La democracia ateniense

pericles

Pericles por Cresilas

A propósito de los movimientos populistas y la reclamación de una “democracia real”, o directa, se ha aludido con frecuencia a la democracia griega, como un ejemplo a imitar. Quiero desmontar el mito de una democracia ateniense perfecta, o casi, y mostrar como los sistemas políticos no son exportables de una a otra época histórica porque son siempre el producto de una formación social concreta absolutamente irrepetible.

En el siglo V a.n.e. la civilización griega era esclavista, lo que significa que el común de los trabajadores, la mano de obra, no era jurídicamente libre. Se obtenía en el mercado, donde se compraba a las personas mismas, no a su fuerza de trabajo, en la guerra, o por la reproducción (el hijo del esclavo también lo era); incluso los hombres libres podían dejar de serlo por deudas. No poseer esclavos equivalía a estar en la miseria y, por tanto, muy cerca de la esclavitud. Las mujeres eran una población sometida y explotada, de hecho esclavizada también. Como hijas o esposas, vivían aparte de los hombres, recluidas en la casa, dedicadas a las tareas domésticas y al cuidado de los hijos, cuya tutela perdían si eran varones a partir de los siete años; carecían de formación, salvo algunas de vida licenciosa que acudían a las reuniones masculinas. Había una población numerosa que procedía de otras ciudades, dedicada al comercio y la industria, pero que, aunque residiesen allí de generaciones atrás, sólo adquirían la condición de ciudadanos si se les concedía como gracia especial e individual. El hecho es que los ciudadanos, hombres libres con plenitud de derechos, no superaban el 10% de la población, para Atenas y su región unos 30.000 individuos: el demos.

Antes del S. V el poder político residía en una aristocracia terrateniente, individuos suficientemente ricos que se podían permitír acudir a la guerra a caballo y con el equipo y ayuda precisa. Como la guerra era permanente, las campañas empezaban cada año con el buen tiempo, y decisiva para la libertad y prosperidad de la polis (obtención de esclavos y botín), la influencia política de los que decidían en la batalla era también concluyente. Sin embargo el aumento del comercio por la difusión de la moneda y otros factores sociales y económicos, hicieron crecer a las clases medias, que militaban en la infantería pesada (hoplitas) porque podían costearse lanza, coraza, escudo, casco y grebas, amén de algún esclavo y bestia de carga para transportarlos; los cambios en la técnica militar y el armamento así como su crecimiento numérico acabaron haciéndolos decisivos en el combate, a la vez que reducían la importancia de la caballería, lo que cambió la relación de fuerzas en la política. La consecuencia fue que, por todas partes, dictaduras populistas se hicieron con el poder desbancando a las aristocracias; sin embargo, no fueron estos sino una transición hacia un régimen en el que el demos ejerció el poder directamente: democracia.

Los varones griegos, liberados del trabajo productivo por los esclavos y del doméstico por las mujeres dedicaban su tiempo al gimnasio, a escuchar a los filósofos y oradores en los espacios públicos, a las tareas políticas de las asambleas,  tribunales y magistraturas (en plena democracia se llegó a pagar incluso la asistencia a las asambleas) y las tareas militares en los momentos precisos. La remuneración de la función política se generalizó cuando una multitud de pequeños campesinos se instalaron dentro de las murallas huyendo de los saqueos de la guerra, lo que radicalizó los modos democráticos. Con todo, el lugar donde se reunía la asamblea tenía un aforo de 6000 plazas, que quedaban vacantes en buen número, hasta que se pagó la asistencia y entonces hubo que impedir el acceso a los retrasados. Esto plantea la cuestión de cómo se financiaba el sistema.

Los recursos procedían de las minas de plata de Laurion, trabajadas en infames condiciones por miles de esclavos, proporcionados por contratistas particulares; de las aportaciones de las polis aliadas de la Liga de Delos, alianza al principio voluntaria contra la amenaza persa, pero después instrumento del imperialismo ateniense (cuando la pequeña ciudad de Melos quiso abandonarla, sus habitantes varones fueron pasados a cuchillo y las mujeres esclavizadas); por último, del trabajo esclavo.

Por toda Grecia hubo ensayos democráticos pero donde cuajó fue únicamente en Atenas y hay que decir que en su forma más pura no duró más de 40 años y que, al fin, fue liquidada por los excesos populistas de la asamblea, baqueteada a su vez por la demagogia de algunos políticos; porque, eso sí, aunque la democracia era directa (en la asamblea se decidía lo más importante y todos podían desempeñar cargos que se elegían por sorteo) la clase política no desapareció y algunos tuvieron notable poder: Pericles, Nicias o Alcibiades, de las clases altas, o Cleón de las populares.

Pensar que hay una democracia perfecta a la que nuestro sistema debería adaptarse como un guante es un idealismo de corte platónico, pero nada tiene que ver con lo que nos revela el estudio de la historia cuando la liberamos de la telaraña de los mitos.

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Un nuevo Cortés

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Cortés, Moztezuma y Dª Marina (La Malinche)

Ha llamado la atención la revisión que el arqueólogo y antropólogo francés Christian Duverger ha hecho de la figura y el papel que jugó Hernán Cortés en la conquista e incorporación del Nuevo Mundo a Occidente, en trabajos que el investigador lleva años realizando. Lo que les ha dado carácter de actualidad y el acceso a la prensa diaria es su obra más reciente Crónica de la Eternidad (Ed. Taurus, 2012) [primeras páginas en este enlace], en la que expone la tesis de que la Verdadera historia de la conquista de Nueva España[i], una cumbre de la historiografía de la conquista, y aún de la literatura del XVI, no fue redactada por su supuesto autor, Bernal Díaz del Castillo, sino por el propio Cortés. Una cuestión de bulto que sorprende que no se haya planteado antes, a la vista de los datos que Duverger resalta en una estructura argumentativa llena de sentido común

No se resolverá la duda creada, por el momento, pero sí que atraerá el foco de la investigación durante mucho tiempo. Llama la atención que sea de nuevo un investigador extranjero el que husmea en el pasado de los españoles para poner en solfa lugares comunes que no han sido removidos por la historiografía nacional durante siglos. A pesar de que nuestra nómina de historiadores es amplia y de calidad hay que reconocer que probablemente ningún otro gran país de nuestro continente se ha beneficiado tanto del interés de investigadores foráneos (hispanistas), hasta el punto de que es difícil encontrar un aspecto de nuestra historia en que no haya sido decisiva la intervención de alguno o algunos de ellos. No es cuestión de lamentarse, pero sí de preguntarse si acaso la investigación propia, como en otras ramas del saber, es o no deficitaria.

La aportación de Duverger no se limita a la autoría de la Verdadera Historia…, sino que introduce nuevos parámetros para valorar la figura del conquistador, personaje relevante en el XVI español y absolutamente decisivo para el devenir de México y, en general, de América desde esas tempranas fechas.

El comportamiento brutalmente depredador de los primeros castellanos asentados en el Caribe, sin otro pensamiento en la cabeza que un rápido enriquecimiento (la preocupación cristianizadora o la de dar nuevas tierras a la Corona eran, obviamente, pretextos para acallar conciencias y obtener beneplácitos), produjo un velocísimo despoblamiento de la región; dicho de manera más cruda pero más exacta, el genocidio irreversible de la población caribeña. Ninguno de aquellos primeros europeos en el Nuevo Mundo supo elevarse sobre tan mezquinos objetivos; ninguno construyó en su mente un proyecto ética o políticamente digno, salvo algún eclesiástico y, quizás, si hemos de seguir a Duverger, Hernán Cortés. Otro libro excelente que eleva al conquistador de México por sobre el común de los conquistadores por sus capacidades y cualidades humanistas es La conquista de América. El problema del otro. de Tzvetan Todorov, obra sorprendente que merece una reseña aparte.

Ciertamente los castellanos se vieron pronto afectados por la disminución de la población, de la que eran únicos responsables, aparte imponderables epidemiológicos que escapaban a su control. Todos acudieron al Nuevo Mundo dispuestos a afrontar los “trabajos” (esfuerzos, sacrificios) necesarios que les proporcionaran fama y fortuna; pero, ninguno tenía la intención de conseguirlo trabajando (en el moderno sentido del término), que era actividad vil, impropia de la nobleza de vida a la que aspiraban. Así pues, necesitaban a la población indígena, que ellos mismos diezmaban, como mano de obra imprescindible. Es el principal motivo que permitió a partir de entonces la conservación de la población en el continente (allí donde ya era tarde comenzó la importación de esclavos africanos).

Algunos trascendieron esa concepción utilitarista. Hernán Cortés, según deduce Duverger (incluso de su vida familiar) concibió la idea de una nación mestiza en su México recién conquistado, enfrentando incluso los intereses de la corona, con la que, por otra parte, mantuvo más conflictos que entendimiento.

Merece la pena la revisión de la figura de este conquistador singular y contradictorio, tanto para la historia de España, necesitada de un alivio por el genocidio americano, como para la de México, tan inclinado hoy al indigenismo y el mestizaje como esencia nacional.


[i] Se puede acceder al texto completo de esta obra en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

 

(Publicado en Punto de vista el 27/02/13)

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Palestina: tres tetimonios y un mapa

Entre la multitud de textos y otros testimonios que podemos hallar, demostrativos de la injusticia histórica que se ha cometido y se sigue cometiendo con el pueblo palestino, he seleccionado tres cuya relevancia me parece indiscutible. El primero, del más alto responsable británico  en la zona ‒el Reino Unido administró el territorio de 1917 a 1948‒, advirtiendo del expolio de las tierras por el procedimiento de que las asociaciones judías internacionales las compraran a los terratenientes absentistas para expulsar después a los cultivadores palestinos. El segundo, unas palabras de Mahatma Ghandi, observador imparcial y sensible a las injusticias del dominio colonial, escritas poco después de comenzada la primera revuelta árabe; por eso dice: «Desearía que hubieran escogido el camino de la no-violencia». El tercero es una esclarecedora intervención de Ben Gurión –padre del Estado de Israel–ante sus correligionarios, expresándose con la cruda sinceridad que le caracterizaba y constituyéndose en auténtica conciencia de su pueblo.

 

1) Las tierras que ocuparon los judíos ni estaban desocupadas ni eran baldías.

“El alto comisionado británico para Palestina, John Chancellor, reinició la suspensión total de la inmigración y de la compra de tierras por parte de judíos para proteger a la agricultura árabe. Dijo que ‘toda la tierra cultivable está ocupada; que ninguna tierra cultivable en posesión actual de la población indígena, puede ser vendida a los judíos sin crear una clase de agricultores árabes sin tierra’… La Oficina Colonial rechazó la recomendación”. John QuigleyPalestina e Israel: Un Desafío a la Justicia.

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2) Ghandi habla sobre el Conflicto Palestino en 1938

“Palestina pertenece a los árabes de la misma manera que Inglaterra pertenece a los ingleses o Francia a los franceses… Lo que está sucediendo en Palestina en la actualidad no puede ser justificado por ningún código moral de ninguna especie. Si ellos tienen que considerar a la Palestina geográfica como su hogar nacional, es incorrecto que entren al país bajo la sombra de los fusiles británicos. Un acto religioso no puede ser realizado con la ayuda de bayonetas o de bombas. Pueden asentarse en Palestina sólo a través de la buena voluntad de los árabes. En la situación actual, son los copartícipes de los británicos en el despojo de un pueblo que no les ha hecho ningún mal. No estoy defendiendo los excesos árabes. Desearía que hubieran escogido el camino de la no-violencia en la resistencia contra lo que consideran –con justicia- como una invasión inaceptable de su país. Pero, según los cánones aceptados de lo que es justo o injusto, no se puede decir nada contra la resistencia árabe frente a desventajas abrumadoras”. Mahatma Ghandi, citado en Un país para dos pueblos, ed. Mendes-Flohr.

 

3) Ben Gurión se expresa sin ambages sobre el significado de la ocupación.

“En 1936-9 los árabes palestinos realizaron un levantamiento nacionalista… David Ben-Gurión, eminentemente realista, reconoció su naturaleza. En la discusión interna, indicó que «en nuestra argumentación política en el exterior, minimizamos la oposición árabe contra nosotros», pero exhortó a que, «no ignoremos la verdad entre nosotros mismos». La verdad era que «políticamente somos los agresores y ellos se defienden… El país es suyo, porque ellos lo habitan, mientras que nosotros queremos venir aquí e implantarnos, y desde su punto de vista nosotros queremos arrebatarles su país, mientras aún estamos en el exterior…» La sublevación fue aplastada por los británicos, con considerable brutalidad”. Noam ChomskyEl triángulo fatídico.

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4) El mapa.

palestina

Después del año 2000 algunos asentamientos judíos en territorio palestino han sido abandonados, como los que se ven en Gaza en el último mapa.

Más mapas de Palestina aquí.

(publicado en Punto de vista el 28/01/09)

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Jesús ¿mensajero de paz o líder nacionalista?

XIR168722Acabamos de pasar la Navidad que por celebrar el nacimiento  de Jesús se ha convertido en una fiesta de exaltación de los valores del hogar y de la familia, aunque de adulto exigiera a sus seguidores abandonarla (Lc. 9, 51-62). Se asocia también con ella la reivindicación de la paz, que se supone trae a la Tierra el recién nacido; el villancico más universal empieza con el verso Noche de paz, noche de amor. Pero ¿realmente fue Jesús un mensajero de paz?

Ya en el siglo XVIII aparecen las primeras dudas al respecto cuando se empieza a imponer un acercamiento historicista al protagonista del Nuevo Testamento que sustituye a la lectura tradicional, exclusivamente confesional; como es sabido, la Ilustración fue un revulsivo crítico y racionalista en todas direcciones. En los dos siglos siguientes la nómina de los historiadores que se acercan al tema con instrumentos científicos ha crecido, a Dios gracias, y la imagen del galileo como un líder exclusivamente espiritual que predica la paz y el amor entre los hombres se aleja de la historicidad probable.

Sobre el Antiguo Testamento no hay dudas, la violencia ejercida en beneficio de Israel es omnipresente, sin piedad y ni siquiera se detiene  ante el genocidio. Baste como ejemplo un conocido pasaje de la supuesta ocupación de Canaán, uno entre toda una serie de estas características. Jehová se dirige a Saúl: «Ve, pues, y hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene, y no te apiades de él; mata a hombres, mujeres, niños, y aun los de pecho, vacas, ovejas, camellos y asnos». Samuel 15, 2-3. No se comprende que un mandato así saliera de un dios que se pretende universal, para toda la humanidad y todos los tiempos. Sólo desde fuera de la fe el texto puede ser comprensible si se analizan las circunstancias que rodearon su redacción y los intereses políticos del momento.

Aunque los cristianos no pueden desligar el Viejo del Nuevo Testamento porque Jesús, según la ortodoxia trinitaria, es sólo una persona del dios único, el mismo de los judíos, únicamente me ocuparé de los evangelios, que es de donde ha surgido la idea del mensaje de paz.

El derecho romano contemplaba una pena de muerte agravada, mors aggravata, cuya modalidad más común era la crucifixión, para delitos de sedición o rebeldía contra el Estado (laesa maiestas populi romani). Que Jesús sufriera ese suplicio es indicativo del delito por el que se le juzgó. De ser cierta y haber prosperado la acusación de blasfemia, con la que se le inculpó ante los sacerdotes, según los evangelistas, no habría pasado a la jurisdicción romana porque no era ciudadano y habría sido ejecutado, de habérsele encontrado reo de muerte, por lapidación, que era la norma judía. La burla de los soldados ( Mc. 15, 16-20; 15; Jn 19,1-5) con el manto de púrpura, el cetro de caña, la corona de espinas y la cartela que se clavó en la cruz demuestran que los romanos lo consideraban un nacionalista sedicioso que había pretendido proclamarse rey. Al fin y al cabo en los evangelios se le declara reiteradamente hijo de David (Lc. 1, 30; Mt 21,9; Lc 19,38), el monarca referente del nacionalismo judío, y restaurador de su reino, evento que se anuncia inminente con no menos reiteración.

Existen varios pasajes de los que se deduce que sus seguidores iban armados (Lc. 22.38, 22.49; Mc 14,47), y alguno en que él mismo ordena que se armen (Lc. 22,35-36). Hay violencia verbal en algunos dichos de Jesús (Mt. 10,34; Lc 12,49) y en algunas acciones, como en la expulsión de los mercaderes del Templo, controvertido suceso (no es creíble que la guardia del templo no actuara contra un hombre solo armado con un látigo) en el que el relato evangélico (Jn. 2,15 ) parece suavizar una acción colectiva y planificada de antemano para quizás, aprovechando la Pascua, incitar una revuelta contra la casta sacerdotal que abiertamente contemporizaba con Roma. En las actividades en Jerusalén resultan obvias algunas conexiones clandestinas, el uso de contraseñas y, en general, marcado secretismo (Mc. 11.1-6, 11; 14,12-16) que sólo se justificarían por una actividad conspiratoria. Por último la tensión que los Evangelios revelan entre Jesús y Herodes, personaje que sólo ostentaba poder civil y militar por merced de Roma (Lc. 13,31; Mc 6,14-16), así como el matiz señaladamente nacionalista de algunas manifestaciones de aquel (Mc. 7, 26-27; 10, 5; 15, 24 y 18,17) muestran intereses políticos y terrenales evidentes para cuya consecución se contempla la violencia.

Sin embargo, parece que hay una voluntad clara por no hacer explícito este lado del mensaje, que sólo se nos revela al aplicar al texto instrumentos críticos. Hay razones que lo explican. La primera es la evolución que sufrió el cristianismo con Pablo de Tarso, despreocupado por la biografía humana de Jesús y creador de la figura del Cristo celestial, como hijo de Dios. Esta versión encajaba en el ambiente helenista, por el que desarrolló su actividad proselitista, y acabó siendo hegemónica después de que la comunidad de Jerusalén quedara diezmada tras la Guerra Judía. La mayor parte del Nuevo Testamento fue redactado bajo la influencia de esta tendencia. El mensaje nacionalista judío de reconstrucción material del reino de Israel estaba fuera de lugar por lo que fue adoptando una interpretación espiritualista.

La segunda razón es que el cristianismo (ya paulino, no hay que olvidarlo) hubo de propagarse por el ámbito del Imperio Romano y su líder, Jesús, había sido condenado por sedicioso. Sus seguidores y propagandistas tuvieron que hilar muy fino para hacer soportable este hecho ante la repulsión ambiental, especialmente después de la Guerra Judía, convirtiéndolo en un mensajero de paz y de amor. Por supuesto, siglos de manipulación, selección y liquidación de documentos en el proceso de formación del canon pusieron la penúltima piedra sobre la dificultad propia del análisis de textos. La última, el lavado de cerebros durante casi dos milenios que nubla la vista a los analistas más honestos ante evidencias flagrantes. De hecho todos los textos citados han sido leídos y reproducidos millones de veces, pero basta una nueva luz para que adquieran otro significado.

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NOTA.- No he desplegado el texto de las numerosas citas evangélicas por no hacer demasiado premiosa la lectura y porque entiendo que es fácil para el lector hacerse con ellas.

Referencias:

Fernando Bermejo, “Jesus and the Antiroman Resistance”, publicado en la revista “Journal for the Study of the historical Jesus” 12 (2014) 1-105.

Antonio Piñero, “Jesús y la resistencia antirromana”, serie de postales en su blog, archivadas en la categoría Jesús histórico, en las que glosa el anterior artículo.

“La investigación moderna sobre Pablo de Tarso. Nuevas perspectivas” en Revista de Libros.

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El mito de Santiago

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Santiago matamoros

Según la Crónica Albeldense (881), en el 814 fue encontrada milagrosamente la tumba del apóstol Santiago en el lugar de Galicia denominado Compostela, de Campus stelae, o Campo de la estrella, por la señal que condujo al hallazgo (el servicio de las estrellas como señales de todo tipo a lo largo de la historia y en todos los credos y civilizaciones es impagable). Es ocioso detenerse en la discusión sobre la verosimilitud o falsedad de que el apóstol en persona o sus restos mortales viajaran alguna vez a Galicia. No existe el más mínimo dato histórico que lo avale y cualquier análisis desapasionado de la situación lo situaría en la categoría de sumamente improbable o imposible. Ningún historiador perdería el tiempo en la discusión. Sin embargo, tenemos ahí una tumba, que se presume es del santo (nada menos que de uno de los compañeros más señalados de Jesús), desde hace más de mil años y que, de muchas maneras, ha marcado la historia de España: creó el camino de peregrinación más concurrido de Europa, con todas sus implicaciones políticas, sociales, económicas, artísticas y religiosas; aportó un mito al proceso de la reconquista (leyenda fundacional de la nación española); y todavía hoy mueve gentes, dinero y políticos, como se ve con el renacimiento que ha tenido en los últimos tiempos, sus rendimientos económicos y su utilización por las jerarquías del Estado. Merece alguna reflexión.

Alfonso II, llamado el Casto (se cuenta que nunca tocó a su esposa Breda), reinó en Asturias entre el 791 y el 840. Tuvo dificultades para consolidar su mandato, tantas como su minúsculo reino montañés frente al poder de los emires cordobeses, que paulatinamente iban dejando atrás el caos del S. VIII y consolidaban un poder centralizado sobre la mayor parte de la Península. Frente a ellos, el rey asturiano optó por legitimarse en la herencia del desaparecido reino godo, estrategia que continuaron sus sucesores, especialmente Alfonso III bajo cuyo mandato se redactó la Crónica Albeldense (cargadas de ideología, estas crónicas eran mucho más un instrumento de propaganda que un testimonio histórico). La independencia política y militar de que gozaba el reino no se correspondía con su situación eclesiástica ya que de hecho, como toda la iglesia peninsular, seguía dependiendo de los arzobispos toledanos, a su vez bajo el poder político cordobés, con lo que Asturias no pasaba de ser una provincia eclesiástica más, que, para mayor humillación, dependía de unos prelados que reconocían la autoridad de los emires y que, por ello, eran proclives a ciertas interpretaciones anti trinitarias del dogma cristiano. En el clero asturiano debió haber fuertes deseos de independencia según se deduce de la lectura de textos como el Beato de Liébana que, curiosamente, unos años antes de la aparición de la tumba ya hablaba de Santiago asociándolo a España. El rey asturiano incluso convocó algunos concilios en Oviedo. Este afán se manifiesta nítidamente en acciones de desprestigio de la iglesia no asturiana como vemos en la Crónica de Alfonso III, donde se cuenta que en la batalla de Covadonga (722) los sarracenos venían acompañados por el arzobispo de Sevilla, Oppas, que intentó convencer a Pelayo de la conveniencia de la rendición. Así pues, de la misma manera que la Virgen había optado por el bando asturiano en aquella ocasión, ahora Dios permitía que se encontrara la tumba de su apóstol en territorio del reino. Nada impedía ya la ruptura con Toledo. El joven reino contaba con el sólido entramado ideológico de una iglesia homologada por la predilección divina, manifiesta en el hallazgo de la tumba y la legitimidad jurídica de la herencia goda.

Se ha especulado con la posibilidad de que la tumba contuviera no los restos del apóstol sino los del obispo Prisciliano, del siglo IV, ejecutado en Alemania (Tréveris) por herejía tras un turbio proceso. El caso es que su popularidad fue enorme y sus restos repatriados a Galicia por sus seguidores. Podrá discutirse sobre el contenido de la tumba que se desenterró, pero lo incuestionable es la oportunidad del hecho y los beneficios políticos que rentó.

Sin embargo, faltaban muchos años para que se convirtiera en lugar de peregrinación para toda la cristiandad. Un par de siglos después los monjes reformadores de Cluny habían emprendido por la Europa occidental la creación de una vasta red de monasterios exentos de cualquier tipo de vasallaje de los monarcas o nobles locales, en una impresionante manifestación de poder y riqueza. El Camino de Santiago, que ya apuntaba, fue uno de sus proyectos, quedando convertido en una ruta por la que, con millones de peregrinos, circuló riqueza, arte, saber, política e ideología, convirtiéndose en uno de los ejes de la cristiandad. Los monarcas franceses, navarros, castellanos y leoneses colaboraron con fundaciones, leyes y medidas de todo tipo, conscientes de su importancia.

El mito de Santiago se consolidó y ya en el siglo XIII se había convertido en patrón de la cristiandad peninsular frente al islam, transformado grotescamente en Santiago Matamoros.

(Publicada en Punto de vista el 17/7/2010)

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Calendario republicano

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J. M. Poisson: La Marianne

Completaré mi anterior entrada, que era una crítica al collage, que llamamos calendario gregoriano, con la descripción del intento más hermoso, poético y ajustado a la razón de secuenciar el tiempo astronómico de cuantos han existido: el calendario republicano.

En 1793 la Convención Nacional (I República) encargó a Charles-Gilbert Romme, introductor del culto a la Razón y responsable del Comité de Instrucción Pública, la elaboración de un calendario que rompiera con los vínculos que el gregoriano mantenía con la Iglesia y estuviera basado en la razón. Para ello se contó con matemáticos como Lagrange –padre del Sistema Métrico Decimal, cuya implantación también se debe a la Convención– y Monge; poetas como d’Églantine, responsable de los hermosos nombres de sus elementos, pintores, etc. El resultado de los trabajos fue aprobado por la Convención en octubre de 1794.

Constaba de 12 meses de 30 días, más cinco de fiesta (seis los años bisiestos) que se agregaban a final del verano, que también lo era del año (días de la Virtud, del Saber, del Trabajo, de la Razón, de la Gratitud y de la Revolución). Cada mes constaba de tres décadas, periodos de 10 días (la base del sistema de numeración y del Sistema Métrico es el 10): Prímidi, Dúodi, Tridi, Quártidi, Quíntidi, etc., el décimo, Décadi, era de fiesta. Los nombres de los meses respondían a la naturaleza y las tareas agrícolas: Vendimiario, Frimario, Brumario, Nivoso, Pluvioso, Ventoso, Germinal, Floreal, Pradial, Mesidor, Termidor y Fructidor, que, como se ve, cambian los sufijos en función de la estación. El año comenzaba el 1 de Vendimiario (22 de septiembre), equinoccio de otoño y día en que se proclamó la República, con lo que se situaba en un acontecimiento astronómico relevante y se adaptaba mejor el año a las tareas agrícolas, docentes y otros ciclos de la vida corriente; si hacemos abstracción de las fiestas de fin de año tenemos mayor sensación de empezar un ciclo al final del verano, que al final de otoño.

El sistema de corrección de los bisiestos, que fue la gran innovación de la reforma gregoriana, es más preciso y simple ya que sólo acumula un día de error cada 40000 años en lugar de los 3226 del gregoriano, a base de suprimir un bisiesto cada 128 años e introducir el 0 en el cómputo de los años.

Más preciso, más racional, más funcional, sin interferencias de ninguna religión y hasta con evidente toque poético, el calendario republicano se muestra como una de las grandes reformas de la Convención: Sistema Métrico Decimal, que superaba el caos imperante con la enorme variedad de unidades y sistemas distintos en cada comarca; laicidad del Estado y supresión de los cultos públicos, que liberaban a la sociedad de la tutela de cualquier iglesia; nueva división territorial en Departamentos que introducía la racionalidad y la funcionalidad rompiendo el mosaico caótico heredado del feudalismo –en España la división provincial es su heredera y tan acertada que ha perdurado hasta nuestros días.

El nuevo calendario funcionó bien en Francia, pero surgieron dificultades al mantenerse el gregoriano en el resto de Europa. Ya bajo Napoleón un senadoconsulto de 22 de fructidor del año XIII (9 de septiembre de 1805) decretó que fuese abandonado en el 10 de nivoso del XIV (31 de diciembre de 1805) y sustituido por el gregoriano el 1 de enero de 1806.
(Publicado el 26/12/08 en Punto de vista)

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Tempus fugit

Escribió M. Vicent con sarcasmo que la vida de los hombres se reducía a dar unas ochenta vueltas, más o menos, a una bomba nuclear que llamamos Sol; podemos ver esto como una triste realidad, pero también nos permite trocear en años el tiempo (una vuelta completa),  y tener así la sensación de que lo controlamos (contar genera la misma ilusión de posesión que a Adán le produjo nombrar a los animales). Sólo tenemos que ponernos de acuerdo sobre el punto de la órbita que marcar como inicio. Ahí es nada. Si el dios incordio de los israelitas produjo la confusión de lenguas, convirtiendo el mejor instrumento con que contábamos para el entendimiento en mero estorbo, debió también, aunque no se haya dicho, producir un desacuerdo semejante en esta cuestión.

El calendario más extendido hoy es el occidental que procede del romano y que sitúa nueve/diez días después del solsticio de invierno el comienzo del año. Quizás debiera estar justo en el solsticio, como ocurre en otros muchos; pero no, está desfasado, y esto merece una explicación, si no una rectificación.

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Calendario egipcio

Los egipcios situaban el año nuevo poco antes del equinoccio de otoño, despreciando conscientemente los grandes hitos astronómicos aunque eran expertos en la ciencia de las estrellas; pero es que contaban con un suceso anual más importante para sus vidas: el comienzo de la inundación del Nilo, que ocurría cada año con extraordinaria puntualidad a finales del verano. Cómo reprocharles que plantaran ahí el inicio del ciclo anual.

El calendario romano primitivo establecía el año nuevo en el equinoccio de primavera, cuando renace la vida en la tierra. En ese momento renovaban también su vida política, eligiendo las magistraturas anuales, que eran casi todas. Precisamente por necesidades político militares se retrasó o se adelantó, según se mire, el año nuevo (s. II a. n. e.) hasta el final de las Saturnales (fiestas del solsticio invernal), precedente de la Navidad cristiana. El desfase que se producía entre el calendario astronómico y el administrativo por desconocer la duración exacta del año (365d 5h 48m 45.25s.), hizo el resto para que al final quedase en el punto que está hoy.

También fue producto de decisiones políticas que febrero tenga sólo 28 días: aquellos que en el Senado hacían la rosca a Julio Cesar, que se había autoerigido dictador, pusieron su nombre (Julius) al mes llamado Quintilis, pero como éste solo tenía 30 días decidieron, para que el número no fuera par, que era de mal agüero, sumarle uno, que quitaron a febrero; La cosa volvió a repetirse con Octavio Augusto, denominando Augustus al mes Sextilis y restando otro día más a febrero, de por sí nefasto ya que estaba dedicado a los muertos; quitarle un par de días fue un alivio para todos.

Por si no había suficiente con tanta manipulación innecesaria, llegó el colmo del despropósito con el emperador Constantino (s. IV) que introdujo la semana, importándola de Oriente Medio, donde se suponía que cada día estaba regido por un astro (el Sol, la Luna y los cinco planetas conocidos entonces). Introducía así un elemento más de irracionalidad ya que ni 365 ni 30 o 31 son divisibles por siete.  En realidad la semana procedía de los calendarios lunares, regidos por el satélite que se mueve en ciclos de 28 días.

La Iglesia que dominó la vida cultural y científica a partir de Constantino (todavía hoy sufrimos ramalazos de su poder), se hizo con el control del calendario emprendiendo su última reforma (Gregorio XIII, 1582), con la expresa finalidad de fijar la fecha de la Pascua de resurrección (domingo siguiente al plenilunio posterior al equinoccio de primavera en el hemisferio norte), como fijara el Concilio de Nicea (325), pero que en esa fecha contaba ya con 10 días de adelanto por el problema indicado arriba. Se suprimieron los diez días sobrantes y se estableció otra norma para los años bisiestos con la intención de impedir más desfases. Nueva distorsión porque las festividades relacionadas con la pascua dependen de la luna y por tanto no son fijas en el calendario solar.

Con el comienzo de la Edad Contemporánea pareció que por un momento triunfaba la razón, así que lo mismo que se creó un sistema de pesos y medidas racional con vocación universal (SMD) se elaboró un calendario con ese mismo criterio (Calendario republicano, del que me ocupo en el próximo artículo), aunque con menos éxito. Lo volvió a intentar la revolución soviética, sin más acierto. Hoy, por fin, quiero pensar que sería posible un calendario universal, racional y laico, superando sectarismos y localismos, en consonancia con la globalización, signo de nuestra época.

Ya que no podemos evitar que el tiempo se nos escape de entre las manos, por lo menos deberíamos intentar contarlo bien, con precisión y elegancia.

(Publicado en Punto de vista el 02/01/13)

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