La democracia ateniense

pericles

Pericles por Cresilas

A propósito de los movimientos populistas y la reclamación de una “democracia real”, o directa, se ha aludido con frecuencia a la democracia griega, como un ejemplo a imitar. Quiero desmontar el mito de una democracia ateniense perfecta, o casi, y mostrar como los sistemas políticos no son exportables de una a otra época histórica porque son siempre el producto de una formación social concreta absolutamente irrepetible.

En el siglo V a.n.e. la civilización griega era esclavista, lo que significa que el común de los trabajadores, la mano de obra, no era jurídicamente libre. Se obtenía en el mercado, donde se compraba a las personas mismas, no a su fuerza de trabajo, en la guerra, o por la reproducción (el hijo del esclavo también lo era); incluso los hombres libres podían dejar de serlo por deudas. No poseer esclavos equivalía a estar en la miseria y, por tanto, muy cerca de la esclavitud. Las mujeres eran una población sometida y explotada, de hecho esclavizada también. Como hijas o esposas, vivían aparte de los hombres, recluidas en la casa, dedicadas a las tareas domésticas y al cuidado de los hijos, cuya tutela perdían si eran varones a partir de los siete años; carecían de formación, salvo algunas de vida licenciosa que acudían a las reuniones masculinas. Había una población numerosa que procedía de otras ciudades, dedicada al comercio y la industria, pero que, aunque residiesen allí de generaciones atrás, sólo adquirían la condición de ciudadanos si se les concedía como gracia especial e individual. El hecho es que los ciudadanos, hombres libres con plenitud de derechos, no superaban el 10% de la población, para Atenas y su región unos 30.000 individuos: el demos.

Antes del S. V el poder político residía en una aristocracia terrateniente, individuos suficientemente ricos que se podían permitír acudir a la guerra a caballo y con el equipo y ayuda precisa. Como la guerra era permanente, las campañas empezaban cada año con el buen tiempo, y decisiva para la libertad y prosperidad de la polis (obtención de esclavos y botín), la influencia política de los que decidían en la batalla era también concluyente. Sin embargo el aumento del comercio por la difusión de la moneda y otros factores sociales y económicos, hicieron crecer a las clases medias, que militaban en la infantería pesada (hoplitas) porque podían costearse lanza, coraza, escudo, casco y grebas, amén de algún esclavo y bestia de carga para transportarlos; los cambios en la técnica militar y el armamento así como su crecimiento numérico acabaron haciéndolos decisivos en el combate, a la vez que reducían la importancia de la caballería, lo que cambió la relación de fuerzas en la política. La consecuencia fue que, por todas partes, dictaduras populistas se hicieron con el poder desbancando a las aristocracias; sin embargo, no fueron estos sino una transición hacia un régimen en el que el demos ejerció el poder directamente: democracia.

Los varones griegos, liberados del trabajo productivo por los esclavos y del doméstico por las mujeres dedicaban su tiempo al gimnasio, a escuchar a los filósofos y oradores en los espacios públicos, a las tareas políticas de las asambleas,  tribunales y magistraturas (en plena democracia se llegó a pagar incluso la asistencia a las asambleas) y las tareas militares en los momentos precisos. La remuneración de la función política se generalizó cuando una multitud de pequeños campesinos se instalaron dentro de las murallas huyendo de los saqueos de la guerra, lo que radicalizó los modos democráticos. Con todo, el lugar donde se reunía la asamblea tenía un aforo de 6000 plazas, que quedaban vacantes en buen número, hasta que se pagó la asistencia y entonces hubo que impedir el acceso a los retrasados. Esto plantea la cuestión de cómo se financiaba el sistema.

Los recursos procedían de las minas de plata de Laurion, trabajadas en infames condiciones por miles de esclavos, proporcionados por contratistas particulares; de las aportaciones de las polis aliadas de la Liga de Delos, alianza al principio voluntaria contra la amenaza persa, pero después instrumento del imperialismo ateniense (cuando la pequeña ciudad de Melos quiso abandonarla, sus habitantes varones fueron pasados a cuchillo y las mujeres esclavizadas); por último, del trabajo esclavo.

Por toda Grecia hubo ensayos democráticos pero donde cuajó fue únicamente en Atenas y hay que decir que en su forma más pura no duró más de 40 años y que, al fin, fue liquidada por los excesos populistas de la asamblea, baqueteada a su vez por la demagogia de algunos políticos; porque, eso sí, aunque la democracia era directa (en la asamblea se decidía lo más importante y todos podían desempeñar cargos que se elegían por sorteo) la clase política no desapareció y algunos tuvieron notable poder: Pericles, Nicias o Alcibiades, de las clases altas, o Cleón de las populares.

Pensar que hay una democracia perfecta a la que nuestro sistema debería adaptarse como un guante es un idealismo de corte platónico, pero nada tiene que ver con lo que nos revela el estudio de la historia cuando la liberamos de la telaraña de los mitos.

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