Origen del conflicto palestino

El origen del problema palestino arranca del momento en que el gobierno británico acepta la tesis sionista de recuperar para los judíos la tierra prometida; este es el tema de la llamada declaración Balfour:

Balfour

Foreign Office,
2 de noviembre de 1917.

Estimado Lord Rothschild:


Tengo el placer de dirigirle, en nombre del Gobierno de Su Majestad, la siguiente declaración de simpatía hacia las aspiraciones de los judíos sionistas, que ha sido sometida al Gabinete y aprobada por él.

«El Gobierno de Su Majestad contempla favorablemente el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y hará uso de sus mejores esfuerzos para facilitar la realización de este objetivo, quedando bien entendido que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina ni los derechos y el estatuto político de que gocen los judíos en cualquier otro país.»

Le quedaré agradecido si pudiera poner esta declaración en conocimiento de la Federación Sionista.

Sinceramente suyo,

Arthur James Balfour.

 

¿Cuál era la situación en este momento? ¿Por qué esta carta? ¿Por qué la decisión del gobierno británico?

En noviembre de 1917, fecha de la carta, faltaba justo un año para que terminara la Gran Guerra con la capitulación alemana, y la derrota de Austria Hungría y de Turquía. Hacía sólo unos meses –desde abril– que EE.UU. había entrado en el conflicto. Alemania y Francia aspiraban a hacerse con las provincias turcas de Oriente Medio, entre ellas Palestina; de hecho existían contactos franco británicos para el reparto de toda la zona –en contra de las promesas a los árabes por intermedio del general Allemby y su subordinado “Lawrence de Arabia”.

En la primavera de 1917 “Londres informaba a los sionistas que su toma de posición en favor de un mandato británico en Palestina sería muy apreciada”. Los contactos entre Balfour, secretario del Foreing Ofice, y destacados sionistas (Waizman, Rostchild) fueron intensos y numerosos, pero tardaron en cuajar por la dura oposición de otros judíos no sionistas (Montagut, también ministro británico) que veían más problemas que ventajas en el proyecto de Palestina. La actitud filobritánica de la mayoría, o lo más destacado, del movimiento sionista indujo la respuesta del gobierno de Lloyd George, otorgando la declaración Balfour –con algún párrafo (no se hará nada… que pueda perjudicar…) debido a la oposición Montagut.

Pero ¿qué esperaba sacar Gran Bretaña de este compromiso exactamente? Dos cuestiones fundamentalmente: 1) de modo inmediato se trataba de “conseguir el apoyo del pueblo judío, de otras naciones en lucha y de países neutrales, como Estados Unidos, a la causa aliada durante la I Guerra Mundial “–cuestión que no dejaría de tener importancia en la deriva antisemita de la Alemania de posguerra–; 2) como objetivo a largo plazo se trataba de la importancia estratégica de Palestina en las rutas marítimas y terrestres hacia la India, vital para Gran Bretaña, y su posible utilización como terminal de los oleoductos procedentes de los campos petrolíferos de Oriente Próximo, que en esta fecha ya apuntaban su inmenso valor futuro.

El 24 de julio de 1922 la Sociedad de Naciones (precedente de la ONU) incluyó la declaración en el mandato por el que se establecían las condiciones con las que se confiaba al Reino Unido la administración temporal de este territorio en nombre de árabes y judíos. En esa fecha la población del territorio era multiétnica, con mayoría absoluta árabe; los judíos, cuya número había aumentado considerablemente desde finales del s. XIX por la inmigración desde comunidades de Europa oriental, era del 11%. Desde entonces esta proporción no hizo más que cambiar a favor de los judíos, por un doble proceso de adquisición de tierras, de las que se expulsaba a sus cultivadores palestinos, y el asentamiento de colonos judíos. La revuelta árabe de 1936 no logró detener el proceso. En 1948 se declaró la independencia del Estado de Israel, consecuencia directa de la declaración Balfour, y terminó el mandato británico.

(Publicado en Punto de vista el 25/01/09)

 

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El papel

papel

En el proceso histórico en el que nacen y desaparecen civilizaciones y culturas pensamos que el azar o quizás fuerzas que nos cuesta identificar impulsan o frenan a unas sobre otras, generando una secuencia que, en apariencia, no parece tener otro motor que la fuerza física o espiritual de sus actores o protagonistas. En los años más oscuros del periodo de la historia que hemos llamado Edad Media –despojándola injustamente de otra personalidad que no sea la de servir de nexo o frontera entre el mundo clásico y el Renacimiento­– floreció y alcanzó un esplendor inusitado la cultura islámica. Su éxito fue tan espectacular que en poco tiempo cubrió un espacio que iba del Indo o el Xin Jian, en el Este, al Atlántico africano o los Pirineos, en el Oeste. Una hazaña explicada tradicionalmente por la fuerza imparable del pueblo árabe convertido, de pastor y caravanero, en ejército incontenible de la nueva fe; pero, descontando ingenuidades, la explicación es a un tiempo más compleja, por la multiplicidad de factores, y más sencilla, porque son menos grandilocuentes y heroicos. Me referiré a uno de ellos tan sólo, en apariencia modestísimo, si nos atenemos a lo que la historiografía al uso nos tiene acostumbrados, pero, de hecho, decisivo: me refiero al invento y la difusión de las técnicas de fabricación del papel.

En la antigüedad el papiro –entramado y prensado de tiras de las hojas de esta planta– y después el pergamino –preparado de pieles finas– habían sido los soportes de la escritura durante siglos en la cuenca mediterránea. El primero frágil y escaso, el segundo excesivamente caro. En el siglo octavo el Islam había entrado en contacto con la civilización china en la ruta de la seda. Antes de que acabara el siglo, en Samarcanda, se fabricaba papel usando técnicas desarrolladas siglos antes en China –T’sai-Lun en el 105 a. de C. inventó un procedimiento que consistía en macerar y prensar una mezcla de cortezas vegetales y trapos–. En el transcurso de un siglo tenemos constancia de que había talleres en Bagdad, Egipto y Córdoba. La lengua árabe, el Corán y la civilización que sustentaron habían encontrado un instrumento de difusión de increíble eficacia. Ni los 400.000 volúmenes que se dice que tenía la biblioteca de Al-Hakan en Córdoba, ni la inigualable brillantez de la cultura, ni la vastísima y fulminante difusión del islam pueden explicarse sin el papel, vehiculo de impensable capacidad para su propagación, casi universal[*].

Una vez más una innovación tecnológica, en apariencia modesta, revolucionó la historia. El mundo cristiano se benefició en la medida de su proximidad al Islam: en España se escribe ya sobre papel un misal mozárabe del Monasterio de Silos, sin duda antes de 1036, fecha en que el rito mozárabe fue sustituido por el gregoriano; en Inglaterra, en cambio, no aparece hasta el s.XIV. Se había superado el cuello de botella que estaba entonces en la dificultad y la escasez de un soporte adecuado para la escritura; a partir de ahora éste abundaba y el freno se trasladó a la lentitud con que podían hacerse las copias, ya que no existía otro procedimiento que el de escribirlas a mano. No se superaría este nuevo reto hasta la invención de la imprenta.

Precisamente la imprenta fue el otro gran salto en la democratización de la cultura y el saber, pero ya los musulmanes no se beneficiaron de ella –llegó a Egipto tres siglos después de que los occidentales la redescubrieran, y por iniciativa de éstos–. Era el tiempo de occidente y la imprenta hizo con ellos lo que el papel con los musulmanes.

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[*] J. von KARABACEK: Papel árabe. Ed Trea. Gijón, 2006

(Publicado en Punto de vista el 13/10/08)

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Kepler

Kepler 1Uno de los episodios que llaman la atención con mayor intensidad en la historia del pensamiento científico es la formulación de las leyes que rigen el movimiento de los astros por Kepler[1]. Puede parecer a primera vista importante para la astronomía, pero no un hito de la ciencia; sin embargo no es así, marca uno de los momentos decisivos en que la observación empírica se despega y se impone sobre la simple especulación racional heredera de Platón –que, dicho sea entre paréntesis, ha sido uno de los más serios obstáculos para el avance científico y un gran retroceso sobre la filosofía de la naturaleza que se había iniciado en la Grecia antigua– y, por supuesto, de las conclusiones derivadas de las Sagradas Escrituras, es decir, la superstición y el mito.

Contemporáneo de Galileo, Kepler pudo trabajar con mayor libertad en territorio de la Reforma sin verse, como aquel, compelido a renunciar a sus experimentos y observaciones o a renegar de sus descubrimientos. Asumió la teoría heliocéntrica que había formulado Copérnico[2] un siglo antes y trabajó con denuedo intentando encontrar las leyes que rigen el movimiento de los planetas en torno al Sol.

Trabajando como matemático en Graz e imbuido de las ideas platónicas y de sus creencias kepler 2religiosas trató de conciliarlas con sus observaciones directas a fin de completar el sistema copernicano. Por una parte compartía la idea mística de la perfección de los poliedros regulares (sólidos platónicos o pitagóricos)[3]; por otra, la fe en que la presencia y perfección de Dios habría de manifestarse en la armonía geométrica del Universo. En su primera obra, Misterium Cosmographicum (1597) expuso la idea, de inspiración platónica, según la cual las órbitas de los planetas encajaban en las formas de los poliedros regulares, lo cual no podía ser obra del azar, sino manifestación de la perfección divina, la obra de un Dios geómetra. Llegó a construir una especie de caja china con los sólidos perfectos que contenían las órbitas planetarias (2ª imagen): una esfera que contiene a la órbita de Mercurio encajaba dentro de un octaedro, éste dentro de la superficie esférica que contiene a la órbita de Venus, ésta dentro de un icosaedro y así hasta el cubo dentro de la superficie esférica que contiene a la órbita de Saturno; en el centro, el Sol, metáfora de Dios.

Simultáneamente dedicaba todo su tiempo a los cálculos mediante la observación; sin embargo sus datos, obtenidos del cuidadoso examen del movimiento aparente de los planetas no encajaban con las esferas, que debían ser sus órbitas, y los sólidos perfectos. Es entonces cuando marcha a Praga llamado por Tycho Brahe, que cuenta con datos mejores que los suyos. Cuando por fin pudo contar con toda la información necesaria (a la muerte de T. Brahe), después de muchos años de haber comenzado su trabajo, llegó a la conclusión de que las órbitas planetarias no eran circulares. Su idea primitiva se derrumbó; pero aceptó la realidad que le dictaba la observación directa y acabó describiendo las órbitas elípticas, la situación del Sol en uno de los focos de la elipse y formulando las tres leyes que le valieron un puesto en la ciencia astronómica.

Platón, Aristóteles, Pitágoras, despreciaron la observación directa; la experimentación requería de la actividad manual, siempre despreciada en un mundo esclavista; por otra parte, nunca la habrían tenido en cuenta si sus resultados hubieran contradicho las perfectas arquitecturas de su pensamiento, que, según creían, estaba construido con principios más elevados. La Iglesia, por acciones similares a las de Kepler, empujó a Galileo al borde de la hoguera y le obligó a retractarse de sus conclusiones, negándose a aceptar la evidencia que podía contradecir aquello que se deducía del mito sagrado. Kepler había construido su teoría impulsado por las mismas creencias, pero supo dar paso finalmente a los resultados de la experimentación marcando un hito en la construcción de la ciencia y el pensamiento modernos.

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[1] Johannes Kepler. 1571- 1630
[2] Nicolás Copérnico 1473- 1543. En realidad quien primeramente formuló la teoría de que la Tierra giraba en torno al sol había sido Aristarco de Samos en el S. III a. de C., observación que cayó en el olvido durante siglos, como otros tantos hallazgos de la ciencia antigua, barridos primero por el idealismo y el racionalismo especulativos y después por la superstición religiosa.
[3] Los sólidos perfectos o platónicos son los únicos cinco poliedros cuyas caras son polígonos regulares: tetraedro, cubo, octaedro, dodecaedro e icosaedro.

(Publicado en Punto de vista el 12/06/08)

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La Naturaleza de las cosas

 

lucrecioPoggio Bracciolini, humanista obsesionado por la recuperación de la cultura latina, rastreó todos los monasterios a su alcance en busca de vestigios de la literatura clásica. Recuperó multitud de textos, entre ellos (1417) De rerum natura, la obra de Lucrecio (s. I a.C.), que había permanecido perdida durante toda la Edad Media. El magnífico manuscrito que encabeza esta entrada es una copia realizada en 1483 por el fraile agustino Girolamo di Matteo por encargo del papa della Rovere, Sixto IV –el que inició las obras de la Capilla Sixtina–. La admiración por la cultura latina y el nuevo amor por la naturaleza explican el interés del pontífice y el primor y elegancia de su ejecución, pese a que Lucrecio había sido la bestia negra de los Padres de la Iglesia, como demuestran las noticias que de él nos dejara San Jerónimo, a todas luces calumniosas, aparte de ingenuas. Apenas si tenemos otros datos del poeta que esas calumnias, el contenido de su obra y el impacto, extraordinario, que causó entre sus contemporáneos y en los siglos siguientes.

En su tiempo despertó la animadversión del círculo aristocrático de Cicerón, que consideraba indecente que llevara a la plebe el rechazo de la superstición, con la difusión del materialismo epicúreo. Por superstición hay que entender religión, que en Roma era religión de Estado; en efecto, la oligarquía, detentadora del poder, consideraba fundamental el mantenimiento de la práctica religiosa para la tranquilidad del Estado. La intención de su poema era didáctica, por eso eligió el verso para exponer todo un tratado filosófico, en el que se encuentra, perfeccionada, la teoría atómica de Demócrito, el rechazo radical de cualquier entidad no material, así como la inutilidad del temor a la muerte.

«Atiende ahora; habiéndote demostrado que las cosas no pueden nacer de la nada ni, una vez nacidas, ser devueltas de nuevo a la nada, (…) déjame citarte otros cuerpos cuya existencia material deberás admitir aun siendo invisibles. (…)»

Como en su momento Platón con Epicuro, los pensadores cristianos de la primera época consideraron a Lucrecio y su obra extraordinariamente peligrosos para el idealismo dualista en que se basaba su doctrina, por lo que rechazaron violentamente sus tesis e incluso trataron de desprestigiarlo con toda suerte de infundios como el citado de San Jerónimo. Posteriormente permaneció en el olvido durante siglos, apenas recordado por las diatribas y falsas noticias que habían dejado sus detractores, hasta que a principios del siglo XV fue redescubierto al encontrarse el poema integro.

En una situación histórica de gran fluidez por el agotamiento del viejo paradigma aristotélico, vigente desde hacía siglos, y en la que apuntaban ya las nuevas condiciones de la ciencia moderna, el redescubrimiento del atomismo comenzó en seguida a rendir frutos.

«… la Naturaleza entera, en cuanto existe por sí misma, consiste en dos sustancias: los cuerpos y el vacío en que estos están situados y se mueven de un lado a otro. Que el cuerpo existe de por sí, lo declara el testimonio de los sentidos, a todos común; (…) Por otra parte, si no existiera el lugar y el espacio que llamamos vacío, los cuerpos no podrían asentarse en ningún sitio, ni moverse en direcciones distintas…
Pues doquiera se extiende el espacio libre que llamamos vacío, no hay materia; y donde se mantiene la materia, no puede haber espacio hueco. (…)
Los átomos son, pues, sólidos y simples, formando un todo coherente de partes mínimas (…)
… es indudable que ningún reposo se ha concedido a los átomos a través del profundo vacío, sino que, agitados en continuo y vario movimiento, unos rebotan, después de chocar, hasta grandes distancias, mientras otros sufren los golpes dentro de un breveespacio. Los que, más densamente asociados, chocan y rebotan dentro de exiguos intervalos, trabados como están por la maraña de sus formas, constituyen las tenaces raíces de las peñas, la indómita sustancia del hierro y los demás cuerpos de este género».

A finales del siglo XV, Galileo no escapó a la fascinación de estos textos cuyas ideas le permitieron empezar a trabajar por fin con una alternativa viable a la física aristotélica y, a la larga, sentar las bases de la ciencia moderna. Curiosamente Lucrecio (Titus Lucrecius Carus) es uno de los hitos fundamentales en el progreso humano, pero de los más difamados y de los más ignorados.

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BIBLIOGRAFÍA:

Michel ONFRAY: Las sabidurías de la Antigüedad. Contrahistoria de la filosofía. I. Anagrama
Benjamín FARRINGTON: Ciencia y política en el mundo antiguo. Ed. Ayuso.
El enlace de Galileo conduce a la conferencia de Pietro Redondi: El atomismo de Galileo.
El texto integro de De Rerum Natura en la Biblioteca Virtual M. de Cervantes. (La nota introductoria y biográfica contiene los prejuicios tradicionales contra Lucrecio).

(Publicada en Punto de vista el 16/02/09)

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La imprenta

imprenta

He leido recientemente una novela de Keith Robert, Pavana, del genero llamado historia alternativa o contrafactual,  que presenta una interesante ucronía: se desarrolla en Inglaterra en el siglo XX, partiendo del supuesto de que la Armada Invencible hubiera triunfado y Felipe II hubiera invadido el país, impidiendo el desarrollo de la Reforma. Deduce el autor que la revolución industrial no habría tenido lugar y el mundo del S.XX sería otro muy distinto del que hemos conocido.

Supongamos nosotros que la imprenta no se hubiera inventado en el momento en que lo fue y que las 95 tesis que Lutero clavó en las puertas de la iglesia de Wittemberg no hubieran sido leídas más que por los que se acercaran a hacerlo. En tales condiciones ¿Habría triunfado la Reforma? ¿Habría alcanzado la difusión y la importancia que obtuvo? Y si las respuestas son negativas ¿no habría que concluir, con el autor de la novela, que la situación hoy sería radicalmente distinta porque la secuencia de los acontecimientos habría cambiado sustancialmente?

A mediados del siglo XV se instaló en Alemania la primera imprenta, inspirada en un invento chino muy anterior. En muchos aspectos fue la primera industria moderna: rompía los esquemas de la producción artesanal, imperante entonces, ya que el libro fue el primer producto industrial fabricado en serie; sus empresarios lo fueron también en un sentido moderno, libres de las trabas gremiales. La reducción del precio que trajo consigo este hecho permitió que los libros, la lectura y el estudio dejaran de ser el privilegio de algunos afortunados y de los clérigos –las únicas bibliotecas eran las de los monasterios y otras instituciones, casi siempre eclesiásticas. Ni que decir tiene que la conservación y difusión del saber y del arte literario alcanzó cotas impensables por la facilidad y la precisión con que se podía lograr. Fue el complemento ideal a la introducción del papel, que había expandido a la civilización islámica unos siglos atrás; ahora la imprenta hizo lo mismo con las ideas del Humanismo, la Reforma y el Renacimiento, es decir la civilización occidental moderna.

Lo más interesante es que al contrario de lo que en principio se pensó, que sería un poderoso instrumento en manos de la Iglesia, de la monarquía –los grandes poderes de la época– y para la consolidación del latín como lengua universal, fue un arma disolvente frente al estatus imperante, que realizó un impagable servicio al individuo, reforzando su autonomía, permitiéndole emprender una marcha imparable hacía la libertad, y, en cierto modo, evadirse del atosigante poder de las dos instituciones; por otra parte, en lugar de afianzar al latín como lengua universal, sirvió para lanzar al campo de la cultura a las lenguas locales, con lo que se puso la primera piedra en el nacimiento del sentimiento nacional y de las nacionalidades, otra innovadora característica de la modernidad.

El mensaje es claro: los avances tecnológicos no sirven para conservar o afianzar lo existente sino para revolucionar y hacer florecer nuevas tendencias. Y es que constituyen el verdadero motor de la historia; ni las ideas, ni los grandes hombres, ni las grandes hazañas podrían siquiera manifestarse sin las vías que ellos abren.

Publ. Punto de vista, 22/10/08

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La Constitución de Cádiz

Mientras en Cádiz los diputados discutían el articulado y redactaban la primera constitución española, en el resto de España muy pocos conocían el suceso. No es que la ocupación francesa del territorio dificultase gravemente la circulación de noticias, que también, es que la inmensa mayoría de los súbditos del calamitoso y destronado Fernando VII desconocían qué era eso de la constitución. Sin contar con que, cuando empezaron a saberlo, la mayoría de esa mayoría abominó de ella. La supuesta popularidad del texto constitucional que llevara a aplicarle el cariñoso apelativo de La Pepa, por el día de su promulgación, es pura ficción, al menos para aquel momento histórico. Ni siquiera el grueso del pueblo gaditano estaba al corriente, ni en condiciones de apreciar lo que estaba sucediendo sobre la nueva planta del Estado que se gestaba en La Isla.

Ante la invasión francesa proliferaron las juntas locales, asumiendo la soberanía perdida por la prematura capitulación de la Corona y la descomposición y sumisión de los descabezados aparatos del Estado ante el invasor.  Con reticencias acabaron por delegar en una Junta Central, que, a su tiempo, nombró una regencia que convocó cortes.

constitución de cadizEl rechazo de las abdicaciones reales, conducía al hallazgo de la verdadera fuente de soberanía, el pueblo, entrando, casi sin quererlo, en un proceso revolucionario, al que se vio necesario enmascarar con ropajes tradicionales. Como ocurriera en Francia en los inicios de la revolución, la convocatoria a cortes planteó la disputa sobre si habría de adoptar el formato tradicional por estamentos, o la forma unicameral que defendía el liberalismo. Ciertas maniobras de los liberales, el agobio que generaban los éxitos militares franceses y la constatación de la presencia abundante de clérigos y nobles aunque fuera por el tercer estado, acabó con la polémica y se aceptó la unicameralidad.

Las disputas sobre la soberanía, la legitimidad de las cortes para la tarea constitucional y los principios revolucionarios que florecían en el articulado del texto constitucional, así como en la legislación ordinaria de las cortes, produjo una dialéctica que sólo era capaz de mantener y entender una exigua minoría ilustrada y concienciada políticamente. Al pueblo lo movían, aparte las dificultades cotidianas en situación tan anómala, la emoción por la pérdida de sus soberanos, la irritación por la presencia y brutalidad de tropas extranjeras y la indignación y el miedo por sus principios religiosos presuntamente amenazados por unos revolucionarios agresores (franceses), secuaces del demonio, según las prédicas del clero.

Hasta tal punto es así que hasta los más radicales diputados disfrazaron sus argumentaciones en los debates buscando justificación y precedentes para sus principios revolucionarios nada menos que en las Partidas de Alfonso X o en textos más antiguos aún, en un ejercicio de malabarismo histórico admirable. Ni los revolucionarios franceses ni los americanos hubieran entendido tal actitud, que aquí se explica por su falta de arraigo social. Sin embargo en las cortes gaditanas tuvieron la mayoría suficiente para sacar adelante una constitución muy liberal y una legislación no menos avanzada.

Un observador actual no entiende bien que unos diputados elegidos  puedan tener un divorcio tan radical entre sus intereses políticos y los de los electores y además perseveren en ellos sin plantearse problemas de conciencia. Consideremos que la elección se hizo por un procedimiento indirecto en tercer grado[i] lo que explica que los electores compartieran bien poco con los elegidos y que estos fueran extraídos de entre los junteros, de la minoría ilustrada, y de la nobleza y la iglesia. Actuaban a sabiendas de que sus ideas no encajaban con las de sus electores, pero el paternalismo que subyacía  en el movimiento ilustrado les llevaba a buscar, según su criterio, la felicidad del pueblo aun en contra de la voluntad de este. Además algunos diputados no consiguieron llegar (especialmente americanos) por lo que fueron sustituidos por suplentes elegidos de entre sus paisanos establecidos en Cádiz, ciudad de ambiente burgués y liberal, como otras con puertos muy activos. Así pues, ni por la extracción social ni por la ideología tenía parecido alguno el ambiente de las cortes con el general de la sociedad española.

En 1814, antes de que hubiera tenido oportunidad de aplicarse, la Constitución fue abolida por el recién repatriado Fernando VII, con más apoyos que rechazos. En 1820 un golpe militar (Riego) la restauró, para ser abolida en seguida (1823). En 1836 otra asonada militar (Motín de la Granja) forzó a la regente Mª Cristina a restaurarla de nuevo, pero las cortes encargadas de actualizarla redactaron una nueva (Constitución de 1837). Tuvo cierta repercusión e influencia internacional, en algunos de los nuevos estados americanos y en Europa.

La Constitución de 1812 resultó pues fallida y su verdadero valor fue simbólico, pero como suele ocurrir en estos casos ha sido mitificada y exagerados sus valores y su repercusión. En todo caso fue un monumento a la ideología liberal (con sus disonancias) y al contrasentido de querer aplicarla en un país de estructuras y mentalidad casi feudales. Como es sabido, iniciar las casas por el tejado plantea muchos problemas y, en este caso, la Constitución no tuvo tiempo ni oportunidad de construirse una base social que la sostuviera.


[i] Los varones mayores de 25 años, “con casa abierta” elegían en la junta de parroquia compromisarios para la de partido y estos a su vez para la provincial donde se elegía al diputado.

(Publicado en Punto de vista, 18/03/2012)

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Pederastia

PederastyValoramos los principios morales sobre muchas otras cuestiones porque son el fundamento de la convivencia. Nos inquietan los cambios en esta materia y nos cuesta comprenderlos; sin embargo, como todo, también están sujetos a mudanza. La historia nos muestra como se erosionan o cambian con el tiempo conforme las sociedades y sus fundamentos económicos e ideológicos se transforman. En un artículo anterior escribía sobre la consideración que ha tenido la infancia en el pasado y, de paso, aparecía en él el tema de la pederastia. Hoy trato de la significación que tuvo esa práctica en la antigua Grecia, por el contraste brutal con nuestros principios actuales, pese a que seguimos considerando a Grecia como la cuna de nuestra civilización occidental.
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La cultura griega era profundamente machista, se puede decir que las mujeres no existían, no tenían derechos de ciudadanía, vivían separadas de los hombres y se las casaba en la pubertad con hombres que les doblaban la edad. Pero de lo que hablo aquí es de pederastia masculina, institución chocante para la mentalidad judeo-cristiana en la que nos hemos formado.

La imagen que ilustra esta entrada es una cerámica griega ática de figuras rojas de entre 480 y 470 a C. Contra lo que pudiera parecer no es una representación obscena sino que refleja un episodio de la vida corriente, propio del gimnasio en Atenas; de la pared cuelgan algunos de los utensilios que usaban los atletas y el chico lleva una bolsa de nueces, probable obsequio de cortejo. Es una escena de pederastia, que en Grecia no tenía el carácter que tiene entre nosotros, sino que incluso era algo honorable, tanto por parte del muchacho, eromeno (amado), como del adulto, erastés (amante). Los griegos consideraban normal que un hombre adulto se sintiera atraído por un muchacho tanto o más que por una mujer. La relación erótica a que daba lugar no sólo estaba socialmente bien vista sino que se convirtió en una institución sobre la que incluso se legisló, prohibiéndolo a los esclavos o para que no se transformara en simple prostitución, dada la costumbre de obsequiar al chico amado con regalos de cortejo, a veces costosos.

La relación incluía aspectos educativos y de formación del niño que era una especie de pupilo, guiado y aconsejado por el erastés, mentor y maestro, aceptado por el padre, si el chico era muy joven, 12 0 13 años, pero elegido por él si era algo mayor. La tradición estética griega, el culto a la belleza del cuerpo masculino, el deporte y la práctica de la desnudez entre los atletas, así como el apartamiento de las mujeres de la vida de los hombres y los matrimonios tardíos para estos, junto con la formación militar de los jóvenes, son factores que pudieron favorecer esta práctica.

El tema produjo amplios debates en las escuelas filosóficas y en la literatura griega, pero la opinión que predomina es que si un hombre no había tenido nunca un eromeno se debía a algún fallo de carácter; de igual forma constituía un honor para un joven despertar el deseo y provocar el cortejo de muchos hombres adultos. Como es natural, la mitología griega, un espejo de la vida humana, refleja esta práctica en numerosos episodios, el más conocido sin duda es el rapto de Ganimedes, príncipe troyano, por Zeus, para convertirlo en su amante y copero de los dioses. Precisamente, en algunos lugares de Grecia (Creta) se practicaba un rapto ritual del niño, futuro eromeno, para inaugurar la relación.

Conviene no enredarnos con las palabras, el diccionario de la R.A.E. define la pederastia como “abuso sexual cometido con niños” y paidofilia: “atracción erótica o sexual que una persona siente hacia niños o adolescentes”. En el primer caso predomina la idea de delito, en el segundo la de desviación psíquica. Ninguno de los dos conceptos encaja en el vocablo griego en su valor original.

En la red es muy completa la entrada que Wikipedia le dedica, pero podéis encontrar un estudio serio, fundamentado y con numerosas referencias bibliográficas aquí.

(Publicado en Punto de vista 03/02/09)

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