España y Cataluña

El catalanismo soberanista se zampa los siglos como rosquillas. De lo que hoy se habla en Cataluña es de 1714 (Guerra de Sucesión) o de 1640 (rebelión de los catalanes) y si me apuráis del matrimonio de PetronilaRamón Berenguer IV (S. XII), coyunda que inició la vocación peninsular catalana y de cuando le viene la condición de principado, ya que como consorte de la reina de Aragón el conde usó el título de príncipe. En cambio apenas si recuerdan algo del XVIII para acá que no sea la lacra franquista; por cierto, soportada por todos los españoles (y financiada por unos pocos, algunos de los cuales eran catalanes… y otros vascos), o aquella ocurrencia de Espartero (liberal progresista) de bombardear Barcelona desde Montjuic (1842) cuando la polémica proteccionismo-librecambio. Los industriales catalanes habían promovido una insurrección exigiendo proteccionismo, o sea, más Estado.

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Bombardeo de Barcelona desde el castillo de Montjuic en 1842

No he citado todavía el hito más popular en el ‘idilio’ Cataluña- España: la unión matrimonial de Isabel y Fernando (s .XV). En aquel tiempo los monarcas no pertenecían a ningún territorio, eran los territorios los que pertenecían a los monarcas; los reyes a lo que pertenecían era a una dinastía. En este caso −eran primos− la misma para los dos: la casa de Trastamara. El matrimonio tuvo buen cuidado de no fusionar sus patrimonios; así que se trató de una Corona con varios Estados que permanecieron independientes entre sí hasta 1714.

Fue una unión asimétrica: Castilla multiplicaba varias veces el volumen demográfico y económico de la Corona de Aragón completa, de la que Cataluña sólo era una parte. La ley de la gravedad también funciona en política, así que el enorme peso de Castilla atrajo a los reyes a su territorio, a su idiosincrasia y se produjo una identificación que hizo que Castilla adoptara la política dinástica como propia. Política de la que los Estados periféricos se desentendieron pero, como no se habían fusionado, tampoco la financiaron. Sólo Castilla soportó el peso inmenso de la política imperial de los Austria (sucesores de los Reyes Católicos). Precisamente la revuelta de los catalanes en 1640 fue porque la corona intentó obligarles a participar (Unión de Armas) en algo (la política exterior) que se entendía en beneficio de todos, en realidad de la dinastía, que, desde luego, era común (la confusión entre intereses dinásticos e intereses nacionales es mal de la época).

Los Decretos de Nueva Planta (1707/1714) con los que se castigaba a los Estados de la Corona de Aragón por su desafección en la Guerra de Sucesión estableció por vez primera un Estado centralizado en los territorios de la Corona, con la excepción del espacio vasco que había permanecido leal. Con la pérdida de sus “libertades” medievales quedaban reducidos a provincias y liquidada la confederación en que había consistido la Corona Hispánica desde el XV al XVIII.

Suceso lamentable para el catalanismo en seguida mitigado por los beneficios de la nueva situación: por primera vez se abrían para Cataluña los mercados peninsulares y coloniales. Este suceso unido a otros factores permitió que desde el XVIII hasta nuestros días Cataluña fuera incrementando su peso económico y demográfico relativo frente a Castilla, arrasada por la fiscalidad, la emigración y la guerra endémica de los siglos XVI y XVII.

La tardía industrialización no arraigó en muchos lugares, pero uno de ellos fue Cataluña que se aseguró los mercados peninsulares gracias al proteccionismo más o menos discutido y constante de los gobiernos de Madrid (véase lo dicho arriba sobre Espartero). En el S. XX la situación económica y demográfica con que se había iniciado la unión centralizada (S. XVIII) se había invertido por completo. El centro de gravedad se había desplazado a algunos puntos de la periferia: Cataluña y País Vasco los más importantes. Ahora la ley de la gravedad trabajaba a su favor, atrayendo capitales e inmigrantes, aunque la inercia política siguiera concentrando el poder en Madrid.

La II República (1931/39) y la Transición (1975/83?) quisieron compaginar inercia y gravedad inventando el proceso autonómico, que ahora se cuestiona. En el intermedio entre ambas Franco impuso de nuevo un furibundo centralismo en la toma de decisiones, pero Cataluña no resultó perjudicada económicamente, sino todo lo contrario, como es sabido.

La cuestión es: el peso de Cataluña empezó a ser importante y su riqueza destacada desde que se produjo la unión definitiva en el XVIII, con la pérdida de su constitución medieval, no al revés, como parecería deducirse del discurso soberanista. El ‘España nos roba’, que a efectos de balanza fiscal contemporánea resulta tan discutible, a nivel histórico no tiene fundamento alguno, según demuestran los hechos. Cuando el presente sea historia ya veremos quién robó a quién.

El virtuosismo de los nacionalistas, cualesquiera que sean, en la manipulación histórica es digno de admiración, suponiendo que nos quedaran ganas de admirar algo después de la que está cayendo.

 

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Iberismo

La idea de una unidad peninsular completa, que incluyera a Portugal, iberismo, se abrió camino a partir del siglo XIX, impulsada por cierto sentimiento popular y recogida por algunos intelectuales, tanto españoles como portugueses. Saramago, el malogrado nobel de literatura, ha sido uno de los últimos. Desde 2009 una serie de estudios de la Universidad de Salamanca han mostrado que un porcentaje significativo y creciente de habitantes de ambos países no serían contrarios a una unión política entre ambos.

iberismo

Los orígenes:

En el siglo XI, Alfonso VI, rey de Castilla, León y Galicia, casó a su hija Teresa con Enrique de Borgoña, noble franco que había acudido a Castilla a prestarle ayuda en su política expansiva frente a moros y cristianos y a hacer de paso fortuna, o quizá al revés; la dote fue el condado de Portucale, vinculado al reino de Galicia. El borgoñón y su viuda después actuaron en sus tierras con gran autonomía, pero su hijo Alfonso Enríquez se autoproclamó rex, emulando a su bisabuelo Fernando I en Castilla y al hermano de éste, Ramiro I en Aragón; tradición de familia. Convertido en reino, Portugal, bajo el patrocinio de la casa de Borgoña, continuó el avance hacia el sur a costa de territorios islámicos, como sus iguales peninsulares, e incluso, tempranamente, inició una prometedora expansión trasatlántica.

Alejamientos, aproximaciones y desenlace:

Después de más de dos siglos de vida por separado, Juan I de Castilla estuvo a punto de conseguir la corona lusa al agotarse la casa de Borgoña, fundamentando sus pretensiones en el matrimonio con Beatriz de Portugal, pero fracasando militarmente en Aljubarrota (1385), suceso que se convirtió en emblemático para el posterior nacionalismo portugués.

La crisis dinástica castellana del siglo XV se libró entre Juana, hija del rey Enrique IV y su hermana Isabel, la futura reina Católica. Tuvieron respectivamente la ayuda de Portugal y de Aragón (Isabel contrajo matrimonio con el heredero aragonés Fernando II, mientras que Juana lo hacía con su tío Alfonso V de Portugal). El azar se inclinó por Isabel y Aragón, prefigurando la unidad de la futura España con los Estados de las coronas castellana y aragonesa, pero sin Portugal.

En 1500 murió Miguel, por breve tiempo heredero de las tres coronas (Portugal, Castilla-León y Aragón), ya que era nieto de los Reyes Católicos e hijo de Manuel I de Portugal, único fruto de la persistente y poco afortunada política matrimonial de Isabel y Fernando (RR. CC.) respecto a Portugal. Otra ocasión frustrada.

Ochenta años después Felipe II logró por fin la corona portuguesa a causa del agotamiento de la dinastía de Avís, que regía Portugal desde los tiempos de Aljubarrota, y por ser hijo de Isabel de Portugal, esposa de Carlos I, el Emperador, e infanta de Portugal. La unión, lograda sin mucha oposición, se prolongó hasta el reinado de Felipe IV (60 años).

En 1640, la crisis económica y la crisis bélica arrastraron a la monarquía hispánica a una descomposición institucional que tuvo su momento más grave en las sublevaciones de Cataluña y Portugal; el resultado fue la independencia del último que encontró el apoyo británico (desde entonces una constante en sus relaciones exteriores), pero no de Cataluña que no logró el favor decidido de Francia. El desenlace inverso también habría sido posible, con lo que la configuración de la España contemporánea hubiera sido muy distinta.

Los pueblos a escena:

Como se ve el protagonismo fue de las dinastías, que actuaron tratando a los territorios sobre los que ejercían soberanía como patrimonio de familia, que lo eran, de ahí las divisiones y reagrupaciones sucesivas; los pueblos, si acaso, aparecen como comparsa. Por eso basar el orgullo nacional en tales sucesos es además de irracional, ridículo, pero esa es otra historia. Hay por último un penoso suceso, por lo tardío, protagonizado por el ministro Godoy, un trepa de opereta, ya en el XIX, que llegó a pactar con Napoleón, un arribista de gran concierto, el reparto de Portugal, con trágico resultado para España.

Como afortunado contraste, este mismo siglo vio nacer el iberismo, movimiento que tiene facetas progresistas y dinásticas a un tiempo, pero en el que los protagonistas surgen del pueblo consciente e ilustrado. La revolución liberal coqueteó con la idea desde momentos tan tempranos como las Cortes de Cádiz, durante el exilio, en el Trienio Liberal, y tras el estallido de la Gloriosa (revolución de 1868), proponiendo soluciones dinásticas, en las que siempre se sustituía a los Borbones por candidatos portugueses. Paralelamente surgió un movimiento, casi políticamente neutral, con fuerte contenido cultural y económico que tiene su origen en el aventurero y diplomático catalán Sinibaldo de Mas, pero que encontró mucho eco en Portugal donde se editaron varios periódicos por la causa, alguno de ellos bilingüe. El republicanismo tanto portugués como español recogió la idea muy pronto (Nogueira, Sixto Cámara, Pi i Margall) y de ahí pasó al obrerismo especialmente anarquista –la Federación Anarquista Ibérica (FAI) fue la más influyente organización obrera iberista–. Teófilo Braga, uno de los padres de la República Portuguesa, fue un convencido y minucioso constructor y difusor de la idea en los albores del siglo XX. A partir de ahí el desafortunado transcurrir político de ambos países con el ultranacionalismo de las dos dictaduras parafascistas de Franco y Salazar enterraron el proyecto, aunque ambos dictadores firmaran un fantasmal Bloque Ibérico que sólo contenía retórica.

La construcción de la UE ha modificado el marco: se levantaron las fronteras (la raya), manejamos la misma moneda, y personas y mercancías circulan entre ambos territorios sin restricciones. Sin embargo, constatamos que en la UE sólo los grandes hacen oír su voz con eficacia. No hay que olvidar que el resultado sería un país en el entorno de los sesenta millones de habitantes con un PIB de casi un billón y medio de euros, pese a la crisis. Lo que no nos haría superar el cuarto puesto que detenta hoy España pero nos pondría en pie de igualdad con los tres grandes, con más de 70 escaños en el parlamento europeo. Por otra parte la evolución económica ha superado afortunadamente la tradicional postura de ignorarse mutuamente, hasta el punto de que hoy España exporta a Portugal más que a toda Latinoamérica, y somos su principal cliente y proveedor.

¿Merece todo esto si no olvidar Aljubarrota, al menos verla desde otra perspectiva?

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Historia urgente de la deuda española

Retrato_Carlos_VEl nacimiento de los estados nacionales no fue suceso de un momento, se produjo gradualmente, de forma que durante un tiempo, en lo que a las finanzas se refiere, no sabemos si hablamos del patrimonio del rey o de la nación. No hay un momento preciso en que se separen ambos con nitidez. Pero se puede decir que existe cierto consenso en admitir que España fue uno de los primeros estados–nación europeos (apuntaba ya a finales del XV) junto a Francia e Inglaterra; sin embargo, lo que trae bajo el brazo el recién nacido no es el pan, como dice el dicho, sino la deuda.

Carlos de Gante, instalado en España como rey de hecho (de derecho seguía siéndolo Juana, su madre, recluida por loca) aspiraba a la corona imperial alemana, operación costosísima por los multimillonarios sobornos que había que pagar a los príncipes electores (resulta llamativo el descaro en la corrupción que era habitual en la época). Extrajo lo que pudo de España (más bien de Castilla), pero necesitó endeudarse, recurriendo a banqueros alemanes, los Fugger. Utilizó como avales las minas de oro y plata, el monopolio de la sal y los impuestos de Castilla. A los Fugger siguieron los Welser que obtuvieron el derecho a colonizar ciertos territorios en América como pago cuando falló el tesoro. Es la primera vez que aparece la deuda soberana y, desde el principio, incidiendo gravemente en la política nacional.

Felipe II, su hijo, continuó en la misma senda firmando “asientos” (obligaciones de hoy) con todo tipo de prestamistas, agobiado por las necesidades de la creación de un estado centralizado, la política europea, la revuelta de algunos de sus estados (Flandes), el mantenimiento del imperio ultramarino, la inflación galopante y una fiscalía ineficaz y terriblemente injusta. Sin el oro y la plata que afluían de América hubiera sido imposible saltar el abismo entre ingresos y gastos, aunque tenía el efecto secundario de colocar la inflación en la estratosfera. Aún así y a pesar de ser el Estado hegemónico en Europa se vio obligado a la suspensión de pagos tres veces.

Desde la primera bancarrota de Felipe II en pleno siglo XVI, la primera también que registra un Estado, se suspendieron pagos o renegoció la deuda con gran frecuencia, con el efecto lógico de la desmesurada subida de los intereses hasta niveles usurarios, que compensaran el riesgo. De hecho durante el XVII y XVIII el fenómeno se repitió seis veces. El XVIII introdujo factores de modernización y racionalización del comercio y las finanzas con la creación de una verdadera Hacienda y la normalización de la deuda que se canalizó a través del Banco de San Carlos (después de San Fernando y por último de España). Pero las guerras coloniales siguieron desequilibrando las cuentas. A finales de siglo la guerra contra la Francia revolucionaria forzó una nueva suspensión de pagos (1799).

El XIX empezó mal. La guerra de la Independencia devastó el país, y el Estado que surgió tras ella tuvo que hacer frente a la reconstrucción, a las guerras de independencia americanas y a la pérdida del imperio. Casi sin solución de continuidad, a las guerras carlistas. Los apuros de la hacienda para hacer frente al déficit crónico fueron graves y permanentes y la dependencia de la deuda, que se negociaba en París y Londres, total. Dos ministros de hacienda, Mendizábal (1836) y Madoz (1854), recurrieron a la nacionalización de los bienes de la Iglesia y de los municipios, respectivamente, como recurso para sanear el déficit con su venta (aparte otros fines modernizadores, como la conversión de la propiedad feudal en propiedad capitalista). La instalación del ferrocarril durante la era isabelina fue la gran obra de infraestructura absolutamente necesaria, pero para financiarlo hubo que recurrir a capitales extranjeros. La especulación que desató condujo al final del proceso a un crack financiero que trajo una nueva quiebra (1866). La inmediata consecuencia política fue la caída de la monarquía isabelina en medio de un proceso revolucionario que duró casi diez años. Como curiosidad, de esa crisis nació la peseta (1868) que estuvo vigente hasta 1.999 en que se convirtió en fracción del Euro para desaparecer físicamente dos años después.

Ya durante el franquismo se produjo otra suspensión de pagos, la última, al negarse el dictador a hacer frente a la deuda republicana.

Un total de once suspensiones de pagos totales o parciales en un periodo de quinientos años, que si se distribuyeran a lo largo del tiempo hasta hoy arrojaría la media de una cada 50 años aproximadamente; si bien la mayoría (ocho) se concentran en los dos primeros siglos. Las cifras record que ha alcanzado la deuda en los años de la última crisis (100% del PIB desde 2016, aunque sin el peligro de quiebra o rescate de cinco o seis años atrás) nos permiten traer a colación que España fue el país donde nació la deuda soberana y también el primero que declaró una quiebra. Otro record de dudoso honor que pone de manifiesto problemas estructurales que se han alargado durante siglos, apenas mitigados en el presente.

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La yihad, una guerra de religión

Los monoteísmos han mostrado siempre una actitud manipuladora que desembocó muchas veces en agresividad y violencia hasta llegar a la guerra abierta: guerras de religión. El solar europeo ha sido protagonista y víctima de ellas repetidamente.

Quizás sea cierto lo que dicen algunos responsables políticos y tantos intelectuales a la violeta sobre que la religión, el islam, no es el móvil de los crímenes del yihadismo; pero, al menos, sí que es la coartada, y hasta es lícito preguntarse si no está ahí para serlo.

Estado islámico

No hay acción humana que tenga una sola motivación; la complejidad de la conciencia y de la sociedad, su estructura y su evolución, lo impiden. Pero no quitemos importancia al protagonismo que los propios ejecutores de las fechorías dan a los gestos religiosos. Sin ir más lejos, la bandera del Estado Islámico contiene exclusivamente sobre fondo negro (el color que cubre la Kaaba) la leyenda coránica, No hay más Dios que el Dios, y el sello, el círculo blanco, que según la tradición portaba Mahoma, Muhammad (Mahoma), mensajero de Dios. Muchos símbolos de algunos Estados occidentales contienen también leyendas o motes religiosos, pero es evidente que ya no están vivos; no en el sentido en que lo está éste, son sólo testigos de la historia.

Las cruzadas medievales en Tierra Santa, el genocidio de los cátaros, las guerras de religión de los siglos XVI y XVII pudieron tener profundas causas económicas, amén de políticas, hegemónicas, etc. pero fueron guerras de religión por los detonantes, la morfología y muchas de sus consecuencias. También por las justificaciones que elaboraron los contendientes y, por supuesto, porque así las vieron los contemporáneos, que se sentían impelidos por un mandato divino y se apoyaban en pasajes más o menos ambiguos de las Escrituras.

La yihad, que muchos musulmanes entienden como lucha armada y que incluye el terrorismo, es un mandato coránico. Tiene una incuestionable raíz religiosa por mucho que otros musulmanes lo contextualicen al tiempo que resaltan los mensajes de paz y amor que abundan en el texto sagrado, como en el de cualquier credo religioso. Las dos actitudes son lícitas desde un punto de vista religioso porque las palabras están ahí, y conviene no olvidar que en el islam el texto del Corán es exactamente la palabra de Dios (Corán significa recitación, que es lo que hacía Mahoma, recitar lo que recibía al dictado), no el resultado de una inspiración, que requiere el concurso de un escritor interpuesto, como se dice de las Escrituras cristianas.

Hacer la guerra o emprender la represión más cruel entreverada de mensajes de amor y paz es una contradicción recurrente, no sólo en el islam. Así ocurrió con la acción de instituciones como la Inquisición o con la política de monarcas (Felipe II) que se tuvieron por el brazo armado del Altísimo en la expansión de la fe y la persecución de herejes e infieles, todo ello legitimado con los textos de las Escrituras y los argumentos de piadosos y sabios consejeros.

La guerra santa no sólo se libra contra el infiel, en este caso intentando restaurar el Califato, que se supone dominó, en tiempos, del Indo a los Pirineos (manifiesta confusión del poderío político con la expansión máxima de la religión musulmana). Éste sería su frente externo, pero hay otro interno: la lucha congénita entre sunníes y chiíes, nacida del envenenado conflicto por la sucesión de Mahoma. Al menos tres de los cuatro primeros califas, que los musulmanes llaman perfectos o justos, fueron asesinados, lo que, unido a la actitud guerrera del propio profeta, imprimió desde sus inicios un gen de violencia en el ADN del Islam: no existe, según creo, ninguna otra religión que alardee de que su expansión se hiciera por la fuerza de las armas. El lugar común es que el cristianismo lo hizo por el proselitismo, el judaísmo por la diáspora, el islam por la conquista. No importa que los tres relatos sean mendaces, lo importante es que sus fieles los crean.

En el mundo de hoy los musulmanes del Oriente Medio y norte de África han quedado en la periferia del sistema, el capitalismo global, después de la humillante experiencia colonial, lo que implica frustración, resentimiento, agitación y rebeldía. La religión les proporciona un sentimiento de fraternidad, de identidad, que difícilmente les facilitan sus Estados de origen, casi siempre naciones artificiales surgidas por descarados intereses occidentales de las ruinas del imperio turco; es también la ideología que los impulsa y da cohesión, y hasta les proporciona los protocolos de lucha que, en tiempos mejores, les permitieron dominar medio mundo, según el relato, en buena medida falaz, de su historiografía. Cuentan además con ideólogos como el filósofo y teólogo Sayyid Qutb, que inspiro a los Hermanos Musulmanes y cuyo pensamiento fue el cimiento ideológico de al-Qaeda y hoy del Estado Islámico. En su obra monumental A la sombra del Corán presenta una visión paranoica apocalíptica del mundo moderno en el que ve una conspiración para acabar con el islam por el procedimiento de separar Estado y religión. Provendría tal empeño, según sus tesis, de sucesivos errores del mundo antiguo, del judaísmo y el cristianismo, al separar vida espiritual y material, que el islam cortó. En la modernidad se habrían reproducido con el desarrollo científico, tomado, para colmo, de la cultura islámica medieval, pero que se habría corrompido al separarse de Dios. Un ejemplo transparente de la interpretación maniquea y sectaria de la historia, tan común en los ámbitos de los tres monoteísmos.

Por eso es la religión lo que aparece en primer plano. Por eso es una guerra de religión, o así lo ven ellos, aunque en el fondo latan otros problemas.

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Martín Fernández Enciso, héroe y villano

Dediqué tiempo atrás un artículo a Kepler destacando la racionalidad de su esfuerzo investigador, pero lo que no dije entonces, por falta de espacio y porque para el caso era irrelevante, es que obtenía buenos ingresos, lo que no conseguía con la práctica científica, de la elaboración de cartas astrales, y que su madre fue acusada de brujería y escapó de la hoguera gracias a los contactos de su hijo. Los hombres no somos monolíticos; el héroe se nos convierte en villano sólo con que cambiemos de punto de observación.

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Portada de Suma de Geographía. Sevilla, 1519

Martín Fernández de Enciso era natural de Sevilla y había cursado estudios de latín, filosofía y leyes, por lo que es uno de los conquistadores de América ilustrados. Participó en acciones junto con Ojeda, Balboa, Pizarro y otros en la zona del Istmo y en la actual Colombia (Nueva Granada y Castilla del Oro), fundó Sta. María de la Antigua del Darién, primera ciudad europea de tierra firme (?), aunque sus operaciones y práctica como conquistador no tienen el relumbrón de los citados. Antes había ejercido como abogado en La Española (Sto. Domingo). En 1519 publicó en Sevilla, en la imprenta de Jacobo Cromberger, una obra titulada Suma de Geographia, que es la primera que contiene una descripción del continente americano, su principal mérito. La obra, como dice en la extensión del título, «…trata de todas las partidas y provincias del mundo: en especial de las Indias e trata largamente del arte de marear juntamente con la esfera en romance, como regimiento del sol e del norte nuevamente hecha». Así pues, es también un tratado de navegación que incluye los conocimientos y técnicas más avanzados de la época ‒prácticas de navegación de Andrés Pires o teoría meteorológica de Pierre D’Ailly‒, junto con la toma en consideración de todas las autoridades sobre los temas en cuestión: «…los dos Tholomeos, Erastostenes, Plinio, Starbón, Iosepho, Anselmo, la Biblia, la General Historia y otros muchos e la experiencia de nuestros tiempos que es la madre de todas las cosas».

Estaba previsto que la obra fuese acompañada de un mapamundi; sin embargo, nunca se incluyó, posiblemente por razones políticas dada la continua tensión entre Castilla y Portugal por cuestión de límites en el reparto de sus zonas de soberanía. El mapa estaba concebido en cuatro cuadrantes delimitados por el Ecuador y el meridiano de la isla del Hierro: «se podría y debrian fazer las cartas en figuras de cuadrantes para conformarse con el cuerpo esférico que es redondo» Una innovación cartográfica que hubiera excluido un trazado de paralelos con líneas equidistantes, como es habitual.

Martín Fernández de Enciso forma parte de la pléyade de cartógrafos eminentes con que contaron los reinos peninsulares en aquellos tiempos, a la vez causa y consecuencia de los grandes descubrimientos y viajes de exploración de los que fueron protagonistas: los hicieron posibles aportando medios técnicos imprescindibles y se desarrollaron ampliamente con ellos.

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En los comienzos de la conquista de América se sintió la necesidad de justificar la legitimidad de la acción contra los indios, lo que produjo una polémica entre juristas y teólogos que acabó alumbrando el famoso Requerimiento que elaboró el jurista Palacio Rubios y al que parece que  Martín contribuyó a dar forma definiva. Se trataba de dar a conocer a los indígenas los títulos del soberano español sobre el continente, para que si a partir de ese momento ofrecían resistencia pudieran ser tratados como rebeldes.

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Atahualpa en Cajamarca

El documento explicaba con asombrosa economía de palabras como Dios había creado al mundo y al hombre y como por los pecados de éste había enviado a Cristo para redimirlos, el cual, antes de ser sacrificado fundó su iglesia nombrando a Pedro como su vicario. Un sucesor de este, el papa Alejandro, había otorgado al Rey de Castilla la posesión de las Indias con sus habitantes por lo que éste era el señor de todos ellos y le debían sumisión y pleitesía y si así no lo hacían serían esclavizados y muertos. El texto leído en castellano, a veces traducido por algún indio que había aprendido algo de español, producía la perplejidad de los indios ante situación tan incomprensible como grotesca, lo que justificaba las más de las veces la actuación brutal de los españoles. Cuando Pizarro mandó leer el Requerimiento a Atahualpa en su primera entrevista en Cajamarca, el Inca preguntó: «¿Quién dice eso?» A lo que el fraile al que se había encargado hacerlo respondió alargándole un breviario: «Aquí lo dice». Atahualpa lo cogió, lo examinó y, como no encontrara sentido a objeto tan exótico para él, lo arrojó. Esa fue la señal para que los españoles cargaran contra los indios desarmados provocando una de las más sangrientas matanzas de la conquista.

En la Suma de Geographía Enciso narra otro suceso curioso sobre la lectura del Requerimiento que él mismo protagonizó: «…y respondieronme: […] que en lo que decia que el papa era señor de todo el universo en lugar de Dios y que el avia fecho merced de aquella tierra al rey de Castilla, dijeron que el papa debiera de estar borracho cuando lo hizo, pues daba lo que no era suyo, y que el rey que pedia y tomaba tal merced debia de ser algun loco pues pedia lo que era de otros, y que fuese allá a tomarla que ellos le pornian la cabeza en un palo como tenian otras que me mostraron de enemigos suyos…». Ni que decir tiene que esto fue de nuevo utilizado como justificación de los excesos y desmanes que siguieron y que hoy no dudaríamos en calificarlos de genocidio.

La sinrazón de la masacre inhumana, justificada con argumentos teológicos que permitieran la explotación de un territorio virgen y sus gentes, conviviendo en las mismas personas con la inquietud científica, producto exquisito de la vida racional. No estamos hoy exentos de contradicciones similares, ni mucho menos, pero sucede que el tiempo ha actuado de marcador en perjuicio de los antiguos.

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El hombre, el Estado y las hormigas

estela hammurabi

Sacralización del Estado: el dios Samash entrega el código a Hammurabi. S. XVIII a C:

Todo avanza hacia la complejidad: desde la simplicidad de la partícula inicial y la homogeneidad del Universo momentos después del Big Bang, hasta el abigarramiento de los millones de galaxias y el barroquismo de su composición; desde los primeros seres unicelulares a los de millones y millones de células especializadas y coordinadas, que pueden además agruparse cooperando en sociedades complejas, como las hormigas o los humanos.

Un punto de inflexión en la historia de la humanidad es el momento en que comienzan a apuntar las primeras formas del Estado, hace unos 5.000 años en los humedales de Mesopotamia y en las riberas del Nilo, algo menos en el Indo o el Hoan-ho, después (1.000 a. C.) en América central. En todas partes significó lo mismo: el fin de la igualdad que había caracterizado a los cazadores recolectores del Paleolítico y a los primeros agricultores.

«Entonces aparecieron en la Tierra los reyes, los dictadores, los sumos sacerdotes, los emperadores, los jefes de gobierno, los presidentes, los gobernadores, los alcaldes, los generales, los almirantes, los jefes de policía, los jueces, los abogados y los carceleros, así como las cárceles, las mazmorras, las penitenciarías y los campos de concentración. Bajo la tutela del Estado los hombres aprendieron a hacer reverencias, a humillarse, a arrodillarse, a rendir pleitesía. En muchos aspectos el ascenso del Estado fue el descenso de la libertad a la esclavitud.» (1)

El marxismo explicó el Estado como un mecanismo de explotación utilizado por una minoría, con fórmulas diferentes según determinaba la situación de la tecnología y las relaciones sociales que ésta imponía. Desde el punto de vista de un naturalista, acostumbrado a ver cómo en la naturaleza se forman simbiosis y relaciones de explotación, parasitismo, aquí no hay nada nuevo. Algunos individuos han dejado de relacionarse con el medio natural para obtener recursos y han pasado a conseguirlos de la sociedad, que se ha convertido en su nicho ecológico. Naturalmente requieren de la coerción para mantener su posición, pasando del dominio de las cosas al dominio de las personas. A esta situación se llega mediante un proceso lineal, vertical, de avance hacia la complejidad que partió de grupos parentales de menos de una decena de individuos, pasando por la horda y después la tribu, hasta llegar al Estado.

Hay otra explicación para su origen que podemos llamar horizontal: el crecimiento demográfico conduce a sociedades hacinadas en las que la complejidad de las relaciones aconsejan la especialización y la creación de instrumentos estatales. En el mundo animal fenómenos parecidos producen la vida en manadas, sociedades simples, o en otras complejas como la colmena o el hormiguero.

Las hormigas alcanzaron esta complejidad tras millones de años de evolución genética, los humanos hemos necesitado sólo unos cuantos miles porque la evolución ha sido cultural, pero el resultado fue semejante: la especialización y la cooperación en pro de la eficiencia a cambio de la pérdida de igualdad y autonomía; en ambos casos el proceso es irreversible.

«[las hormigas] se parecen tanto a los humanos que se nos suben los colores. Cultivan hongos, apacientan “rebaños” de pulgones, movilizan ejércitos para hacer la guerra, utilizan armas químicas para asustar y confundir al enemigo, capturan esclavos. Las familias de hormigas tejedoras se dedican a trabajos menores y sujetan las larvas como si fueran lanzaderas para tirar de los hilos que cosen las hojas para los huertos de hongos. Intercambian información sin cesar. Lo hacen todo menos ver la televisión.» (2)

No tengo la menor idea de cuál será el futuro de las hormigas, pero abrigo la esperanza de que, sin desandar lo avanzado (imposible e indeseable pese a la opinión de los que se incomodan por caminar hacia delante), los humanos seamos capaces (tengo pistas fiables) de transformar las estructuras estatales en mecanismos que potencien, enriqueciéndolas, la libertad y la igualdad. (3)

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1. Marvin Harris: Caníbales y reyes: los orígenes de las culturas.

2. Lewis Thomas: Societies as Organism

3. Parte de lo aquí expuesto procede por inspiración o simple traslación (las citas) de Mapas del tiempo de David Christian, el mejor libro de historia que conozco.

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Cien años después

Marzo 1917 en S. Petesburgo

San Petesburgo, marzo 1917

Ha transcurrido un siglo desde el comienzo de la revolución rusa y los poderes actuales del gigantesco país han renunciado a conmemorarla, prefieren considerarla una gran tragedia nacional y rebajar su impacto con el silencio, del que son cómplices gustosos la mayoría de los ciudadanos. En realidad coexisten en el alma del pueblo ruso de este 2017 emociones encontradas que se sintetizan en una reflexión que se atribuye a Putin: añorar el comunismo es no tener cerebro, pero no lamentar la desaparición de la URSS es no tener corazón. Expresión que se complace en los sentimientos nacionalistas y desprecia el objetivo básico de la revolución que era la liberación de los desposeídos con desprecio de fronteras, estados o naciones. Nada confirma mejor su fracaso.

Tuvo la revolución dos momentos clave: febrero y octubre de 1917. En febrero se abrió la vía hacía un régimen liberal y democrático, primero con el gobierno del príncipe Lvov y después con el socialdemócrata Kerenski. Octubre fue el momento de los bolcheviques, que, después de haber conseguido la hegemonía en los soviets (asambleas ciudadanas) que mantenían a las masas de las grandes ciudades en alerta revolucionaria, dieron el golpe que les hizo dueños del poder (asalto al Palacio de Invierno).

La debilidad de la burguesía local y el hartazgo de una guerra que sembraba el caos en todo el país, pero de la que los gobiernos provisionales no quisieron desengancharse por no perder a los aliados occidentales, condujo al triunfo del radicalismo bolchevique y a que, ya en marzo, se frustrara la posibilidad liberal. Había habido un breve precedente de régimen proletario en Francia durante la revolución de la Comuna (marzo, 1871), para el que Marx advirtió en sus inicios de que no se daban las condiciones para el triunfo (faltaba un partido proletario homogéneo y fuerte, y sobraban proudhonianos, blanquistas y anarquistas en la sección parisina de la Internacional). Después del desenlace trágico se ratificó en el diagnóstico, añadiendo la necesidad de haber desmantelado por completo los aparatos del Estado burgués y llevado las acciones revolucionarias a sus últimas consecuencias; sólo un fuerte partido obrero teóricamente preparado lo hubiera podido hacer. Toda una teoría de la dictadura del proletariado y de rechazo a la espontaneidad revolucionaria. En la Rusia de 1917 sí se daba la existencia de ese partido: era la fracción bolchevique (mayoritaria) del POSDR (Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia).

Quizás la evolución de Europa en la postguerra junto a la segunda conflagración mundial y las habilidades de Stalin para personalizar el poder condujeran inexorablemente a la burocratización y ritualización de la revolución, situación prolongada en un estéril proceso de huida hacia adelante que acabó en el 91 con una sorprendente implosión y marcha atrás. Los esfuerzos económicos de la guerra, la reconstrucción, la industrialización, la Guerra Fría y la carrera espacial, fueron para el capitalismo elementos de desarrollo y crecimiento, de oportunidades para una clase empresarial ávida de beneficios; pero, seguramente, para un régimen de mercado centralizado, dirigido por una masa funcionarial dependiente de instancias políticas, que registra rendimientos decrecientes conforme la revolución se aleja en el tiempo, fueran una carga acumulativa absolutamente insoportable. Lo cierto es que 69 años después de su fundación, 74 de la revolución, la URSS expiró sumida en el caos económico y político incapaz de seguir conviviendo y compitiendo con el mundo capitalista. Lo peor es que las sociedades que dejaron atrás en todos los países del Este resultaron estar muy lejos de los estándares de bienestar de las de Occidente. El ejemplo de las dos Alemanias es sintomático.

El impacto de la revolución fue inmenso en el Mundo, en Europa en particular, a lo largo del siglo XX; por lo mismo, el vacío que ha generado su fracaso todavía se percibe con fuerza. De hecho su mayor logro fue la reacción del capitalismo que por un reflejo de supervivencia acepto reformas y se implicó en la creación del Estado del bienestar, protagonizado por la socialdemocracia en un intento, en buena parte exitoso, de superar la lucha de clases que amenazaba su existencia misma. Este fenómeno y la evolución tecnológica (sobre la que Marx, después de la frustración de la Comuna, empezó a fijar su atención como protagonista del cambio) han difuminado los límites de las clases que definiera la revolución industrial. Todo ello anuncia un nuevo mundo pero también un notable desconcierto sobre el valor de la izquierda y la revolución como método de avance. Incluso sobre qué significa avanzar, sobre el sentido del progreso que tan claro tuvieron las generaciones precedentes.

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