Las guerras religiosas humanistas

El historiador Yuval Noah Harari ha alcanzado fama por su ensayo histórico Sapiens, que tiene una continuación no menos magistral en Homo Deus. De ésta última he extraído el capítulo Las guerras religiosas humanistas que ofrezco a continuación. Forzosamente la entrada supera hoy los límites habituales de extensión.

En un principio, las diferencias entre humanismo liberal, humanismo socialista y humanismo evolutivo [fascismo] parecían bastante frívolas. Comparadas con la enorme brecha que separaba a todas las sectas humanistas del cristianismo, el islamismo o el hinduismo, las discusiones entre las diferentes versiones del humanismo eran insignificantes. Mientras todos estemos de acuerdo en que Dios está muerto y en que solo la experiencia humana da sentido al universo, ¿importa en verdad si pensamos que todas las experiencias humanas son iguales o que algunas son superiores a otras? Pero, a medida que el humanismo conquistaba el mundo, estos cismas internos fueron agravándose y acabaron estallando en la más mortífera guerra religiosa de la historia.(1)

En la primera década del siglo XX, la ortodoxia liberal confiaba aún en su fuerza. Los liberales estaban convencidos de que únicamente si se concedía a los individuos la máxima libertad para expresarse y seguir los dictados de su corazón, el mundo gozaría de una paz y una prosperidad sin precedentes. Puede que tome tiempo desmantelar completamente las trabas de las jerarquías tradicionales, las religiones oscurantistas y los imperios brutales, pero cada década aportará nuevas libertades y nuevos logros, y al final crearemos el paraíso en la Tierra. En los idílicos días de junio de 1914, los liberales creían que la historia estaba de su parte.

En la Navidad de 1914, los liberales estaban traumatizados por la guerra, y en las décadas que siguieron, sus ideas se vieron sometidas a un doble ataque: desde la derecha y desde la izquierda. Los socialistas argumentaban que el liberalismo era en realidad una hoja de parra para un sistema despiadado, explotador y racista. En lugar de la tan cacareada «libertad», léase «propiedad». La defensa de los derechos del individuo para hacer lo que considere bueno supone en muchos casos salvaguardar la propiedad y los privilegios de las clases media y alta. ¿Qué tiene de bueno la libertad para que uno viva donde quiera cuando no puede pagar el alquiler, estudiar lo que le interesa, costearse la matrícula, viajar a dónde desea ni comprarse un coche? Bajo el liberalismo se hizo famoso un chiste: todo el mundo es libre de morirse de hambre. Lo que era aún peor, al animar a la gente a considerarse individuos aislados, el liberalismo la separa de los demás miembros de la clase y le impide unirse contra el sistema que la oprime. Por lo tanto, el liberalismo perpetúa la desigualdad, y condena a las masas a la pobreza y a la élite a la alienación.

Mientras el liberalismo se tambaleaba por este puñetazo desde la izquierda, el humanismo evolutivo golpeó desde la derecha. Racistas y fascistas culpaban tanto al liberalismo como al socialismo de subvertir la selección natural y causar la degeneración de la humanidad. Advertían que si a todos los humanos se les concedía igual valor y las mismas oportunidades educativas, la selección natural cesaría. Los humanos más adaptados se verían sumergidos en un océano de mediocridad y, en lugar de evolucionar hacia el superhombre, la humanidad se extinguiría.

Desde 1914 a 1989, las tres sectas humanistas libraron una guerra sanguinaria, y al principio el liberalismo sufrió una derrota tras otra. Los regímenes comunistas y fascistas no solo se adueñaron de numerosos países, sino que además las ideas liberales fundamentales se presentaron como ingenuas en el mejor de los casos o bien como rotundamente peligrosas. ¿Solo con dar libertad a los individuos el mundo gozará de paz y prosperidad? Sí, ya.

La Segunda Guerra Mundial, que en retrospectiva recordamos como una gran victoria liberal, no lo parecía en absoluto en aquella época. La guerra se inició como un conflicto entre una poderosa alianza liberal y una Alemania nazi aislada. (Hasta junio de 1940, incluso la Italia fascista prefirió jugar a esperar). La alianza liberal gozaba de una abrumadora superioridad numérica y económica. Mientras que en 1940 el PIB alemán era de 387 millones de dólares, el de los adversarios europeos de Alemania sumaba 631 millones de dólares (sin incluir el PIB de los dominios de ultramar británicos y de los imperios francés, holandés y belga). Aun así, en la primavera de 1940 a Alemania le bastaron tres meses para asestar un golpe decisivo a la alianza liberal y ocupar Francia, Países Bajos, Noruega y Dinamarca. El Reino Unido solo se salvó de una suerte parecida gracias al canal de la Mancha.

Los alemanes fueron derrotados únicamente cuando los países liberales se aliaron con la Unión Soviética, que se llevó la peor parte del conflicto y pagó un precio mucho más elevado: 25 millones de ciudadanos soviéticos murieron en la guerra, en comparación con el medio millón de británicos y el medio millón de norteamericanos. Buena parte del mérito de derrotar al nazismo debe concederse al comunismo. Y, al menos a corto plazo, el comunismo fue también el gran beneficiado por la guerra.

La Unión Soviética entró en la guerra como un paria comunista aislado. Salió de ella como una de las dos superpotencias globales y como líder de un bloque internacional en expansión. En 1949, la Europa Oriental se había convertido en un satélite soviético, el Partido Comunista Chino ganó la Guerra Civil china, y Estados Unidos estaba atenazado por la histeria anticomunista. Los movimientos revolucionarios y anticolonialistas de todo el mundo miraban anhelantes hacia Moscú y Beijing, mientras que el liberalismo acabó identificándose con los imperios europeos racistas. Cuando estos imperios se desmoronaron, por lo general fueron sustituidos por dictaduras militares o por regímenes socialistas, no por democracias liberales. En 1956, el primer ministro soviético Nikita Jruschov dijo rebosante de confianza al Occidente liberal: «Os guste o no, la historia está de nuestro lado. ¡Os enterraremos!».

Jruschov lo creía sinceramente, como también un número cada vez mayor de líderes del Tercer Mundo y de intelectuales del Primer Mundo. En las décadas de 1960 y 1970, el término «liberal» se convirtió en una palabra insultante en muchas universidades occidentales. Norteamérica y la Europa Occidental experimentaban una agitación social creciente, cuando diferentes movimientos de la izquierda radical pugnaban por socavar el orden liberal. Estudiantes de Cambridge, La Sorbona, la Universidad Libre de Berlín y la República Popular de Berkeley hojeaban el Pequeño Libro Rojo del presidente Mao, y colgaban el heroico retrato del Che Guevara en la cabecera de su cama. En 1968, la ola alcanzó su punto álgido con el estallido de protestas y alborotos en todo el mundo occidental. Las fuerzas de seguridad mexicanas asesinaron a docenas de estudiantes en la tristemente célebre Matanza de Tlatelolco; en Roma, los estudiantes lucharon contra la policía en la llamada Batalla de Valle Giulia, y el asesinato de Martin Luther King desencadenó días de disturbios y protestas en más de un centenar de ciudades estadounidenses. En mayo, los estudiantes se apoderaron de las calles de París, el presidente De Gaulle huyó a una base militar francesa de Alemania y los ciudadanos adinerados temblaban en la cama y soñaban con guillotinas.

En 1970, el mundo tenía 130 países independientes, pero solo 30 de ellos eran democracias liberales, y la mayoría estaban situados en el rincón noroccidental de Europa. La India era el único país importante del Tercer Mundo que se comprometió con la ruta liberal después de asegurarse su independencia, pero incluso ella se distanció del bloque occidental y se inclinó hacia los soviéticos.

En 1975, el campo liberal sufrió la derrota más humillante de todas: la guerra de Vietnam terminó cuando el David norvietnamita venció al Goliat norteamericano. En una rápida sucesión, el comunismo se adueñó de Vietnam del Sur, Laos y Camboya. El 17 de abril de 1975, la capital de Camboya, Phnom Penh, sucumbió ante los Jemeres Rojos. Dos semanas más tarde, todo el mundo pudo ver cómo unos helicópteros evacuaban a los últimos yanquis de la azotea de la Embajada de Estados Unidos en Saigón. Muchos estaban seguros de que el Imperio norteamericano caía. Antes de que nadie pudiera decir «teoría del dominó», el 25 de junio Indira Gandhi proclamó el estado de emergencia en la India, y dio la impresión de que la mayor democracia del mundo iba camino de convertirse en otra dictadura socialista.

La democracia liberal se parecía cada vez más a un club exclusivo de ancianos imperialistas blancos que tenían poco que ofrecer al resto del mundo o incluso a sus propios jóvenes. Washington se presentaba como el líder del mundo libre, pero la mayoría de sus aliados eran o bien reyes autoritarios (como el rey Jalid de Arabia Saudita, el rey Hassan de Marruecos y el sah de Persia) o bien dictadores militares (como los coroneles griegos, el general Pinochet en Chile, el general Franco en España, el general Park en Corea del Sur, el general Geisel en Brasil y el generalísimo Chiang Kai-shek en Taiwán).

A pesar del apoyo de todos estos coroneles y generales, desde el punto de vista militar, el Pacto de Varsovia tenía una enorme superioridad numérica sobre la OTAN. Para alcanzar la paridad en armamento convencional, probablemente los países occidentales tendrían que haber abandonado la democracia liberal y el mercado libre y haberse convertido en estados totalitarios en permanente pie de guerra. Únicamente las armas nucleares salvaron la democracia liberal. La OTAN adoptó la doctrina de la DMA (destrucción mutua asegurada), según la cual incluso los ataques soviéticos convencionales tendrían una respuesta en forma de ataque nuclear total. «Si nos atacáis —amenazaban los liberales—, nos aseguraremos de que nadie salga vivo». Detrás de este escudo monstruoso, la democracia liberal y el mercado libre consiguieron conservar sus últimos bastiones, y los occidentales pudieron gozar de sexo, drogas y rock and roll, así como de lavadoras, frigoríficos y televisores. Sin bombas nucleares no habría existido Woodstock, ni los Beatles, ni supermercados abarrotados. Pero a mediados de la década de 1970, y a pesar de las armas nucleares, parecía que el futuro pertenecía al socialismo.

Y entonces todo cambió. La democracia liberal salió arrastrándose del cubo de basura de la historia, se aseó y conquistó el mundo. El supermercado resultó ser mucho más fuerte que el gulag. La Blitzkrieg empezó en el sur de Europa, donde los regímenes autoritarios de Grecia, España y Portugal sucumbieron y dieron paso a gobiernos democráticos. En 1977, Indira Gandhi puso fin al estado de emergencia en la India al restablecer la democracia. Durante la década de 1980, las dictaduras militares de Asia Oriental y América Latina fueron sustituidas por gobiernos democráticos; algunos ejemplos son Brasil, Argentina, Taiwán y Corea del Sur. En los últimos años de la década de 1980 y en los primeros de la de 1990, la oleada liberal se transformó en un verdadero tsunami que barrió al poderoso Imperio soviético y creó expectativas sobre el inminente final de la historia. Después de décadas de derrotas y contratiempos, el liberalismo obtuvo una victoria decisiva en la Guerra Fría, y salió triunfante de las guerras religiosas humanistas, aunque algo malparado.

Cuando el Imperio soviético implosionó, las democracias liberales sustituyeron a los regímenes comunistas no solo en la Europa Oriental, sino también en muchas de las antiguas repúblicas soviéticas, como los estados bálticos, Ucrania, Georgia y Armenia. Hoy en día, incluso Rusia pretende ser una democracia. La victoria en la Guerra Fría dio un ímpetu renovado a la expansión del modelo liberal en otras partes del mundo, muy especialmente en América Latina, Asia meridional y África. Algunos experimentos liberales terminaron en lamentables fracasos, pero el número de éxitos es impresionante. Por ejemplo, Indonesia, Nigeria y Chile habían sido gobernadas por autócratas militares durante décadas, pero ahora todas son democracias en activo.

Si un liberal se hubiera quedado dormido en junio de 1914 y hubiera despertado en junio de 2014, se habría sentido como en casa. La gente cree de nuevo que si simplemente damos más libertad a los individuos, el mundo gozará de paz y prosperidad. Todo el siglo XX parece un enorme error. La humanidad aceleraba en la autopista liberal en el verano de 1914 cuando de pronto tomó un desvío equivocado y entró en una vía sin salida. Entonces necesitó ocho décadas y tres horrendas guerras globales para encontrar de nuevo el camino a la autopista. Por supuesto, estas décadas no fueron un desperdicio total, pues nos dieron los antibióticos, la energía nuclear y los ordenadores, así como el feminismo, la descolonización y la libertad sexual. Además, el propio liberalismo escarmentó con la experiencia, y ahora es menos presuntuoso que hace un siglo. Ha adoptado varias ideas e instituciones de sus rivales socialista y fascista, en particular el compromiso de proporcionar a la población en general servicios de educación, salud y bienestar. Pero el paquete liberal esencial ha cambiado sorprendentemente poco. El liberalismo sigue sacralizando las libertades individuales por encima de todo, y todavía cree firmemente en el votante y el cliente. A principios del siglo XXI, esta parece la única opción.

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(1) El autor califica de religión al humanismo, o a sus tres versiones: liberalismo, socialismo y fascismo, porque se basan en mitos, como cualquier religión, y generan una explicación del mundo y una ética.

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La inquisición española

inquisicionInquirir es indagar, averiguar; de ahí Inquisición; pero la denominación oficial completa de la archiconocida institución española fue Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición. Hoy no entendemos que la tarea investigadora la ejerza la misma institución encargada de juzgar, pero en su contexto temporal no tenía nada de extraño. Era un tribunal eclesiástico y como tal existía y funcionaba con expreso consentimiento de Roma. De hecho tribunales de ese tipo existieron y funcionaron en Europa en muchas ocasiones y diversas situaciones durante siglos, dependientes directamente de la Santa Sede, con varia relación respecto a los poderes civiles y con duración y rigor diferentes; por supuesto, no faltaron iniciativas similares por parte de las iglesias reformadas tan pronto consiguieron influencia y poder.

Ya en el siglo XII, los cátaros (en griego, puros o perfectos) sembraron la alarma en la Iglesia por su actitud ante la riqueza y el poder del clero. Roma los declaró heréticos y predicó una cruzada contra ellos que tuvo episodios de violencia extrema y se mezcló con contradicciones  políticas entre la Corona Francesa, nobles feudales del sureste del país y la Corona de Aragón. Al fin, la Santa Sede creó un tribunal de inquisición encargado de su erradicación. Al inquisidor nombrado por el papa para la ocasión, Arnaldo Amalric, se atribuye una frase terrible: «Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos», cuando, después de tomar la plaza de Bèziers, sus mílites le expresaron la dificultad de distinguir,  de entre los cautivos, a los herejes para castigarlos.

En Aragón existió una inquisición durante el XIII de la que fue inquisidor general Nicolás de Aymerich, que redactó el Directorium Inquisitorum, una famosa obra que sirvió de guía a inquisidores posteriores para la detección de los delitos perseguibles, técnicas de interrogatorio (incluido el “buen uso” de la tortura) y aplicación de penas.

En la novela de Umberto Eco El nombre de la rosa, obra de ficción, aparece un inquisidor, Bernardo Gui, personaje histórico, involucrado en la persecución y represión de los dulcinianos (de Dulcino de Novara), otra secta milenarista y pobrista, a cuyos seguidores Bernardo cree responsables de los crímenes que se producen en el monasterio, escenario de la novela.

Como denotan estos ejemplos cuando se estableció el Santo Oficio en el siglo XV en Castilla y Aragón, reclamado por los Reyes Católicos ante el pontífice, ya hacía algunos siglos que los tribunales de la inquisición venían haciendo de las suyas en Francia, Italia, Alemania o Aragón. De hecho, hasta finales del XVII en que terminan las “guerras de religión” no se abandona la idea de exterminio de los oponentes religiosos, tildados siempre de heréticos, y, aunque afloja, no desaparece la persecución de los disidentes religiosos en el interior de cada Estado ‒la Paz de Westfalia (1648) que puso fin a la Guerra de los 30 años estableció el principio Cuius regio, eius religio (la religión del príncipe se aplica a todos sus súbditos)‒. La intolerancia religiosa que caracteriza al periodo incluía la persecución de “comportamientos desordenados”: brujería, homosexualidad… y la censura en toda clase de escritos y obras de arte. Es una práctica habitual juzgar el pasado con criterios y valores del presente; pero, hay que recordar que la idea de libertad no tenía la misma formulación ni las connotaciones de excelencia que hoy le damos y que el concepto de derechos humanos es muy moderno: en la época no se aplicaban en parte alguna, ni siquiera se habían formulado. Fue necesario que transcurriera todo el siglo XVIII, con la revolución ideológica y moral que supuso la Ilustración, para que apareciera la primera formulación por escrito. Sin embargo, con ser esto aplicable a todo el orbe cristiano, la Inquisición española alcanzó una especial fama de institución truculenta y sin parangón ¿Por qué?

1) Tuvo un carácter permanente que la hizo perdurar hasta la irrupción del liberalismo decimonónico. Muy debilitada en el XVIII y convertida en reliquia esperpéntica en el XIX fue un festín para las críticas más agrias del liberalismo emergente, a la vez que proporcionaba a la literatura y pintura románticas y “progresistas” de la época los escenarios truculentos y personajes oscurantistas y siniestros que necesitaba. 2) Presentó más claramente que ninguna otra inquisición conocida  carácter estatal, pese a su condición religiosa, porque, no sólo se integró en las estructuras del Estado sino que, al menos en sus mejores momentos, reforzó eficazmente la política interior y exterior de la Corona, a saber: formación de un Estado moderno (con capacidad para incidir en todos los aspectos de la vida de los individuos), unificado sobre una sociedad homogénea (sin minorías fragmentadoras), así como la defensa de la ortodoxia contrareformista. Ello le valió convertirse en jugoso objetivo de la propaganda de los enemigos exteriores del Estado, especialmente de aquellos con los que hubo una contradicción religiosa (Países Bajos, Inglaterra…)

Pero ¿realmente fue una institución cruel y sanguinaria? Sin duda alguna, pero es difícil librar a cualquier tribunal de la época, civil o religioso, de esos calificativos, incluso una comparación desapasionada podría serle favorable. Al menos la arbitrariedad, que era norma, valga la contradicción, en todas partes, en la Inquisición se reprimió bien. Todo estaba protocolizado con rigor, incluida la tortura: se aplicaba sólo para obtener confesión, que no era válida si el reo no la confirmaba en posterior interrogatorio sin tormento y si no lo hacía podía repetirse la secuencia, pero nunca más tres veces; contra lo que han difundido imaginaciones morbosas sólo se utilizaban tres clases de tormento que fueron con el tiempo reduciéndose a una, el potro; se aplicaba en presencia de un médico, que tenía la misión de velar por la vida y salud (¿?) del reo, y de un notario que registraba lo que ocurría en la sesión minuciosamente. Probablemente no menos terrible que el tormento eran otros aspectos del proceso, como que el reo desconociera de qué se le acusaba y quién le denunciaba; la práctica frecuente de la confiscación de bienes (muchas de las casas de inquisición que se conservan en pueblos y ciudades proceden de ese procedimiento) con los que el tribunal se financiaba, aparte multas, limosnas y demás aportaciones de los acusados; la excesiva duración de los procesos, etc. Sin embargo, al contrario que en otros tribunales inquisitoriales, una vez que el reo aceptaba los cargos podía disponer de un abogado defensor, aunque en los casos de doctrina los letrados tenían que hilar muy fino para no ser acusados a su vez de herejía.

Naturalmente no todos los procesos acababan en pena capital. Desmintiendo las cifras desorbitantes que proporcionó la historiografía liberal del XIX, hoy se considera que la inquisición española no debió llegar a ejecutar al 2 % de los procesados, lo que daría una cifra para el conjunto de los siglos XVI y XVII de unas tres ejecuciones por año en todos los territorios de la Corona, incluidos los de Italia y América; la comparación, en cuanto a rigor, con los tribunales seculares le es muy favorable; respecto a los extranjeros baste decir que la caza de brujas dio más de 100.000 víctimas en Alemania y 50.000 en Inglaterra, mientras que en España los inquisidores desdeñaban perseguirlas por considerarlas producto de la ignorancia; en Francia la matanza de S. Bartolomé, desencadenada la noche del 23 al 24 de agosto de 1.575, acabó con la vida de 10.000 a 20.000 hugonotes (protestantes) 3.000 de ellos en París. Es obvio que la vida valía poco en todo el continente y que la ideología o las creencias eran causa de muerte en todas partes, no sólo, ni más, en España.

El motivo por el que los RR.CC. solicitaron del pontífice el establecimiento de la inquisición en sus reinos fue el problema que supuestamente creaba la masa de falsos conversos procedentes del judaísmo tras los pogromos de finales del XIV, y por el antisemitismo reinante, las presiones de la iglesia y los excesos de clérigos fanatizados para lograr su conversión. Después de la conquista de Granada su jurisdicción se extendió sobre los moriscos, bautizados masivamente, por la misma razón: se consideraban católicos que apostataban.  Ahora bien, este objetivo decayó tan pronto Granada fue pacificada después de los primeros levantamientos y nunca fue importante en otros territorios, donde abundaban desde hacía un par de siglos, porque era una población básicamente rural protegida por sus señores y de escasa formación. Lo mismo ocurrió con la población indígena de América.  Con la Reforma pronto brotaron algunos focos en Castilla y la Inquisición se apresuró a actuar contra ellos en algunas operaciones diligentes y tempranas que impidieron al nuevo fenómeno cuajar mínimamente. En seguida comenzó a actuar contra experiencias religiosas que se consideraban, en ciertos medios eclesiásticos, de dudosa ortodoxia: el misticismo y el problema de los alumbrados. También extendió su vigilancia sobre aspectos de moral sexual: homosexualidad, poligamia, etc.; sobre la brujería (ya se ha dicho algo sobre esta cuestión), artes mágicas y blasfemia y, por fin, la censura y la represión cultural. De esta forma acabó por estar presente en todos los aspectos de la vida, creando un ambiente de delaciones, sospechas y miedos que dieron lugar a vicios sociales especialmente perniciosos, como la manía de la limpieza de sangre, y motivo para la acusación de ser el principal factor de retardo en el desarrollo cultural y científico de España con relación al resto de la Europa occidental desde el XV

En una fecha tan tardía como 1834 desapareció, ya sin ningún ruido, por un decreto de la regente María Cristina. Era una institución muerta hacía muchas décadas.

 

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La Unión Europea y el Reino Unido

Probablemente uno de los fenómenos de mayor trascendencia acaecidos en la segunda mitad del siglo XX, junto con la desaparición de la URSS, es la creación de las CCEE (Comunidades Económicas Europeas), luego UE (Unión Europea) y, con relación a ésta, el papel del RU: su entrada, su comportamiento a lo largo de 45 años y su reciente solicitud de salida (Brexit). Trataré de analizarlo sucintamente, renunciando inevitablemente al detalle, para lo que seguiré el trabajo de A. Bar Cendón:  El Reino Unido y la Unión Europea: inicio y fin de una relación atormentada, publicado en la revista  Teoría y Realidad Constitucional, Departamento de Derecho Político, Facultad de Derecho. UNED

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El RU ha decidido retirarse de la UE. En realidad […] quizá nunca debió haber entrado. Consideraciones uti­litarias, sin embargo, llevaron al RU a solicitar la entrada en las CCEE primero, y a mantenerse en la UE después. El RU siempre pensó que, una vez dentro, podría modificar los planteamientos básicos de las CCEE y de la UE adaptándolos a sus propios intereses. Como decía Harold Wilson en 1967, de manera explícita: «el Tratado de Roma […] no es necesariamente un obstáculo si logramos que nues­tros problemas sean resueltos satisfactoriamente, bien a través de adaptaciones de las previsiones del Tratado, bien de cualquier otra manera»; adaptaciones que «pueden realizarse mejor tras nuestra entrada». No sé si puede decirse que esta perspectiva era malintencionada, pero, desde luego, fue una perspectiva equivo­cada —como el resultado del referéndum de junio de 2016 demuestra—, dado que ni el RU logró nunca adaptar plenamente la UE a sus intereses, ni la UE ha logrado llevar adelante su proceso de integración en los términos que habían sido inicialmente diseñados. Esto ha hecho […] que las relaciones RU-UE hayan sido siempre difíciles y que, si bien desde muchos puntos de vista el balance de esta relación es muy positivo, la presencia del RU en la UE, sin embargo, ha sido siempre un pesado lastre, un freno al pro­ceso de integración política y económica de Europa. Op. cit. pag. 38

La incómoda y difícil relación entre el RU y la UE ha sobrepasado los 45 años. Fue precisamente en vísperas del cumpleaños cuando el RU solicitó su salida invocando el artículo 50 del Tratado de Lisboa, uno de esos artículos redactados para no ser aplicados nunca y por tanto sin mucho desarrollo en el detalle de los procedimientos. El malestar en la relación arranca de sus orígenes, por las diferentes expectativas que sobre el proceso integrador tenían ambas partes, como se infiere del texto que encabeza este artículo, pero se prolongó durante todo el tiempo de la unión y se manifestó con dureza cada vez que se planteó un avance, no sólo en la integración política sino también a veces en la económica. La resistencia británica no cesó, de forma que, en la práctica, ralentizó y alteró los proyectos iniciales de las CEE y luego de la UE, sin que por ello desaparecieran las reticencias, desconfianzas y expectativas incompatibles con el proyecto inicial de integración que se había planteado entre los Seis (Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda  y Luxemburgo) en los años 50 ‒Declaración Schuman (1950) y Tratados de Roma (1957).

El proceso de integración se inició en agosto de 1961 y finalizó en enero del 72. En esos más de diez años se dieron muchas alternativas, que siguieron a la inicial negativa británica a participar y creación, por su parte, de la EFTA; desencuentros, incluyendo dos rechazos de la solicitud británica por parte de De Gaulle, a la sazón presidente francés; negociaciones y, por fin, el acuerdo (1971), que el RU tardó sólo un año en contestar: exigía una compensación económica por los ingresos de Francia e Italia para sus agriculturas, lo que acabó plasmándose en el cheque británico, junto con una especial mención a la salvaguardia de su soberanía. Las CCEE cedieron en parte, aunque Wilson lo presentara como un éxito rotundo,  y el acuerdo resultante fue sometido a referéndum en RU con resultado positivo (1975).

El bloqueo de Francia quedó roto al acceder Pompidou a la presidencia. De Gaulle había empleado argumentos en contra que se referían a los intereses particulares de Francia, económicos y políticos, y de las CCEE, cuyas aspiraciones veía incompatibles con los exigencias británicas, y porque temía que fuera un caballo de Troya de EE. UU para sus intereses hegemónicos. Por su parte el RU cambió de parecer sólo algo más de un año después de la creación de la EFTA cuando se percató de que no podía ser una alternativa a las CCEE, pero también por sus problemas internacionales derivados de la descolonización y por su cambio de papel en el mundo, que se evidenció tras la crisis del Canal de Suez.

Sin embargo, el referéndum de junio de 1975 no sirvió verdaderamente para resolver la cuestión europea. A diferencia de los Estados continentales, el Reino Unido no entró en las CCEE por su vocación integracionista ni para resolver los problemas que el nacionalismo había traído consigo en el continente europeo, tanto en el interior de los propios Estados, como en sus relaciones internacionales. Entró, en realidad, por necesidad: por necesidad económica, para superar una etapa difícil de crisis y para no quedarse retrasado ante el rápido progreso econó­mico de los Seis; y por necesidad política, para no quedarse aislado en un contexto internacional en el que su papel era cada vez menor. En este sentido, el naciona­lismo, el orgullo nacional, nunca fue un problema a superar en el RU, muy al contrario, es la verdadera espina dorsal del ser británico, y de aquí que la rela­ción del RU con los Seis primero y con la Unión Europea después, se basase siem­pre en el recelo, en el temor a perder su identidad nacional y su condición de Estado soberano. En este sentido, el RU nunca quiso jugar el papel de líder polí­tico de la Unión y de competir en ello con Francia y Alemania; muy al contrario, el RU se ha limitado siempre a operar como un freno, como un contrapeso que ha tratado de limitar siempre la velocidad y reducir la intensidad del proceso de la integración europea. Op. cit. pag. 10

A partir de aquí el camino hasta la secesión fue una carrera de obstáculos:

  1. El cheque británico ya citado anteriormente forzado por M. Thatcher en 1984.
  2. Ante la firma del Tratado de Maastricht , que creaba la Unión Europea el RU presionó y obtuvo para sí el principio de subsidiariedad que suponía quedar fuera, Opting-Out, de las decisiones que considerara que atentaban contra su soberanía. El primer opt-out fue para la política social; el segundo para la política monetaria quedando fuera del Euro; el tercero se refiere al acuerdo Schengen sobre la libre circulación de personas en el territorio de la UE; el cuarto fue para el área de libertad, seguridad y justicia; el quinto se refiera a la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea y pretende que sólo serán reconocidos los derechos que ya lo estén en la legislación y práctica jurídica del RU.
  3. Aparte los opt-outs el RU se ha enfrentado a otros proyectos muy importantes, como el TECG (Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza en la Unión Económica y Monetaria). Concebido en principio como reforma de los tratados para hacer frente a la crisis,  se cambió de planes sacándolo de los tratados ante el bloqueo británico. No obstante eso sirvió para institucionalizar el Eurogrupo, cuyo funcionamiento ha producido un constante malestar y una oleada de protestas por parte de Cameron que se quejaba de que se tomaban allí preacuerdos sobre temas que habrían de debatirse después en el Consejo. Todo ello cristalizó en la reclamación de un nuevo acuerdo que sustituyera al de integración. El desenlace de este nuevo desafío ha traído el Brexit.

Puede deducirse sin ninguna exageración que la posición lograda por el RU en el seno de la UE era privilegiada. Había logrado acceder al mercado único sin sacrificar un ápice su soberanía lo que, con relación a los demás miembros, era una posición única, y, todo ello, retrasando y alterando, incluso, los proyectos y expectativas con los que estaban comprometidos los demás miembros, prácticamente sin excepción, ya que si alguien se  sumó a alguno de los opt-outs reseñados ha sido del ámbito de influencia británico (Dinamarca). Entonces, ¿qué les ha llevado a la ruptura? Sin duda un estado de ánimo que tiene sus raíces en la historia del país y en sus relaciones con el continente que les coloca en una actitud de recelo, de desconfianza y de convencimiento de la excelencia de su sistema político y social, en suma, un sentimiento de superioridad que casa mal con el proyecto europeo. También las dificultades coyunturales del gobierno de Cameron, que por razones de política interior y partidaria planteó a la UE la renegociación del tratado de integración. Cuando al fin obtuvo garantías por escrito de que el RU no sería forzado a avanzar en la integración más allá de lo que la nación británica considerara razonable, lo que quebraba la filosofía con la que la propia UE había nacido, convocó un referéndum con el fin codicioso y personalista de obtener una máxima explotación de la “victoria”. Sin embargo, el resultado fue negativo. Cameron cayó en la trampa populista y demagógica que él mismo había montado. Alentar las pasiones negativas en el pueblo británico que sirvieran de apoyo a sus demandas ante la UE tuvo como resultado su hundimiento y la pérdida de la situación de privilegio lograda por su país tras décadas de obstruccionismo y políticas erosivas desde dentro de la Unión, llevadas a cabo por todos los gobiernos británicos, conservadores o laboristas.

brexit

Muchos europeos no lamentan demasiado la pérdida de este socio, incómodo hasta decir basta; sin embargo, las enormes dificultades de la ruptura, el caos generado en el gobierno y el parlamento británicos y las dilaciones, ya excesivas, despiertan la inquietud de que un hipotético segundo referéndum permita la renuncia al Brexit y la reclamación del  estatus quo ante, es decir su posición de privilegio anterior.

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El supuesto ejército del rey

américa mitosMatthew Restall etnohistoriador británico publicó recientemente un libro que ha conmovido los ambientes interesados y removido la polémica aún viva, como se ha visto recientemente ‒el presidente López Obrador ha solicitado del rey de España una petición de perdón a la nación mexicana por los supuestos agravios de la conquista‒ y se seguirá viendo hasta la celebración del V centenario de la conquista de México. Me refiero a Los siete mitos de la conquista española de América. E. Paidós, Barcelona, 2004. Ya en el título puede apreciarse un cierto afán revisionista, aunque tal intención vaya más dirigida hacia el público en general que al mundo académico, que tiene ya deshechos tales mitos en gran medida. En el libro se manejan las fuentes españolas e indígenas con profundidad e inteligencia sin perder por eso el carácter de best seller histórico al alcance del gran público. El autor es uno de esos historiadores afortunados que saben llegar al profano en la materia sin perder un ápice de rigor científico.

Nos advierte Restall de que el término “mito” se emplea aquí […] en la acepción que designa algo ficticio que suele aceptarse como cierto, ya sea parcial o completamente. En esta ocasión y para ir borrando ficciones que enturbian una recta comprensión de los sucesos me dedicaré, siguiendo siempre al autor, al segundo mito: el ejército del rey, que en el libro ocupa el segundo capítulo.

Francisco de Xerez, conquistador de Perú y cronista muy valorado dejó escrito allá por 1534:

Porque, si los romanos tantas provincias sojuzgaron, fue con igual, o poco menor número de gente, y en tierras sabidas y proveídas de mantenimientos usados, y con capitanes y ejércitos pagados. Mas nuestros españoles, siendo pocos en número, que nunca fueron sino doscientos o trescientos, y algunas veces ciento y aún menos. […] Y los que en diversas veces han ido, no han sido pagados ni forzados, sino de su propia voluntad y a su costa han ido.

En efecto, pese a las acciones militares de conquista o de “pacificación” que los españoles desarrollaron a lo largo del siglo XVI nunca la Corona envió un ejército a América que pueda ser definido como ejército del rey o ejército español. De hecho en este siglo no existían ejércitos permanentes en Europa y los esfuerzos requeridos para movilizar tropas, que se demandaban cada vez más numerosas y con equipos más costosos, resultaban sumamente gravosos para los tesoros reales. Desde luego la Corona española no tenía capacidad económica en esta época para enviar un ejército a América. En los relatos de los conquistadores ‒cartas de Cortés‒ y cronistas ‒Landa, Bernal Díaz, Xerez…‒ no aparece el término «soldado» prácticamente nunca y cuando lo hace puede explicarse por una redacción tardía o interpolación en copias o ediciones posteriores a la redacción original. Es a finales del XVI y en el XVII cuando empieza a introducirse una imagen militar, por la evolución de los ejércitos en España y Europa seguramente, pero ya la conquista propiamente dicha había concluido. La jerarquía militar que ya estaba formándose en Europa en estas fechas fue inexistente en América donde sólo se conoce el rango de capitán, pero con una extensión variable, no bien definida. La única distinción que aparece insistentemente, por el diferente trato que merecían en los repartos de botín, es entre gente de a pie y de a caballo, que tampoco era muy duradera porque tan pronto podían adquirir un caballo los de la primera categoría pasaban a la segunda. El historiador norteamericano J. Lockhart dice de estos hombres que eran agentes libres, emigrantes, colonos, no asalariados ni uniformados, que obtenían encomiendas y parte de los botines. Aunque los conquistadores eran hombres armados no habían recibido un entrenamiento militar formal, si bien dominaban destrezas y valores propias del oficio de las armas, adquiridas, las más de las veces, en experiencias previas en la propia América, ya que casi todas las compañías se reclutaban en colonias para explorar o conquistar regiones adyacentes. Su composición social era variopinta según las noticias que obtenemos de los relatos y algunos censos elaborados en la fundación de ciudades o de la composición de algunas compañías: abundaban artesanos, oficios y profesionales, algunos individuos pertenecientes a la baja nobleza; en suma, lo que podríamos calificar de clases medias. Respecto a su formación seguramente superaba la media peninsular por la ausencia de campesinos y plebeyos. Aunque el analfabetismo era corriente, hasta el punto de que en ocasiones alcanzaba a personajes notables como el caso de Francisco Pizarro, también abundaban los hombres de letras como atestiguan la abundancia de las crónicas y las relaciones que se enviaban a la corte.

Las compañías, que he citado varias veces sin definirlas, eran el nombre que recibían las unidades básicas para la conquista; estaban al mando de un capitán que los había reclutado para una expedición concreta entre individuos que, frecuentemente, mantenían con él o con el patrono alguna relación familiar o de dependencia. La iniciativa podía partir de este patrono, señor poderoso, a veces gobernador de una colonia ya “pacificada”, que asumía la mayor parte de la inversión y nombraba a los capitanes que completaban los recursos necesarios. Pero todos los componentes eran en realidad inversores que asumían altos riesgos por un beneficio potencial: botín, estatus social, encomiendas. Siempre en proporción a su inversión y esfuerzo: poco los simples peones, más los de a caballo y por encima los capitanes que siempre aspiraban a algún cargo rentable en estatus y dinero. Se puede decir que los conquistadores eran empresarios armados, cuyas empresas muchas veces no cubrían las expectativas y acababan en fracasos estrepitosos.

Pero ¿Cuál era el papel de la Corona? El rey otorgaba permisos de exploración y conquista, leídos los informes que recibía profusamente de los interesados, que, con frecuencia, se saltaban la cadena de mando o a su señor natural, como en el caso de Cortés con el gobernador Velázquez, y las relaciones de méritos que sustentaban todo tipo de peticiones. En compensación por los esfuerzos de la conquista otorgaba cargos como adelantado, capitán general, gobernador, etc. que aportaban estatus, poder y posibilidades de medrar. Por supuesto era el soberano titular de todas las tierras descubiertas o por descubrir, según una bula papal y, como tal, legislaba, administraba justicia con las limitaciones que imponía la distancia y recibía el 20% del botín, el quinto real. Pero, nunca, en ningún caso, armó, pagó y envió un ejército a América para su conquista, como sí lo hacía para defender sus intereses en Europa.

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Una feminista de ayer

Marie-Olympe-de-GougesEl primer feminismo nace con la Ilustración en el siglo XVIII, antes de que se inventara el apelativo con que lo designamos hoy. Su primera manifestación espectacular y dramática fue protagonizada por Olympe de Geouges, una burguesa de Montauban, establecida en París con su hijo, después de haber enviudado. Allí se dio a conocer en los salones literarios, pero por sus convicciones abolicionistas, escribió varias obras contra la esclavitud, fue encarcelada en la Bastilla mediante una letre de cachet (instrumento discrecional de que se valía la monarquía absoluta para reprimir la oposición política al sistema). Al fin pudo ser liberada por las gestiones de sus amigos. Iniciada la revolución publicó una Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (1791), parafraseando la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, aprobada por la Asamblea Constituyente en 1789. La de Olympia comenzaba con una pregunta provocadora:

Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta

El articulado de su Declaración rezaba así:

UNO.- La mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos.

DOS.- El objetivo de toda asociación política es la conservación de los derechos naturales e imprescriptibles de la Mujer y del Hombre; estos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y, sobre todo, la resistencia a la opresión.

TRES.- El principio de toda soberanía reside esencialmente en la Nación que no es más que la reunión de la Mujer y el Hombre: ningún cuerpo, ningún individuo, puede ejercer autoridad que no emane de ellos.

CUATRO.- La libertad y la justicia consisten en devolver todo lo que pertenece a los otros; así, el ejercicio de los derechos naturales de la mujer solo tiene por límites la tiranía perpetua que el hombre le opone; estos límites deben ser corregidos por las leyes de la naturaleza y de la razón.

CINCO.- Las leyes de la naturaleza y de la razón prohíben todas las acciones perjudiciales para la Sociedad: todo lo que no esté prohibido por estas leyes, prudentes y divinas, no puede ser impedido y nadie puede ser obligado a hacer lo que ellas no ordenan.

SEIS.- La ley debe ser la expresión de la voluntad general; todas las Ciudadanas y Ciudadanos deben participar en su formación personalmente o por medio de sus representantes. Debe ser la misma para todos; todas las ciudadanas y todos los ciudadanos, por ser iguales a sus ojos, deben ser igualmente admisibles a todas las dignidades, puestos y empleos públicos, según sus capacidades y sin más distinción que la de sus virtudes y sus talentos.

SIETE.- Ninguna mujer se halla eximida de ser acusada, detenida y encarcelada en los casos determinados por la Ley. Las mujeres obedecen como los hombres a esta Ley rigurosa.

OCHO.- La Ley solo debe establecer penas estrictas y evidentemente necesarias y nadie puede ser castigado más que en virtud de una Ley establecida y promulgada anteriormente al delito y legalmente aplicada a las mujeres.

NUEVE.- Sobre toda mujer que haya sido declarada culpable caerá todo el rigor de la Ley.

DIEZ.- Nadie debe ser molestado por sus opiniones incluso fundamentales; si la mujer tiene el derecho de subir al cadalso, debe tener también igualmente el de subir a la Tribuna con tal que sus manifestaciones no alteren el orden público establecido por la Ley.

ONCE.- La libre comunicación de los pensamientos y de las opiniones es uno de los derechos más preciosos de la mujer, puesto que esta libertad asegura la legitimidad de los padres con relación a los hijos. Toda ciudadana puede, pues, decir libremente, soy madre de un hijo que os pertenece, sin que un prejuicio bárbaro la fuerce a disimular la verdad; con la salvedad de responder por el abuso de esta libertad en los casos determinados por la Ley.

DOCE.- La garantía de los derechos de la mujer y de la ciudadana implica una utilidad mayor; esta garantía debe ser instituida para ventaja de todos y no para utilidad particular de aquellas a quienes es confiada.

TRECE.- Para el mantenimiento de la fuerza pública y para los gastos de administración, las contribuciones de la mujer y del hombre son las mismas; ella participa en todas las prestaciones personales, en todas las tareas penosas, por lo tanto, debe participar en la distribución de los puestos, empleos, cargos, dignidades y otras actividades.

CATORCE.- Las Ciudadanas y Ciudadanos tienen el derecho de comprobar, por sí mismos o por medio de sus representantes, la necesidad de la contribución pública. Las Ciudadanas únicamente pueden aprobarla si se admite un reparto igual, no solo en la fortuna sino también en la administración pública, y si determinan la cuota, la base tributaria, la recaudación y la duración del impuesto.

QUINCE.- La masa de las mujeres, agrupada con la de los hombres para la contribución, tiene el derecho de pedir cuentas de su administración a todo agente público.

DIECISEIS.- Toda sociedad en la que la garantía de los derechos no esté asegurada, ni la separación de los poderes determinada, no tiene constitución; la constitución es nula si la mayoría de los individuos que componen la Nación no ha cooperado en su redacción.

DIECISIETE.- Las propiedades pertenecen a todos los sexos reunidos o separados; son, para cada uno, un derecho inviolable y sagrado; nadie puede ser privado de ella como verdadero patrimonio de la naturaleza a no ser que la necesidad pública, legalmente constatada, lo exija de manera evidente y bajo la condición de una justa y previa indemnización.

EPÍLOGO. Mujer, despierta; el rebato de la razón se hace oír en todo el universo; reconoce tus derechos. El potente imperio de la naturaleza ha dejado de estar rodeado de prejuicios, fanatismo, superstición y mentiras. La antorcha de la verdad ha disipado todas las nubes de la necedad y la usurpación. El hombre esclavo ha redoblado sus fuerzas y ha necesitado apelar a las tuyas para romper sus cadenas. Pero una vez en libertad, ha sido injusto con su compañera. ¡Oh, mujeres! ¡Mujeres! ¿Cuándo dejaréis de estar ciegas? ¿Qué ventajas habéis obtenido de la revolución? Un desprecio más marcado, un desdén más visible. […] Cualesquiera sean los obstáculos que os opongan, podéis superarlos; os basta con desearlo.

Fue una activa revolucionaria que simpatizó con los girondinos, opción moderada y federalista propia de la burguesía liberal que abundaba en las grandes ciudades portuarias de Francia. Durante el Periodo de la Convención Nacional su defensa de los girondinos, sometidos a la represión jacobina, y su oposición a la ejecución del rey le valió la cárcel, esta vez por orden del Comité de Salvación Pública que dirigía Robespierre, y la guillotina inmediatamente después (1793). Sólo hacía dos años que había publicado su famosa Declaración.

Los intentos de apropiación del movimiento feminista, tan exultante hoy, por las diversas tribus políticas resultan ridículos si se mira hacia atrás

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Poderoso caballero es Don Dinero

La consolidación y expansión del capitalismo así como la aceleración de la globalización en las últimas décadas ha permitido la proliferación y, según convencimiento de buena parte de la opinión pública, un peligroso empoderamiento de las grandes transnacionales. Es ya un clásico el temor que inspiran estas grandes corporaciones crecientes frente a los estados que, por su parte, pierden poder y autonomía gradualmente, no sólo ante ellas sino también ante el complejo institucional que surge de la globalización. Sin embargo, esto no es ni mucho menos un fenómeno reciente; es más, hubo situaciones históricas en las que sociedades de capital tomaron decisiones y actuaron con modos y medios que hoy son inconcebibles fuera del ámbito y las atribuciones de los estados. Mostraré algunos casos sin ningún ánimo de exhaustividad.

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Desde el s. XII y hasta los albores de la modernidad prosperó en los mediterráneos del norte, Mar Báltico y Mar del Norte, una confederación de ciudades, controladas por gremios de comerciantes, prácticamente independientes de sus soberanos naturales, que no sólo controló el comercio en la zona, tutelando, estimulando y al fin monopolizándolo, sino que impuso su ley, protegiendo sus intereses durante algunos siglos, al menos hasta que el descubrimiento de América desplazó el centro de gravedad económica al Atlántico. Nació en la ciudad alemana de Lübeck (1158) y llegó a incluir a más de cien ciudades de Alemania, Países Bajos, Suecia, Polonia y Rusia, ciudades portuarias de la costa, de los abundantes estuarios de la zona o con puertos fluviales del interior (Novgorod). Su actividad era el comercio, pero en aras a su protección y desarrollo fundó nuevas ciudades como Riga o Tallin en una notable labor colonizadora en el Báltico oriental; desarrollo instituciones, como la asamblea (Hansetag) que se reunía en Lübeck; y propagó el bajo alemán medio como lengua franca, primer relevo del latín registrado en Europa. En la cumbre de su apogeo llegó a entrar en guerra con el reino de Dinamarca (1368) a quien se impuso. Junto con las repúblicas urbanas italianas que prosperaron por las mismas fechas constituye el mejor ejemplo de construcción de estructuras políticas sofisticadas por parte del capitalismo comercial bajomedieval. Como ellas desarrolló altos niveles de prosperidad, un desarrollo tecnológico en la industria, la construcción naval y en las finanzas. En su ocaso influyó el desarrollo del mercado americano, la consolidación de las Provincias Unidas de los Países Bajos y de Inglaterra, como nuevas potencias en el comercio marítimo, y la Guerra de los 30 años.

Fueron estos los nuevos protagonistas con los que el capitalismo mercantil dio el siguiente salto, creando unas estructuras de poder, no sólo económico, como nunca se había visto ni se vería después. En el S. XVI el lucrativo comercio de las especias estaba monopolizado por Portugal, que utilizaba a Amberes como redistribuidora para Europa del Norte; con el levantamiento de las Provincias Unidas frente a la Corona Hispánica, tal función pasará a Hamburgo, con lo que los comerciantes de los Países Bajos perdieron una fuente de actividad muy importante. La incapacidad de Portugal para atender una demanda creciente, la absorción de la corona portuguesa por Felipe II (1580) y  la perdida de los beneficios de Amberes incitó a los comerciantes neerlandeses a ensayar viajes por la ruta lusa y hostigar sus factorías. En 1602 crearon la Cía. Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC) que se alzó con el monopolio del comercio asiático por carta de privilegio otorgada por los Estados Generales de los Países Bajos, convirtiéndose en la primera corporación multinacional y la primera sociedad por acciones de la historia. Sus poderes fueron tan grandes que pudo establecer colonias, acuñar moneda, levantar tropas y declarar la guerra. A mediados del XVII se había convertido en la empresa más rica de la historia de la humanidad, con 150 buques mercantes, 40 buques de guerra, 50.000 empleados y 10.000 soldados. De hecho se apoderó por la fuerza de todo el archipiélago que constituye hoy Indonesia y la controló durante doscientos años como una colonia propia, hasta que entró en bancarrota en 1800 y el estado neerlandés (entones República Bátava) disolvió la compañía, asumiendo su deuda e incorporando sus territorios como colonias de la nación.

La fundación de la VOC fue precedida en dos años por la creación de la Compañía Británica de las Indias Orientales (EIC=East Indian Company), cuyo desarrollo será más paulatino y no se convertirá en una sociedad anónima por acciones hasta después de 1612. Como era habitual comenzó con una carta de privilegio otorgada por Isabel I y el ámbito de sus operaciones fue especialmente el subcontinente indio aunque sus tentáculos alcanzaron Japón y las costas meridionales de China. En su caso las especias fueron superadas por la seda, algodón, índigo (colorante), sal, té, opio… El establecimiento en factorías dio lugar a fundaciones que hoy son ciudades millonarias, como Calcuta, Madrás o Bombay, desde las que se fue extendiendo el control del territorio, que fue casi total desde mediados del XVIII. La India se había convertido en una colonia de la Compañía, que llegó a mantener más de 300.000 efectivos militares (más que cualquier potencia europea) y a sostener guerras con los competidores franceses (guerras Carnáticas) y con el Imperio o Confederación Maratha, en el proceso de ocupación territorial; por último, con más protagonismo del estado británico, las Guerras del Opio (1838-1860), que estallaron al resistirse China a permitir el comercio de la droga en su territorio por el que presionaban la Compañía y otros comerciantes (Inglaterra había liberalizado su comercio en la zona). Hasta mediados del XIX mantuvo su dominio y privilegios, que fue perdiendo paulatinamente; al fin, tras la sublevación de los Cipayos (1857), el gobierno británico asumió el control de la India hasta su independencia en 1947.

La Liga Hanseática fue producto del protocapitalismo bajomedieval que se florecía en “burgos”, con una fuerte autonomía frente a  sus soberanos, insertos en espacios marcados por el feudalismo y la economía rural. El gremio era la forma de organización elemental (la Liga fue una confederación gremial), que defendía con celo sus intereses y los privilegios alcanzados. Las compañías, como la VOC y la EIC, son el resultado del primer capitalismo, denominado mercantil por la hegemonía de esta actividad económica, consecuencia de los grandes descubrimientos geográficos del XV-XVI y otros muchos fenómenos que definen la modernidad. Las ideas económicas del momento (mercantilismo) estimulaban el comercio, considerado fuente principal de riqueza, pero los estados intervenían en un afán generalizado de afirmar la soberanía, otorgando con frecuencia privilegios de explotación con límites temporales y territoriales muy flexibles en la práctica. El ocaso de las compañías de carta coincidiría, no por casualidad, con la llegada de las nuevas ideas y praxis librecambistas.

Lo cierto es que en esta época temprana del capitalismo instituciones meramente económicas desempeñaron funciones políticas y ejercieron poderes legislativos, jurídicos, punitivos, monetarios, etc. que hoy sólo concebimos como emanación de los estados, y todo ello sobre territorios inmensos y poblaciones millonarias. El balance es complejo: por una parte se puede considerar positivo, desde la óptica occidental, en sus aspectos económicos, de logros tecnológicos, y, por supuesto, para la consolidación y progreso del capitalismo; por otra, negativo por la brutalidad de los colonizadores sobre las poblaciones indígenas, de los que nadie se ocupó desde las metrópolis (no hubo aquí unas Leyes de Indias como en el caso americano), ni sobre el medio, alterado sin miramientos en pro del mayor beneficio; se rompieron los equilibrios sociales, se destruyeron economías ancestrales, y si el impacto demográfico fue menor que en el Nuevo Mundo se debió únicamente a que la población asiática estaba en contacto desde siempre con los patógenos ante los que estaban inermes los amerindios.

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Visigodos

visigodos2No entraría en la nómina de los grandes descubrimientos afirmar que la historia ha sido manipulada sistemáticamente por intereses políticos. Lo que era políticamente correcto en cada momento, los prejuicios, los valores y los intereses han condicionado que determinados periodos sean más o menos atrayentes a los investigadores, se estudien con una finalidad u otra, nos ofrezcan, en suma, una visión sesgada o parcial, o ambas cosas, de la cuestión. La historia de los visigodos desde su aparición en los últimos momentos del Imperio Romano hasta la desaparición de su reino hispano a principios del siglo VIII, arroyado por la tormenta islámica, ha sido víctima propicia para todos estos vicios. Ya desde el siglo XIX quedó fijada una imagen del reino visigodo y de la peripecia migratoria de sus protagonistas que perduró durante todo el XX marcada por el nacionalismo español y el germanismo, cristalizada por los trabajos de algunos ídolos académicos (Sánchez Albornoz), que sólo comienza a ser cuestionada ahora.

La publicación de Geschichte der deutschen Stamme bis zum Ausgang der Volkerwanderung: die Ostgermanen (Historia de las tribus alemanas hasta el final de las migraciones de pueblos: los germanos del Este) por L. Schmidt en 1933, fijó el relato clásico, que fue asumido por el mundo académico europeo del XX prácticamente sin contestación hasta hace pocos años, como ocurriera con otras incursiones del germanismo (con sus obsesiones etnocéntricas) en la historia de occidente. Es la versión que hemos estudiado primero y explicado después en nuestras aulas, movidos por criterios de autoridad académica y sin reparar (los tiempos invitaban a ignorarlos) en los nacionalismos hispano o germano que lo falseaban de algún modo.

“Esta versión de la historia de los godos parece un relato bastante sencillo y comprensible, y además puede ser ilustrado de una manera fácil tal como se solía hacer siempre en los libros de texto y los atlas de historia, mediante una larga línea de flechas que serpentea a través de toda Europa, desde Escandinavia, pasando por Alemania y Hungría, entrando en los Balcanes y cruzándolos, para adentrarse en Italia y luego en Francia, y acabando finalmente en Hispania. Esta línea representa el movimiento de los visigodos desde su primer hogar hasta el último y, entre uno y otro, todos sus desplazamientos como pueblo migratorio.” (Collins, R. La Hispania visigoda, 409-711. 2005)

Un caso transparente de cómo se construyen los mitos en historia bajo  la combinación de la necesidad de sencillez en el relato y el sometimiento a las ideologías hegemónicas del momento:

…una civilización germánica vigorosa y joven, no contaminada por la corrupción de su decadente vecina, rechazó primero los intentos de Roma de expandirse hacia sus propios países al este del Rin y el norte del Danubio y, luego, cuando Roma decayó hasta su extinción, llegó a suplantarla en todo el occidente europeo.” (op. cit)

Pero… ¿Quiénes eran realmente los visigodos?

Amiano Marcelino que es la fuente principal para el conocimiento de los sucesos en la segunda mitad del siglo IV no conoce el apelativo de visigodos u ostrogodos, ni siquiera godos, la denominación que él utiliza es tervingos y otra similar para los segundos. La designación tradicional es un anacronismo ya que no aparece en las fuentes hasta después del S. V. Según todos los indicios la autodefinición como godos es posterior a la batalla de Adrianópolis (378), cuando aparece Alaríco como líder de la confederación bárbara asentada en la mitad oriental de los Balcanes. Para investigadores modernos, en estas fechas (finales del IV-principios del V) se está produciendo la etnogénesis que dará lugar a la cristalización de la identidad que conocemos como godos (visigodos y ostrogodos), impulsada por lo que los antropólogos llaman núcleo de la tradición que se puede sostener en una dinastía regia o una élite que constituye una aristocracia portadora de los elementos culturales que luego darán unidad al grupo, aportándole los necesarios elementos identitarios. De hecho estas confederaciones actuaban como mercenarios a sueldo de Roma y se distinguían muy poco de las unidades del ejército regular compuesto en estas fechas por individuos de origen variopinto, con aspectos, vestimentas y armas similares; la religión tampoco era una distinción, como puede deducirse de que cuando los visigodos saquearon Roma (410) respetaron las iglesias y a quienes se refugiaron en ellas; además al desplazarse, unidades militares y confederaciones mercenarias como la de los visigodos que comandaba Alarico, lo hacían acompañados de sus familias y otras gentes, de manera que en ambos casos parecían desplazamientos de pueblos.

“Sin embargo, para lo que ahora nos interesa es suficiente aceptar que los godos que llegaron a hacerse dueños de Hispania a lo largo del siglo V procedían de una confederación de distintos grupos étnicos, que se unieron y adquirieron un nuevo sentido de identidad común en los Balcanes durante el último cuarto del siglo IV. Formaron un ejército mercenario que intentaba asegurarse un empleo proporcionado por sucesivos regímenes imperiales y, cuando no había perspectivas de conseguirlo, se veía cada vez más obligado a actuar en función de sus propios intereses.” (op. cit)

Por último, conviene señalar que el contingente de los invasores en la península que venía siendo evaluado en unos cien mil individuos parece ahora excesivo si se tiene en cuenta que el patrocinio del estado se limitaba al permiso para requisar recursos del lugar que ocupaban o que transitaban, en especie o transfiriéndoles parte de los tributos. Quizá unos treinta mil, opinan historiadores modernos, sea una cifra más próxima a la realidad.

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Las citas han sido extraídas del Cap. I de La Hispania visigoda. 409-711. De Roger Collins, vol. IV de la Historia de España de ed. Crítica. 2005. Una síntesis imprescindible en la bibliografía disponible hoy en castellano. El resto del artículo sigue las tesis y el relato de este extraordinario medievalista.

Ilustración: detalle de capitel, Sacrificio de Isaac, en San Pedro de la Nave. S. VII.

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