La Biblia desenterrada

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Relieve asirio. Salmanasar

Los cinco primeros libros de las Sagradas Escrituras, que los cristianos llaman Pentateuco y los judíos Tora, contienen el germen de las tres religiones abrahámicas (judaísmo, cristianismo e islam). Son con toda probabilidad los escritos que han ejercido una mayor influencia en la historia de la humanidad, considerando que los evangelios y el Corán son algo así como la ampliación y actualización de la revelación, según cristianos y musulmanes. Muchos millones de personas creen todavía hoy que han sido inspirados por Dios y que, por tanto, encierran las verdades fundamentales que han de guiar la vida de los hombres. Sin mencionar que han constituido la médula ideológica en torno a la cual se han levantado dos grandes civilizaciones, la cristiana y la islámica.

Con el renacer del espíritu científico en tiempos modernos empezaron a manifestarse contradicciones entre lo revelado y los logros de la ciencia. En el S. XVII (*) se acabó de romper la maraña de mitos basados en el platonismo y las Sagradas Escrituras en torno a la arquitectura del universo, proceso iniciado por Copérnico y Galileo. La astronomía se desligó de la teología y la supuesta verdad revelada. En el XIX Darwin mostró una explicación científica impecable sobre por qué estaban en la Tierra la multitud de especies vegetales y animales, incluido el hombre. Todavía hoy colea la conmoción sobre las conciencias religiosas que no acaban de encajar esta nueva dentellada a la revelación. Los progresos de la neurociencia en nuestros días arrincona sin remisión la creencia en la tradicional dualidad cuerpo/ espíritu, también de raíz platónica y de amplio desarrollo en las religiones del Libro.

Todo esto han sido avances de la ciencia positiva, difíciles de contradecir por su evidencia y posibilidad de comprobación, aunque, así y todo, se cuestionen. Hoy son las ciencias sociales las que conforme se dotan de mayor rigor científico van planteando nuevas contradicciones entre la verdad revelada y la verdad asumible por el pensamiento científico-racional.

Maquetación 1

Sobre esta cuestión es especialmente reveladora la lectura de La Biblia desenterrada de Israel Finkelstein y Neil A. Silberman, ambos arqueólogos e historiadores de la antigüedad y judíos, el primero de nacionalidad israelí y el segundo de Estados Unidos. Se editó por primera vez en 2001 (España, 2003 Ed. Siglo XXI).

Como es sabido el Pentateuco encierra un relato sobre el origen y andanzas del pueblo judío en su alianza con Yahveh. Desde el siglo XVIII y especialmente en el XX, impulsados por el nuevo estado israelita, han proliferado los trabajos arqueológicos buscando confirmar el relato bíblico, especialmente algunos episodios, como la conquista de Canaán, la tierra prometida, que justificaría a sus ojos la ocupación actual de Palestina por el nuevo Estado. Lamentablemente, casi siempre se partía de la veracidad de los escritos, así que se abandonaban las vías que no condujeran a esa conclusión y se interpretaban precipitadamente y se pasaban por alto o tergiversaban otros datos de diverso tipo. La presión ideológica era demasiado fuerte sobre el impulso científico y muchas veces se impuso sobre él. Un ejemplo clásico fue la publicación en los 80 de Y la Biblia tenía razón de Werner Keller, periodista metido a divulgador científico, en el que se recopilaban multitud de hallazgos arqueológicos interpretados con un desparpajo y tendenciosidad sorprendentes. Pero lo cierto es que alcanzó una enorme difusión que se unió a la filmación de grandes superproducciones de tema bíblico tratados desde un punto de vista judío conservador, como corresponde al capital que controlaba el medio cinematográfico estadounidense. Una lluvia gruesa que tenía la doble intención de calar hasta la médula la capacidad de conocimiento de las masas y, de paso, lucrarse difundiendo lo que quería oír y ver.

El libro de Finkelstein & Silberman, impecable, riguroso y ameno llega a conclusiones que han producido escándalo en ambientes conservadores y fundamentalistas judíos y cristianos (algo menos en los católicos a los que su iglesia mantuvo siempre alejados de la lectura del Antiguo Testamento), como lo había producido, poco antes,  La invención del pueblo judío(**) de Slomo Sand. Su conclusión fundamental es que los textos no son tan antiguos como se decía sino que proceden en su totalidad del S. VII a C., concebidos y redactados en el entorno sacerdotal e intelectual de Josías, rey de Judá, como parte de un plan para crear una ideología nacionalista en el momento en que había desaparecido su rival, el reino de Israel, en manos asirias. Para ello se utilizaron con habilidad relatos, cuentos, leyendas del acervo propio, pero también del común en el mundo mesopotámico.

Ni siquiera se retrocedió ante la simple invención del mundo de los patriarcas y de ellos mismos, de los que exhaustivos trabajos arqueológicos y de rastreo de fuentes contemporáneas no han podido hallar la más mínima huella. Lo mismo puede decirse de la esclavitud en Egipto y del éxodo acaudillado por Moisés, pese a que el marco en que se supone que se desarrolla abunda en textos de todo tipo, mudos para el caso que nos ocupa; los 40 años de tránsito por el Sinaí no dejaron rastro alguno ni en los fuertes egipcios que vigilaban las rutas practicables ni en lugares de posible acampada (oasis). La fulminante conquista de Canaán, la tierra prometida, no sólo parece una ficción absoluta sino que los propios judíos seguramente no eran sino cananeos, según sugieren los autores manejando indicios contundentes. De la monarquía unificada y los esplendores de David y Salomón apenas si queda la existencia de una dinastía davídica reinando sobre un mundo rural de aldeas insignificantes a años luz de la riqueza y el poder que se supone a los míticos monarcas.

En fin, toda una invención de la tradición, que diría Hosbawm, para consumo de un Estado necesitado de una ideología unificadora y galvanizadora, a la que los avatares de la historia otorgaron un destino desproporcionado a sus orígenes. El propio Josías volvería a su tumba fulminado por la sorpresa.

Es de agradecer el descenso a nivel de suelo de los mitos hebreos y su reducción a lo históricamente razonable gracias al esfuerzo de ambos autores, mucho más teniendo en cuenta el medio ideológicamente cargado en que se mueven, por muy intelectual y universitario que sea y esté enmarcado en un ambiente democrático; todo lo democrático que puede ser un Estado que se define confesional y practica un apartheid vergonzante justificado tan sólo en el relato bíblico.

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(*) Kepler

(**) El pueblo judío del mito a la realidad

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Del gremialismo a la globalización. Un camino irreversible

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En las repúblicas urbanas de origen medieval los gremios fueron protagonistas decisivos; también en el tira y afloja de los monarcas con la nobleza, contribuyendo a inclinar la balanza a favor de los primeros y, a la larga, a inventar los estados modernos. Sin embargo, una vez organizados los estados nacionales según los presupuestos ideológicos del capitalismo más o menos liberal, el gremialismo se reveló como un factor de retardo que dificultaba libertades económicas básicas, por lo que en todas partes las leyes lo combatieron con mayor o menor contundencia (todavía se pueden encontrar rastros de él en nuestras sociedades). La última vez que se puso de moda fue en aras del populismo fascista (corporativismo mussoliniano o franquista) aunque como suele ocurrir con todo populismo tenía mucho más de falaz que de apuesta sincera. En el S. XX era ya una fórmula superada, como otras muchas que el discurrir económico había relegado al baúl de los recuerdos. Pudo atraer y alimentar sentimientos nostálgicos o equívocas propuestas en momentos puntuales, pero ya era ceniza.

Las nuevas estructuras recién estrenadas en los albores de la modernidad tuvieron buen cuidado de delimitar claramente sus fronteras y poner en marcha una prolija regulación económica que aspiraba a unificar el mercado interno y protegerlo frente al exterior. Los  estados nacionales ultimaron así sus perfiles modernos. Pero nada se detiene. Antes de que el proceso hubiera terminado ya se estaba desarrollando una nueva doctrina que ponía en solfa el hasta entonces incuestionable proteccionismo e intervencionismo estatales: el liberalismo. La polémica proteccionismo/liberalismo apasionó, y a veces incendió, la vida pública del XIX.

El XX se decantó por el intervencionismo y la construcción de compartimentos estancos, todo ello producto de los grandes conflictos bélicos (el invento de la guerra total requería el control estricto de los recursos económicos) y de la implantación del comunismo, claramente expansivo hasta los años setenta. Es ahí cuando empieza una nueva inflexión con el desmoronamiento de la URSS y las democracias populares y el auge de un nuevo liberalismo: neoliberalismo (vocablo que se ha ido cargando peyorativamente) o pensamiento único (expresión que ya nació con esa carga).

Todos los tiempos son de cambio. Los nuestros, indudablemente, hacia la globalización. Es este fenómeno el que se ha impuesto con el cambio de siglo. Las naciones estado, sin las que no concebimos nuestra sociedad porque han sido creadoras y sostenedoras de los modernos derechos de ciudadanía, se están convirtiendo ahora en obstáculos para el proceso de mundialización, que es, hoy, progreso. Desde hace tiempo vienen proliferando instituciones inter, supra o transnacionales de carácter político, mercantil, jurídico… con las que los estados, corporaciones o individuos se comprometen, al tiempo que la revolución en la información y las comunicaciones convierten al mundo en una “aldea global”. Es imposible no recordar aquí a la Unión Europea (UE) que comenzó siendo una zona de libre cambio para evolucionar, según el proyecto fundacional, hacia un mercado común con el objetivo último de una unión política, de momento casi sólo un nombre. ¿Qué impide que lo sea también de hecho? Las naciones estado que lo forman, que se resisten a perder soberanía (el Brexit es el ejemplo más contundente hasta el momento). Las fuerzas que dificultan el proceso son, desde ese punto de vista, retardatarias, como en otro momento lo fue el gremialismo para el capitalismo liberal que construía los estados nacionales.

CETA y TTIP son las siglas con las que se conocen dos acuerdos, todavía no activos, de libre comercio entre Canadá y EE. UU., respectivamente, y la UE(1). Con ellos y otros similares en diversas áreas geográficas se pretenden superar las limitaciones que presenta la OMC, cuyas espectaculares e interminables ‘rondas’ negociadoras han sido irresistible reclamo para la agitación antiglobalización o antisistema (Batalla de Seatle). Estos movimientos son multiformes y van desde la oposición radical al capitalismo de los tradicionales enfoques comunista o anarquista a neolocalismos de raíz conservacionista, cuando no corrientes decrecionistas, pasando por los nacionalismos y los regionalismos, elevados a nuevos nacionalismos, muchas veces secesionistas (ha sido el nacionalismo valón en Bélgica el que ha estado a punto de hacer naufragar el CETA en su última etapa). Todos ellos defienden posiciones muy respetables, como en otro tiempo el gremialismo, y es de suponer, y esperar, que la tensión entre ellos y el capitalismo liberal que promueve los acuerdos alumbre una síntesis con la que podamos dar un nuevo salto hacia adelante.

Esta tendencia a la demonización de los acuerdos de muchas organizaciones portadoras del sello de progresistas, que no ven en ellos más que maniobras del capital y las élites económicas por afianzar y extender su poder a costa de derechos ciudadanos, son un formidable obstáculo para aquellos que ven en los tratados el futuro (la globalización entendida como necesidad histórica y esperanza) y al comercio, o mejor, a la libertad de comercio, como garantía de entendimiento y cooperación:  véase la UE y las razones de su origen, o sea, la constatación de que los últimos conflictos intraeuropeos, que degeneraron en mundiales, tuvieron sus causas en las contradicciones comerciales entre las grandes potencias económicas europeas;  obsérvese como la descolonización británica ha sido, con mucho, la más pacífica y eficiente, como muestra el hecho de que desembocara en la Commonwealth (de common, común y wealth, riqueza) porque los británicos promovieron y priorizaron el comercio sobre cualquier otra relación con sus colonias.

El detalle de los tratados bien está en manos de los expertos (ocho años de minuciosa negociación en el caso del CETA) y su aprobación en las de los representantes nacionales y/o comunitarios bajo la vigilancia de la sociedad civil, faltaría más, porque no se ve cómo podría llegarse a ningún acuerdo y menos a uno tan técnico y complejo con algún tipo de participación ciudadana, como propugnan los grupos opositores. A menos, claro está, que se trate de su impugnación, apriorística, irreflexiva y sin paliativos.

La historia no se detiene pero algunos de sus protagonistas sí que pueden. Lo hicieron los chinos a partir del siglo XV con un nuevo empoderamiento del confucionismo o los musulmanes, encerrados en un bucle retrógrado a partir del XVI. El resultado fue que los occidentales se adelantaron rápidamente.

 

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(1)En la actualidad el CETA es ya un acuerdo pendiente de aprobación por los países afectados. El ITTP en cambio ha sufrido un parón quizás definitivo con la administración Trump, proclive a prácticas más proteccionistas.

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El porvenir de Europa

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El rapto de Europa según Botero

¿Existe una cultura europea? Si la respuesta fuese afirmativa ¿Cómo definirla o describirla? Estas preguntas son pertinentes en este momento en que la construcción de una unión europea efectiva parece una posibilidad sólida pese, o quizás gracias, a la defección británica y a la crisis porque al superar ambos obstáculos es de prever un salto adelante, más enérgico y mejor diseñado.

Cuenta la mitología clásica que Europa era una princesa fenicia, semita según nuestros esquemas etno-históricos de hoy, que fue raptada por Zeus. Se había mostrado ante ella como un manso toro blanco, pero tan pronto la ingenua y fascinada muchacha se encaramó confiada en su lomo emprendió la carrera que ya no detuvo hasta llegar a Creta.

Para muchos lingüistas, personajes menos simpáticos que los narradores de mitos pero quizás, a veces, no menos fantasiosos, el nombre del continente proviene de la raíz semítica (otra vez los semitas) rb con la que se designa la puesta del sol (irib en asirio, ereb en arameo), uruba (Europa) designaría “las tierras occidentales”. Visto desde Oriente Medio, hogar de las lenguas semíticas, el asunto tiene sentido.

Lo cierto es que ni los griegos, que ocupaban una parte mínima y extrema, ni los romanos denominaron así al continente. Todavía en el S.IX, Carlomagno, que construyó el primer imperio francamente europeo, lo denominó Imperio Romano Germánico, ignorando por completo el vocablo Europa. De hecho, para unos y otros, la mayor parte del territorio que hoy responde a esa denominación era simplemente tierra de “barbaros”, gentes ignorantes que desconocían la cultura griega o, después, latina. Es lo que significaba barbaroi entre los griegos, se refirieran a rubios nórdicos u oscuros norteafricanos (bereberes tiene la misma raíz).

Sin embargo ningún europeo de hoy dudaría en afirmar que el origen de la civilización europea está en Grecia y Roma. Es allí donde identificamos nuestras raíces, tanto los que se asoman al Mar del Norte o al Báltico como los que lo hacemos al Mediterráneo. Probablemente sea el rasgo que más europeos identifican como distintivo, proceder de la civilización greco latina.

Pero hagamos un zoom sobre el mundo antiguo.

Los helenos florecieron en un archipiélago extremo oriental del Mediterráneo y las costas continentales circundantes, que eran europeas y asiáticas por igual. Su lengua indoeuropea (como la de los persas en el Asia anterior) se escribía con un alfabeto fenicio al que se habían agregado las vocales. Su panteón, si hemos de hacer caso a Heródoto, era importado de Egipto. De hecho Grecia vivía de espaldas al continente y cuando Alejandro emprendió la construcción de un gran imperio ni se le pasó por la imaginación ir hacia occidente, por el contrario marchó hacia oriente y Egipto. El mundo helenístico (postalejandrino) contó con el griego como lengua franca (en hermandad con el arameo) pero se extendía por un espacio en el que se difundió el judaísmo, nació el cristianismo (todos los textos del Nuevo testamento se escribieron en griego) y podía inscribirse casi por completo en el territorio que siglos después sería el islam. Los griegos eran mediterráneos y sólo después de que ingleses y alemanes se los apropiaran como ancestros culturales en el romanticismo nos hemos acostumbrado a imaginarlos como germanos, con rizos dorados y ojos claros.

Por su parte, los romanos tuvieron como eje el Mediterráneo (Mare Nostrum), pero por el norte nunca sobrepasaron la línea Rin-Danubio y por el sur alcanzaron los desiertos arábigos y africanos. Cuando en sus postrimerías se dividió el Imperio no lo hizo siguiendo una línea de Este a Oeste sino de Norte a Sur de manera que en las dos partes había pueblos europeos y asiáticos o africanos.

Sólo después de que durante la Edad Media las tres religiones abrahámicas (judaísmo, cristianismo, Islam) acabaran distinguiéndose nítidamente por el procedimiento de ir marcando conscientemente las diferencias, el Mediterráneo se levantó como frontera. El antiguo magma en el que no se distinguía Europa, Asia o África, que había levantado una de las culturas más brillantes de la humanidad, se fragmentó en partes que, en el mejor de los casos, se ignoraban.

En Europa, el Renacimiento humanista recuperó como propias muchas de las conquistas de los antiguos, y la ilustración ahondó en el proceso dos siglos después. Pero los irracionalismos, romántico o de otros apellidos, del XIX y parte del XX utilizaron métodos pseudocientíficos y una descarada manipulación de la historia para presentárnoslos como nuestros directos ancestros, radicalmente opuestos en su perfil cultural a un supuestamente bárbaro, confuso y artero, aunque quizás refinado, Oriente. Operación facilitada por la tarea previa llevada a cabo durante siglos por el debate y pensamiento religiosos.

Se da pues la paradoja de que aquello que compartimos los europeos y que puede ser la base de una supuesta cultura común es algo que nunca existió. Nada nuevo si tenemos en cuenta que todas las naciones se basan en mitos fundacionales, por definición, falsos. Quizás tendríamos que felicitarnos porque al menos contamos ya con un cuento por el que a cualquier europeo se le pueden humedecer los ojos de sentimiento y orgullo. ¿Quién dice que Europa no tiene porvenir?
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Recomendado: Martín Bernal: Atenea negra. Ed. Crítica.
Sobre el tema: Brújula para occidentales…

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Tribulaciones de un republicano federal

Pi y Margall es el más puro representante del federalismo español tanto por sus escritos como por su práxis revolucionaria. Sus actuaciones contra la monarquía isabelina le valieron cárcel y exilio, para, con la revolución, obtener acta de diputado y el desempeño de altas responsabilidades tras la proclamación de la I República (1873): Ministro de la Gobernación y Presidente del Poder Ejecutivo. En el breve tiempo en que ejerció tales competencias se vio obligado a abandonar su idea original de llegar a la federación de abajo arriba y ceder la decisión definitiva a una Cortes Constituyentes. Ante la precipitación de los acontecimientos con la insurrección cantonalista, se sintió desbordado y presentó su dimisión, acusado de traición por algunos correligionarios y de incompetencia e irresponsabilidad por sus adversarios.

Lo que sigue son los tres primeros capítulos de La República de 1873, escrito de carácter vindicativo en el que expone con honestidad manifiesta sus ideas republicanas, justifica su cambio de criterio frente a la realidad del momento, sus acciones para hacer frente a la situación y su dimisión.

Pi y Margall

caricatura sarcástica de la época

»He sido partidario de la federación desde 1854. La defendí entonces calurosamente en La Reacción y La Revolución, libro destinado a la exposición de mis ideas en filosofía, en economía, en política. La defendí, como la defiendo ahora, bajo dos puntos de vista, el de la razón y el de la historia. La federación realizaba a mis ojos, por una parte, la autonomía de los diversos grupos en que se ha ido descomponiendo y recomponiendo la humanidad al calor de las revoluciones y por el estímulo de los intereses; de otra, el principio de la unidad en la variedad, forma constitutiva de los seres, ley del mundo. Considerábala yo, además, como la organización más adecuada a la índole de nuestra patria, nación formada de provincias que fueron en otro tiempo reinos independientes, y están aun hoy separadas por lo que más aleja unos de otros los pueblos: las leyes y las costumbres.

»Esta nación, me decía yo, presenta en todas las grandes crisis porque ha pasado en este siglo, el especial fenómeno de que sus provincias se hayan apresurado a constituirse y a buscar en sí mismas su salvación y su fuerza, sin que por esto hayan jamás comprometido ni perdido de vista la unidad de la patria: esta nación parece, como suele decirse, cortada para ser una república como las de Suiza y los Estados Unidos.

»Desde 1856 a 1868, mal podíamos defender la federación cuando se nos prohibía hasta hablar de república. Poco antes de la revolución de Septiembre, puestos aún en el trono los Borbones, traduje, sin embargo, al castellano el Principio federativo de Proudhon, libro en que, después de sentadas la libertad y la autoridad como los dos eternos y contradictorios elementos de la vida de los pueblos, se explican las vicisitudes y los sistemas a que han dado origen, y se demuestra que la federación, última evolución de la idea política, es la única que puede afianzar en las naciones la dignidad, la paz y el orden. En Francia había yo fortalecido sobre este punto mis creencias.

»Observaba que aquel pueblo, de gran corazón y poderosa iniciativa, había levantado por dos veces la república y otras tantas la había visto morir bajo la espada de César. En las dos veces había conmovido y soliviantado a Europa, en la primera hasta le había hecho morder el polvo de sus campos de batalla; y en las dos había bastado un general y unas pocas legiones para disolver sus asambleas y reducirla a servidumbre. Esclavo París, esclava Francia. El vencedor dictaba su voluntad desde el palacio de los antiguos reyes, y la nación obedecía. La centralización del poder era, a no dudarlo, la causa de tan extraño fenómeno.

»Vine a las Cortes de 1869 con la firme decisión de propagar la idea federal, y si posible fuese, aplicarla. Los que hayan seguido con mediano interés el curso de nuestra revolución sabrán si he cumplido mi propósito. Otros habrán podido vacilar; yo no he vacilado un momento. No han quebrantado mi fe ni las derrotas ni las ingratitudes. La he llevado incólume al poder, e incólume la he sacado del Gobierno. El día 11 de Febrero de 1873 me cupo la señalada honra de redactar y sostener la proposición, por la cual se había de establecer en España la república. Quise que unas Cortes Constituyentes viniesen a definir y organizar la nueva forma de gobierno; y en aquel mismo día declaré clara y paladinamente ante la Asamblea Nacional, que si las futuras  Cortes se decidiesen por la república unitaria, seguiría en los bancos de la izquierda.

»El país no podía ciertamente llamarse a engaño sobre mis ideas políticas. Atendido mi carácter, podía aun esperar menos que me llevase  al Gobierno otro fin que el de realizarlas. Así lo comprenderían sin duda los enemigos de la República, puesto que me escogieron por blanco de sus tiros. En la imposibilidad de ganarme por la lisonja, resolvieron acabar conmigo por la difamación, y así lo hicieron. Desgraciadamente  les ayudaron en su obra, unos por maldad, otros por torpeza, muchos de mis correligionarios.

*

»Mis ideas han sido claras y precisas hasta en lo que toca al procedimiento para establecer la República. La federación, como lo dice la etimología de la palabra, es un pacto de alianza; un pacto, por el cual, pueblos completamente autónomos se unen y crean un poder que  defienda sus comunes intereses y sus comunes derechos. Llevado de la lógica, había yo siempre sostenido que no cabía federación, es decir pacto, mientras no hubiese en España estados autónomos, y por lo  tanto, que el movimiento federal debía empezar por la constitución de las antiguas provincias en Estados. Sobre este punto habían pensado así conmigo, o yo con ellos, todas las asambleas federales, todos los directorios republicanos y, lo que es más, la inmensa mayoría del partido, cuya opinión fue bien explícita cuando la célebre declaración de la prensa.

»No se me habían ocultado los peligros que este procedimiento entrañaba. Las provincias de España tienen entre sí vínculos demasiado fuertes para que en ningún tiempo pretendan disgregarse rompiendo la unidad nacional; no por esto era menos de temer que, abandonadas a sí mismas durante el período de su conversión en Estados, ya por cuestiones de territorio, ya por la determinación de la órbita en que hubiesen de moverse, ya por la ignorancia de los más y la natural exaltación de las pasiones, surgiesen conflictos que vinieran a interrumpir, aunque por corto tiempo, la vida de la patria, y lastimar los intereses de la industria y el comercio. Para conjurar estos peligros —tan atento estaba aun entonces a conservar la unidad y la integridad de la patria— había propuesto y se había recibido con general aplauso, que  en los primeros momentos de toda revolución federal se crease con el carácter de transitorio un poder central fuerte y robusto que, disponiendo de la misma autoridad y de los mismos medios de que hoy dispone, mantuviese en todas partes la nación y el orden hasta que, reorganizadas las provincias, se llegase a la constitución definitiva y regular de los poderes federales.

»Aun así, este procedimiento de abajo arriba era aplicable sólo al caso en que la república federal viniese, o por un movimiento a mano armada como el de 1869, o por acontecimientos y circunstancias   tales,   que   nos hubiesen permitido llegar al Gobierno sin transacciones ni compromisos. No vinimos así a la República; y, como era natural, hubo   de ser otro el procedimiento. ¿Lo callé tampoco? ¿Dejé de ser franco y explícito?

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»La República vino por donde menos esperábamos. De la noche a la mañana Amadeo de Saboya, que en dos años de mando no había logrado hacerse simpático al país ni dominar el creciente oleaje de los partidos, resuelve abdicar por sí y por sus hijos la corona de España. Vacío el trono, mal preparadas aun las cosas para la restauración de los Borbones, sin más príncipes a que volver los ojos, los hombres políticos sin distinción de bandos ven casi todos como una necesidad la proclamación de la República. Resueltos a establecerla se hallaban ya los que habían previsto y tal vez acelerado el suceso; y como hombres que llevaban un pensamiento y se habían proporcionado medios de ejecutarlo, empujan los unos a los tímidos, deciden otros a los vacilantes e inutilizan todos a los que aun pretenden salvar de las ruinas de la dinastía el principio monárquico. Al abrirse la sesión del Congreso la tarde del 10 de Febrero de 1873 las resistencias están ya casi vencidas; las que aun subsisten ceden al primer ímpetu de radicales y republicanos. Se declara el Congreso en sesión permanente, y la tarde del 11, leída la abdicación del Rey, se refunden en una sola Asamblea las dos Cámaras, y casi sin debate aceptan la República. ¿Qué república era la proclamada? Ni la federal ni la unitaria. Había mediado acuerdo entre los antiguos y los modernos republicanos, y habían convenido en dejar a unas Cortes Constituyentes la definición y la organización de la nueva forma de gobierno. La federación de abajo arriba era desde entonces imposible: no cabía sino la que determinasen, en el caso de adoptarla, las futuras Cortes. Admitido en principio la federación, no cabía ya empezar sino por donde se habría antes concluido, por el deslinde de las atribuciones del poder central. Los estados federales habrían debido constituirse luego fuera del círculo de estas atribuciones.

»El procedimiento ―no hay por qué ocultarlo— era abiertamente contrario al anterior: el resultado podía ser el mismo. Representadas habían de estar en las nuevas Cortes las provincias; y, si éstas tenían formada idea sobre los límites en que habían de girar los poderes de los futuros Estados, a las Cortes podían llevarla y en las Cortes sostenerla. Como determinando la esfera de acción de las provincias, habría venido a quedar determinada por el otro procedimiento la del Estado; determinando ahora la del poder central, se determinaba, se quisiera o no, la de las provincias.   Uno   y   otro   procedimiento   podían,   a   no   dudarlo,   haber   producido   una   misma constitución; y no habría sido, a mi manera de ver, ni patriótico ni político dificultar, por no transigir sobre este punto, la proclamación de la República.

»Si el procedimiento de abajo arriba era más lógico y más adecuado a la idea de la federación; era, en cambio, el de arriba abajo más propio de una nacionalidad ya formada como la nuestra y en su aplicación mucho menos peligroso. No había por él solución de continuidad en el poder, no se suspendía ni por un solo momento la vida de la nación, no era tan de temer que surgiesen graves conflictos entre las provincias, era la obra más fácil, más rápida, menos expuesta a contratiempos y vaivenes. Aun con este procedimiento habían de presentar nuestros enemigos la federación como ocasionada a desastres; pero habían de encontrar menos eco en el país, y el temor había de ser mucho menos fundado y legítimo. Como quiera que fuese, la transacción estaba hecha, y yo no había de faltar a una palabra solemnemente empeñada. Unas Cortes Constituyentes eran las llamadas a decidir en primer término si la República había de ser federal o unitaria, luego cuál había de ser su organismo. Individuo de un Gobierno que había de regir los destinos del país durante el intervalo de una Asamblea a otra Asamblea, no podía adelantarme ni permitir que nadie se adelantase a la obra de las Cortes. Si después de reunidas seguía gobernando, podía tolerar aun menos que tratase nadie de usurpar las atribuciones que tenían.»

 

 

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España y Cataluña

El catalanismo soberanista se zampa los siglos como rosquillas. De lo que hoy se habla en Cataluña es de 1714 (Guerra de Sucesión) o de 1640 (rebelión de los catalanes) y si me apuráis del matrimonio de PetronilaRamón Berenguer IV (S. XII), coyunda que inició la vocación peninsular catalana y de cuando le viene la condición de principado, ya que como consorte de la reina de Aragón el conde usó el título de príncipe. En cambio apenas si recuerdan algo del XVIII para acá que no sea la lacra franquista; por cierto, soportada por todos los españoles (y financiada por unos pocos, algunos de los cuales eran catalanes… y otros vascos), o aquella ocurrencia de Espartero (liberal progresista) de bombardear Barcelona desde Montjuic (1842) cuando la polémica proteccionismo-librecambio. Los industriales catalanes habían promovido una insurrección exigiendo proteccionismo, o sea, más Estado.

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Bombardeo de Barcelona desde el castillo de Montjuic en 1842

No he citado todavía el hito más popular en el ‘idilio’ Cataluña- España: la unión matrimonial de Isabel y Fernando (s .XV). En aquel tiempo los monarcas no pertenecían a ningún territorio, eran los territorios los que pertenecían a los monarcas; los reyes a lo que pertenecían era a una dinastía. En este caso −eran primos− la misma para los dos: la casa de Trastamara. El matrimonio tuvo buen cuidado de no fusionar sus patrimonios; así que se trató de una Corona con varios Estados que permanecieron independientes entre sí hasta 1714.

Fue una unión asimétrica: Castilla multiplicaba varias veces el volumen demográfico y económico de la Corona de Aragón completa, de la que Cataluña sólo era una parte. La ley de la gravedad también funciona en política, así que el enorme peso de Castilla atrajo a los reyes a su territorio, a su idiosincrasia y se produjo una identificación que hizo que Castilla adoptara la política dinástica como propia. Política de la que los Estados periféricos se desentendieron pero, como no se habían fusionado, tampoco la financiaron. Sólo Castilla soportó el peso inmenso de la política imperial de los Austria (sucesores de los Reyes Católicos). Precisamente la revuelta de los catalanes en 1640 fue porque la corona intentó obligarles a participar (Unión de Armas) en algo (la política exterior) que se entendía en beneficio de todos, en realidad de la dinastía, que, desde luego, era común (la confusión entre intereses dinásticos e intereses nacionales es mal de la época).

Los Decretos de Nueva Planta (1707/1714) con los que se castigaba a los Estados de la Corona de Aragón por su desafección en la Guerra de Sucesión estableció por vez primera un Estado centralizado en los territorios de la Corona, con la excepción del espacio vasco que había permanecido leal. Con la pérdida de sus “libertades” medievales quedaban reducidos a provincias y liquidada la confederación en que había consistido la Corona Hispánica desde el XV al XVIII.

Suceso lamentable para el catalanismo en seguida mitigado por los beneficios de la nueva situación: por primera vez se abrían para Cataluña los mercados peninsulares y coloniales. Este suceso unido a otros factores permitió que desde el XVIII hasta nuestros días Cataluña fuera incrementando su peso económico y demográfico relativo frente a Castilla, arrasada por la fiscalidad, la emigración y la guerra endémica de los siglos XVI y XVII.

La tardía industrialización no arraigó en muchos lugares, pero uno de ellos fue Cataluña que se aseguró los mercados peninsulares gracias al proteccionismo más o menos discutido y constante de los gobiernos de Madrid (véase lo dicho arriba sobre Espartero). En el S. XX la situación económica y demográfica con que se había iniciado la unión centralizada (S. XVIII) se había invertido por completo. El centro de gravedad se había desplazado a algunos puntos de la periferia: Cataluña y País Vasco los más importantes. Ahora la ley de la gravedad trabajaba a su favor, atrayendo capitales e inmigrantes, aunque la inercia política siguiera concentrando el poder en Madrid.

La II República (1931/39) y la Transición (1975/83?) quisieron compaginar inercia y gravedad inventando el proceso autonómico, que ahora se cuestiona. En el intermedio entre ambas Franco impuso de nuevo un furibundo centralismo en la toma de decisiones, pero Cataluña no resultó perjudicada económicamente, sino todo lo contrario, como es sabido.

La cuestión es: el peso de Cataluña empezó a ser importante y su riqueza destacada desde que se produjo la unión definitiva en el XVIII, con la pérdida de su constitución medieval, no al revés, como parecería deducirse del discurso soberanista. El ‘España nos roba’, que a efectos de balanza fiscal contemporánea resulta tan discutible, a nivel histórico no tiene fundamento alguno, según demuestran los hechos. Cuando el presente sea historia ya veremos quién robó a quién.

El virtuosismo de los nacionalistas, cualesquiera que sean, en la manipulación histórica es digno de admiración, suponiendo que nos quedaran ganas de admirar algo después de la que está cayendo.

 

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Iberismo

La idea de una unidad peninsular completa, que incluyera a Portugal, iberismo, se abrió camino a partir del siglo XIX, impulsada por cierto sentimiento popular y recogida por algunos intelectuales, tanto españoles como portugueses. Saramago, el malogrado nobel de literatura, ha sido uno de los últimos. Desde 2009 una serie de estudios de la Universidad de Salamanca han mostrado que un porcentaje significativo y creciente de habitantes de ambos países no serían contrarios a una unión política entre ambos.

iberismo

Los orígenes:

En el siglo XI, Alfonso VI, rey de Castilla, León y Galicia, casó a su hija Teresa con Enrique de Borgoña, noble franco que había acudido a Castilla a prestarle ayuda en su política expansiva frente a moros y cristianos y a hacer de paso fortuna, o quizá al revés; la dote fue el condado de Portucale, vinculado al reino de Galicia. El borgoñón y su viuda después actuaron en sus tierras con gran autonomía, pero su hijo Alfonso Enríquez se autoproclamó rex, emulando a su bisabuelo Fernando I en Castilla y al hermano de éste, Ramiro I en Aragón; tradición de familia. Convertido en reino, Portugal, bajo el patrocinio de la casa de Borgoña, continuó el avance hacia el sur a costa de territorios islámicos, como sus iguales peninsulares, e incluso, tempranamente, inició una prometedora expansión trasatlántica.

Alejamientos, aproximaciones y desenlace:

Después de más de dos siglos de vida por separado, Juan I de Castilla estuvo a punto de conseguir la corona lusa al agotarse la casa de Borgoña, fundamentando sus pretensiones en el matrimonio con Beatriz de Portugal, pero fracasando militarmente en Aljubarrota (1385), suceso que se convirtió en emblemático para el posterior nacionalismo portugués.

La crisis dinástica castellana del siglo XV se libró entre Juana, hija del rey Enrique IV y su hermana Isabel, la futura reina Católica. Tuvieron respectivamente la ayuda de Portugal y de Aragón (Isabel contrajo matrimonio con el heredero aragonés Fernando II, mientras que Juana lo hacía con su tío Alfonso V de Portugal). El azar se inclinó por Isabel y Aragón, prefigurando la unidad de la futura España con los Estados de las coronas castellana y aragonesa, pero sin Portugal.

En 1500 murió Miguel, por breve tiempo heredero de las tres coronas (Portugal, Castilla-León y Aragón), ya que era nieto de los Reyes Católicos e hijo de Manuel I de Portugal, único fruto de la persistente y poco afortunada política matrimonial de Isabel y Fernando (RR. CC.) respecto a Portugal. Otra ocasión frustrada.

Ochenta años después Felipe II logró por fin la corona portuguesa a causa del agotamiento de la dinastía de Avís, que regía Portugal desde los tiempos de Aljubarrota, y por ser hijo de Isabel de Portugal, esposa de Carlos I, el Emperador, e infanta de Portugal. La unión, lograda sin mucha oposición, se prolongó hasta el reinado de Felipe IV (60 años).

En 1640, la crisis económica y la crisis bélica arrastraron a la monarquía hispánica a una descomposición institucional que tuvo su momento más grave en las sublevaciones de Cataluña y Portugal; el resultado fue la independencia del último que encontró el apoyo británico (desde entonces una constante en sus relaciones exteriores), pero no de Cataluña que no logró el favor decidido de Francia. El desenlace inverso también habría sido posible, con lo que la configuración de la España contemporánea hubiera sido muy distinta.

Los pueblos a escena:

Como se ve el protagonismo fue de las dinastías, que actuaron tratando a los territorios sobre los que ejercían soberanía como patrimonio de familia, que lo eran, de ahí las divisiones y reagrupaciones sucesivas; los pueblos, si acaso, aparecen como comparsa. Por eso basar el orgullo nacional en tales sucesos es además de irracional, ridículo, pero esa es otra historia. Hay por último un penoso suceso, por lo tardío, protagonizado por el ministro Godoy, un trepa de opereta, ya en el XIX, que llegó a pactar con Napoleón, un arribista de gran concierto, el reparto de Portugal, con trágico resultado para España.

Como afortunado contraste, este mismo siglo vio nacer el iberismo, movimiento que tiene facetas progresistas y dinásticas a un tiempo, pero en el que los protagonistas surgen del pueblo consciente e ilustrado. La revolución liberal coqueteó con la idea desde momentos tan tempranos como las Cortes de Cádiz, durante el exilio, en el Trienio Liberal, y tras el estallido de la Gloriosa (revolución de 1868), proponiendo soluciones dinásticas, en las que siempre se sustituía a los Borbones por candidatos portugueses. Paralelamente surgió un movimiento, casi políticamente neutral, con fuerte contenido cultural y económico que tiene su origen en el aventurero y diplomático catalán Sinibaldo de Mas, pero que encontró mucho eco en Portugal donde se editaron varios periódicos por la causa, alguno de ellos bilingüe. El republicanismo tanto portugués como español recogió la idea muy pronto (Nogueira, Sixto Cámara, Pi i Margall) y de ahí pasó al obrerismo especialmente anarquista –la Federación Anarquista Ibérica (FAI) fue la más influyente organización obrera iberista–. Teófilo Braga, uno de los padres de la República Portuguesa, fue un convencido y minucioso constructor y difusor de la idea en los albores del siglo XX. A partir de ahí el desafortunado transcurrir político de ambos países con el ultranacionalismo de las dos dictaduras parafascistas de Franco y Salazar enterraron el proyecto, aunque ambos dictadores firmaran un fantasmal Bloque Ibérico que sólo contenía retórica.

La construcción de la UE ha modificado el marco: se levantaron las fronteras (la raya), manejamos la misma moneda, y personas y mercancías circulan entre ambos territorios sin restricciones. Sin embargo, constatamos que en la UE sólo los grandes hacen oír su voz con eficacia. No hay que olvidar que el resultado sería un país en el entorno de los sesenta millones de habitantes con un PIB de casi un billón y medio de euros, pese a la crisis. Lo que no nos haría superar el cuarto puesto que detenta hoy España pero nos pondría en pie de igualdad con los tres grandes, con más de 70 escaños en el parlamento europeo. Por otra parte la evolución económica ha superado afortunadamente la tradicional postura de ignorarse mutuamente, hasta el punto de que hoy España exporta a Portugal más que a toda Latinoamérica, y somos su principal cliente y proveedor.

¿Merece todo esto si no olvidar Aljubarrota, al menos verla desde otra perspectiva?

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Historia urgente de la deuda española

Retrato_Carlos_VEl nacimiento de los estados nacionales no fue suceso de un momento, se produjo gradualmente, de forma que durante un tiempo, en lo que a las finanzas se refiere, no sabemos si hablamos del patrimonio del rey o de la nación. No hay un momento preciso en que se separen ambos con nitidez. Pero se puede decir que existe cierto consenso en admitir que España fue uno de los primeros estados–nación europeos (apuntaba ya a finales del XV) junto a Francia e Inglaterra; sin embargo, lo que trae bajo el brazo el recién nacido no es el pan, como dice el dicho, sino la deuda.

Carlos de Gante, instalado en España como rey de hecho (de derecho seguía siéndolo Juana, su madre, recluida por loca) aspiraba a la corona imperial alemana, operación costosísima por los multimillonarios sobornos que había que pagar a los príncipes electores (resulta llamativo el descaro en la corrupción que era habitual en la época). Extrajo lo que pudo de España (más bien de Castilla), pero necesitó endeudarse, recurriendo a banqueros alemanes, los Fugger. Utilizó como avales las minas de oro y plata, el monopolio de la sal y los impuestos de Castilla. A los Fugger siguieron los Welser que obtuvieron el derecho a colonizar ciertos territorios en América como pago cuando falló el tesoro. Es la primera vez que aparece la deuda soberana y, desde el principio, incidiendo gravemente en la política nacional.

Felipe II, su hijo, continuó en la misma senda firmando “asientos” (obligaciones de hoy) con todo tipo de prestamistas, agobiado por las necesidades de la creación de un estado centralizado, la política europea, la revuelta de algunos de sus estados (Flandes), el mantenimiento del imperio ultramarino, la inflación galopante y una fiscalía ineficaz y terriblemente injusta. Sin el oro y la plata que afluían de América hubiera sido imposible saltar el abismo entre ingresos y gastos, aunque tenía el efecto secundario de colocar la inflación en la estratosfera. Aún así y a pesar de ser el Estado hegemónico en Europa se vio obligado a la suspensión de pagos tres veces.

Desde la primera bancarrota de Felipe II en pleno siglo XVI, la primera también que registra un Estado, se suspendieron pagos o renegoció la deuda con gran frecuencia, con el efecto lógico de la desmesurada subida de los intereses hasta niveles usurarios, que compensaran el riesgo. De hecho durante el XVII y XVIII el fenómeno se repitió seis veces. El XVIII introdujo factores de modernización y racionalización del comercio y las finanzas con la creación de una verdadera Hacienda y la normalización de la deuda que se canalizó a través del Banco de San Carlos (después de San Fernando y por último de España). Pero las guerras coloniales siguieron desequilibrando las cuentas. A finales de siglo la guerra contra la Francia revolucionaria forzó una nueva suspensión de pagos (1799).

El XIX empezó mal. La guerra de la Independencia devastó el país, y el Estado que surgió tras ella tuvo que hacer frente a la reconstrucción, a las guerras de independencia americanas y a la pérdida del imperio. Casi sin solución de continuidad, a las guerras carlistas. Los apuros de la hacienda para hacer frente al déficit crónico fueron graves y permanentes y la dependencia de la deuda, que se negociaba en París y Londres, total. Dos ministros de hacienda, Mendizábal (1836) y Madoz (1854), recurrieron a la nacionalización de los bienes de la Iglesia y de los municipios, respectivamente, como recurso para sanear el déficit con su venta (aparte otros fines modernizadores, como la conversión de la propiedad feudal en propiedad capitalista). La instalación del ferrocarril durante la era isabelina fue la gran obra de infraestructura absolutamente necesaria, pero para financiarlo hubo que recurrir a capitales extranjeros. La especulación que desató condujo al final del proceso a un crack financiero que trajo una nueva quiebra (1866). La inmediata consecuencia política fue la caída de la monarquía isabelina en medio de un proceso revolucionario que duró casi diez años. Como curiosidad, de esa crisis nació la peseta (1868) que estuvo vigente hasta 1.999 en que se convirtió en fracción del Euro para desaparecer físicamente dos años después.

Ya durante el franquismo se produjo otra suspensión de pagos, la última, al negarse el dictador a hacer frente a la deuda republicana.

Un total de once suspensiones de pagos totales o parciales en un periodo de quinientos años, que si se distribuyeran a lo largo del tiempo hasta hoy arrojaría la media de una cada 50 años aproximadamente; si bien la mayoría (ocho) se concentran en los dos primeros siglos. Las cifras record que ha alcanzado la deuda en los años de la última crisis (100% del PIB desde 2016, aunque sin el peligro de quiebra o rescate de cinco o seis años atrás) nos permiten traer a colación que España fue el país donde nació la deuda soberana y también el primero que declaró una quiebra. Otro record de dudoso honor que pone de manifiesto problemas estructurales que se han alargado durante siglos, apenas mitigados en el presente.

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