creo, ninguna otra religión que alardee de que su expansión se hiciera por la fuerza de las armas. El lugar común es que el cristianismo lo hizo por el proselitismo, el judaísmo por la diáspora, el islam por la conquista. No importa que los tres relatos sean mendaces, lo importante es que sus fieles los crean.

En el mundo de hoy los musulmanes del Oriente Medio y norte de África han quedado en la periferia del sistema, el capitalismo global, después de la humillante experiencia colonial, lo que implica frustración, resentimiento, agitación y rebeldía. La religión les proporciona un sentimiento de fraternidad, de identidad, que difícilmente les facilitan sus Estados de origen, casi siempre naciones artificiales surgidas por descarados intereses occidentales de las ruinas del imperio turco; es también la ideología que los impulsa y da cohesión, y hasta les proporciona los protocolos de lucha que, en tiempos mejores, les permitieron dominar medio mundo, según el relato, en buena medida falaz, de su historiografía. Cuentan además con ideólogos como el filósofo y teólogo Sayyid Qutb, que inspiro a los Hermanos Musulmanes y cuyo pensamiento fue el cimiento ideológico de al-Qaeda y hoy del Estado Islámico. En su obra monumental A la sombra del Corán presenta una visión paranoica apocalíptica del mundo moderno en el que ve una conspiración para acabar con el islam por el procedimiento de separar Estado y religión. Provendría tal empeño, según sus tesis, de sucesivos errores del mundo antiguo, del judaísmo y el cristianismo, al separar vida espiritual y material, que el islam cortó. En la modernidad se habrían reproducido con el desarrollo científico, tomado, para colmo, de la cultura islámica medieval, pero que se habría corrompido al separarse de Dios. Un ejemplo transparente de la interpretación maniquea y sectaria de la historia, tan común en los ámbitos de los tres monoteísmos.

Por eso es la religión lo que aparece en primer plano. Por eso es una guerra de religión, o así lo ven ellos, aunque en el fondo latan otros problemas.

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