Jesús ¿mensajero de paz o líder nacionalista?

XIR168722Acabamos de pasar la Navidad que por celebrar el nacimiento  de Jesús se ha convertido en una fiesta de exaltación de los valores del hogar y de la familia, aunque de adulto exigiera a sus seguidores abandonarla (Lc. 9, 51-62). Se asocia también con ella la reivindicación de la paz, que se supone trae a la Tierra el recién nacido; el villancico más universal empieza con el verso Noche de paz, noche de amor. Pero ¿realmente fue Jesús un mensajero de paz?

Ya en el siglo XVIII aparecen las primeras dudas al respecto cuando se empieza a imponer un acercamiento historicista al protagonista del Nuevo Testamento que sustituye a la lectura tradicional, exclusivamente confesional; como es sabido, la Ilustración fue un revulsivo crítico y racionalista en todas direcciones. En los dos siglos siguientes la nómina de los historiadores que se acercan al tema con instrumentos científicos ha crecido, a Dios gracias, y la imagen del galileo como un líder exclusivamente espiritual que predica la paz y el amor entre los hombres se aleja de la historicidad probable.

Sobre el Antiguo Testamento no hay dudas, la violencia ejercida en beneficio de Israel es omnipresente, sin piedad y ni siquiera se detiene  ante el genocidio. Baste como ejemplo un conocido pasaje de la supuesta ocupación de Canaán, uno entre toda una serie de estas características. Jehová se dirige a Saúl: «Ve, pues, y hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene, y no te apiades de él; mata a hombres, mujeres, niños, y aun los de pecho, vacas, ovejas, camellos y asnos». Samuel 15, 2-3. No se comprende que un mandato así saliera de un dios que se pretende universal, para toda la humanidad y todos los tiempos. Sólo desde fuera de la fe el texto puede ser comprensible si se analizan las circunstancias que rodearon su redacción y los intereses políticos del momento.

Aunque los cristianos no pueden desligar el Viejo del Nuevo Testamento porque Jesús, según la ortodoxia trinitaria, es sólo una persona del dios único, el mismo de los judíos, únicamente me ocuparé de los evangelios, que es de donde ha surgido la idea del mensaje de paz.

El derecho romano contemplaba una pena de muerte agravada, mors aggravata, cuya modalidad más común era la crucifixión, para delitos de sedición o rebeldía contra el Estado (laesa maiestas populi romani). Que Jesús sufriera ese suplicio es indicativo del delito por el que se le juzgó. De ser cierta y haber prosperado la acusación de blasfemia, con la que se le inculpó ante los sacerdotes, según los evangelistas, no habría pasado a la jurisdicción romana porque no era ciudadano y habría sido ejecutado, de habérsele encontrado reo de muerte, por lapidación, que era la norma judía. La burla de los soldados ( Mc. 15, 16-20; 15; Jn 19,1-5) con el manto de púrpura, el cetro de caña, la corona de espinas y la cartela que se clavó en la cruz demuestran que los romanos lo consideraban un nacionalista sedicioso que había pretendido proclamarse rey. Al fin y al cabo en los evangelios se le declara reiteradamente hijo de David (Lc. 1, 30; Mt 21,9; Lc 19,38), el monarca referente del nacionalismo judío, y restaurador de su reino, evento que se anuncia inminente con no menos reiteración.

Existen varios pasajes de los que se deduce que sus seguidores iban armados (Lc. 22.38, 22.49; Mc 14,47), y alguno en que él mismo ordena que se armen (Lc. 22,35-36). Hay violencia verbal en algunos dichos de Jesús (Mt. 10,34; Lc 12,49) y en algunas acciones, como en la expulsión de los mercaderes del Templo, controvertido suceso (no es creíble que la guardia del templo no actuara contra un hombre solo armado con un látigo) en el que el relato evangélico (Jn. 2,15 ) parece suavizar una acción colectiva y planificada de antemano para quizás, aprovechando la Pascua, incitar una revuelta contra la casta sacerdotal que abiertamente contemporizaba con Roma. En las actividades en Jerusalén resultan obvias algunas conexiones clandestinas, el uso de contraseñas y, en general, marcado secretismo (Mc. 11.1-6, 11; 14,12-16) que sólo se justificarían por una actividad conspiratoria. Por último la tensión que los Evangelios revelan entre Jesús y Herodes, personaje que sólo ostentaba poder civil y militar por merced de Roma (Lc. 13,31; Mc 6,14-16), así como el matiz señaladamente nacionalista de algunas manifestaciones de aquel (Mc. 7, 26-27; 10, 5; 15, 24 y 18,17) muestran intereses políticos y terrenales evidentes para cuya consecución se contempla la violencia.

Sin embargo, parece que hay una voluntad clara por no hacer explícito este lado del mensaje, que sólo se nos revela al aplicar al texto instrumentos críticos. Hay razones que lo explican. La primera es la evolución que sufrió el cristianismo con Pablo de Tarso, despreocupado por la biografía humana de Jesús y creador de la figura del Cristo celestial, como hijo de Dios. Esta versión encajaba en el ambiente helenista, por el que desarrolló su actividad proselitista, y acabó siendo hegemónica después de que la comunidad de Jerusalén quedara diezmada tras la Guerra Judía. La mayor parte del Nuevo Testamento fue redactado bajo la influencia de esta tendencia. El mensaje nacionalista judío de reconstrucción material del reino de Israel estaba fuera de lugar por lo que fue adoptando una interpretación espiritualista.

La segunda razón es que el cristianismo (ya paulino, no hay que olvidarlo) hubo de propagarse por el ámbito del Imperio Romano y su líder, Jesús, había sido condenado por sedicioso. Sus seguidores y propagandistas tuvieron que hilar muy fino para hacer soportable este hecho ante la repulsión ambiental, especialmente después de la Guerra Judía, convirtiéndolo en un mensajero de paz y de amor. Por supuesto, siglos de manipulación, selección y liquidación de documentos en el proceso de formación del canon pusieron la penúltima piedra sobre la dificultad propia del análisis de textos. La última, el lavado de cerebros durante casi dos milenios que nubla la vista a los analistas más honestos ante evidencias flagrantes. De hecho todos los textos citados han sido leídos y reproducidos millones de veces, pero basta una nueva luz para que adquieran otro significado.

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NOTA.- No he desplegado el texto de las numerosas citas evangélicas por no hacer demasiado premiosa la lectura y porque entiendo que es fácil para el lector hacerse con ellas.

Referencias:

Fernando Bermejo, “Jesus and the Antiroman Resistance”, publicado en la revista “Journal for the Study of the historical Jesus” 12 (2014) 1-105.

Antonio Piñero, “Jesús y la resistencia antirromana”, serie de postales en su blog, archivadas en la categoría Jesús histórico, en las que glosa el anterior artículo.

“La investigación moderna sobre Pablo de Tarso. Nuevas perspectivas” en Revista de Libros.

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