África, una tragedia en tres actos

by Arcadio R. C.

El desarresclavos31ollo económico de Europa procede de la revolución industrial que se inició en Gran Bretaña desde mediados del XVIII, extendiéndose después al continente y a todo occidente. Pero la gran revolución tecnológica y económica necesitó de una acumulación previa de capital sin la cual hubiera sido impensable; ¿de dónde procedía ese capital? En gran medida, de lo que se ha llamado el comercio triangular, cuyos vértices estaban en Europa (Gran Bretaña), África y América. El elemento básico en ese tráfico eran los esclavos negros, literalmente cazados en África, transportados de forma inhumana a América donde producían en régimen de esclavitud azúcar, algodón, etc., que se transportaba a Gran Bretaña donde las melazas de la caña de azúcar se convertían en ron que junto con armas y baratijas diversas se llevaban a África para comprar a los reyezuelos costeros que, con las armas recibidas, cazaban en el interior a sus presas. El alcohol en forma de ron era la droga introducida para desquiciar la cohesión social indígena, como lo fue en forma de wisky en América del Norte y después ocurriera en China con el opio. Este comercio era tan apetecible que se lo disputaron las potencias europeas –en los tratados de Utrecht (1713) Inglaterra arrancó a España el monopolio del comercio de esclavos (“asiento de negros”)–. ¿Cuántos millones de africanos sufrieron o perecieron en esta empresa? ¿Qué responsabilidad tuvo en la postración del continente africano? Y, por último ¿Cuánto capital generó?

asiento de negros

El segundo acto de la tragedia es el de la colonización. Un siglo después de los hechos que acabo de citar, las potencias europeas, rebosantes de mercancías y de capitales, se disputan con ferocidad los mercados, así que a por África otra vez. Con las imprescindibles reyertas que produce la lucha por la presa, se pusieron de acuerdo (Conferencia de Berlín de 1885) para el reparto del continente. Se trazaron fronteras ignorando por completo a sus habitantes y comenzó el segundo gran saqueo. Se masacró, se expolió, se esclavizó, se destruyó la cultura y la sociedad indígenas. Pocos países europeos permanecieron al margen y los que lo hicieron fue por necesidad, no por virtud. Se construyeron carreteras y ferrocarriles, pero obedecían intereses metropolitanos económicos o políticos, no de la población local; se levantaron escuelas, pero para introducir la lengua, la cultura y los valores occidentales, no para desarrollar los indígenas. Hasta se elaboraron teorías que iban desde la superioridad del hombre blanco, pasando por la misión civilizadora de Occidente, hasta el mandato evangelizador de las iglesias cristianas. Acallar las conciencias siempre ha sido fácil y siempre contó con aliados intelectuales y religiosos.

Tercer acto: la independencia. Después de la Segunda Guerra Mundial los valores de la democracia, de la que se consideraban paladines los vencedores, hacían intolerable la situación colonial. Por otra parte, la conciencia nacionalista aprendida de Occidente y la penetración del marxismo generaron la lucha por la independencia. En tan breve tiempo como se había producido el reparto se produjo la descolonización; tras la Revolución de los Claveles en Portugal (1974) se puso fin al proceso descolonizador que había comenzado en los sesenta. África había pasado de no contar más que con un estado independiente, Etiopía, a no tener ninguna colonia en el transcurso de dos décadas. En algunas zonas, como Rodesia y Sudáfrica, a la colonización siguió un largo periodo de régimen racista hegemonizado por la población de origen europeo asentada allí (apartheit).

La relativa facilidad con que las potencias colonizadoras accedieron a la independencia se debió, en parte, a que esta fue sólo una apariencia; la realidad es que los nuevos países contaban con unas economías tan dependientes de sus antiguas metrópolis que la independencia auténtica era una ficción.

Sin infraestructuras adecuadas, sin capitales, sin tecnología, con fronteras artificiales, con problemas de estructuración social y de integración nacional, y sometidos al vaivén de las tensiones internacionales, fueron pocos los que no cayeron en el caos. Guerras civiles, conflictos étnicos, dictaduras militares fueron moneda corriente y siguen siéndolo hoy. Es la herencia del colonialismo.

La explotación colonial ha roto su antiguo sistema económico y social, pobre y primitivo pero que mantenía un equilibrio, sin haberlo sustituido por otro más eficaz y moderno. La agricultura, que era su base alimenticia, está desapareciendo sustituida por plantaciones de productos (café, cacao, caucho, en régimen de plantación) que reclaman los países desarrollados, que a la vez controlan el mercado y los precios; al tiempo, las barreras proteccionistas y las subvenciones a sus agricultores por parte del mundo desarrollado cierra el acceso de los productos corrientes a los mercados occidentales; el crecimiento de la población se ha disparado, en parte, por el efecto de la medicina moderna, que les llega más que otros bienes; el éxodo del campo a la ciudad, donde tampoco existe empleo, está creando megaciudades de miseria, inhabitables. La pobreza, la enfermedad, la falta de perspectivas y de futuro es con lo se enfrenta la mayor parte de la población africana.

¿Hasta qué punto la riqueza de Occidente no se ha levantado sobre la miseria de África? ¿Cómo es posible que no nos sintamos responsables, colectivamente, de esta tragedia? ¿Cómo entender que los que les saquearon la casa les nieguen el acceso o los reciban con hostilidad en la suya?

(Publicado en 07/12/07 en Tutti Frutti. La Comunidad. El País. (Desactivado))

 

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