El pueblo judío: del mito a la realidad

toraEl mito fundacional de la nación judía es el éxodo o salida de Egipto bajo el liderazgo de Moisés y se narra en el libro del mismo nombre. Durante ese episodio se cerró el pacto con Yahvé, que les conduciría a Canaán, la tierra prometida. Todas las naciones han elaborado relatos míticos para explicar y sacralizar sus orígenes: en España nos valimos de Santiago y la recuperación de una tierra supuestamente perdida por los pecados de los antiguos y la maldad y crueldad de los sarracenos, quienesquiera que sean los que encerremos en esa denominación. En realidad las diferencias entre estos mitos suelen limitarse a los detalles.

Pero ni la historia, ni la arqueología modernas han podido encontrar el más mínimo rastro de la deambulación de todo un pueblo durante más de cuarenta años por una zona relativamente pequeña como el Sinaí, en donde sí que hay rastros de la presencia militar y administrativa egipcia de la misma época. Tampoco nadie pudo demostrar jamás la presencia de Santiago en Hispania ni si en la tumba compostelana está él, quizás el obispo herético Prisciliano o cualquier otro; lo cierto es que el relato venía como anillo al dedo a los interesen de la monarquía de Oviedo en el momento en que se construye la leyenda. De la misma forma el cuento bíblico de los patriarcas, el éxodo, la conquista de Canaán y la construcción de la monarquía judía convenía a los proyectos nacionalistas del reino de Judá, (el de Israel había desaparecido en manos asirias), en el tiempo, del -VII al -VI, en que debió escribirse la mayor parte del relato, según estudios recientes[1].

El pueblo judío conoció otro episodio de expatriación en el -586 con la conquista del reino de Judá por Nabucodonosor, conocido como la cautividad de Babilonia, aunque hoy sabemos que sólo afectó a la élite intelectual, a la vez económica y religiosa, de Jerusalén. Táctica muy común en todos los tiempos para descabezar una comunidad.

Pero el suceso que provocó la idea de que los judíos eran un pueblo errante porque su tierra les había sido arrebatada fue el desenlace triunfal para Roma de la guerra del año 70. Fueron fuentes cristianas tardías las que hicieron correr la especie de que a su finalización los judíos habían sido dispersados por el mundo. El asunto convenía a la iglesia porque suponía un merecido castigo por haber matado a Cristo; pero también convino a los judíos porque el nuevo mito encajaba con los antiguos de su formación nacional (Egipto y Babilonia). El chisme triunfó además porque había judíos por todas partes y como se suponía que no habían sido proselitistas tendrían que serlo de raza. Todo esto ha sido desmontado por un historiador contemporáneo y desprejuiciado, aparte de judío, Slomo Sand[2].

Hoy parece descartado que hubiera dispersión porque no era costumbre romana para con los vencidos, porque no hay testimonio alguno de tal suceso y porque dos generaciones después estallaron nuevas revueltas (la de Kitos en el 115 y, la más dura de todas, la de Bar Kojba en 132), imposibles de haberse producido la diáspora.

Respecto a la presencia de judíos fuera de Palestina, ya había comunidades judías antes del año 70 por todo el Oriente Medio y Grecia, como demuestra el periplo proselitista de Pablo, constituidas básicamente por gentiles. También en Egipto donde se tradujo la Biblia al griego (Septuaginta) y prosperó el magisterio de Filón de Alejandría, grecoparlante que desconocía el hebreo. Recientemente hemos sabido que en Yemen hubo una monarquía (Hymiarita) que adoptó el judaísmo, igual que el imperio jázaro que prosperó y perduró entre el mar Negro y el Caspio de los siglos VII al X, origen según parece de la expansión del judaísmo por el oriente y centro de Europa (judíos askenazis). Como el cristianismo, el judaísmo se difundió por una innegable actividad proselitista aprovechando las estructuras del Imperio Romano, pero también fuera de sus fronteras, durante unos siglos en que no estaban claras las diferencias entre ambas creencias y otras varias del mismo tronco (gnósticos, maniqueos…) que acabarían desapareciendo.

Concluyendo: la idea de un pueblo judío disperso por el mundo sólo se sostiene hoy por ignorancia y por el fanatismo sionista que el Estado de Israel explota en su beneficio a costa del pueblo palestino que, con toda probabilidad, son los antiguos judíos islamizados hace siglos, sometidos ahora a judíos de religión (askenazis, sefardíes, etc.), que no de origen étnico, que los están expatriando, ahora sí, en su propio país. Ironías del destino.


[1] Finkelstein y Silberman: La biblia desenterrada. Una nueva visión arqueológica del antiguo Israel y sus textos sagrados. Ed. Siglo XXI. 2003.

[2] Slomo Sand: La invención del pueblo judío. Akal, 2011

 

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Brevísima historia del trabajo y una pregunta final

mosaico romanoLos antiguos despreciaban el trabajo. En la antigüedad era cosa de esclavos y de gentes incapaces de sustentarse de otro modo. Puede decirse que los trabajadores eran esclavos, desde los que agonizaban en las minas o remando en los barcos, hasta los que administraban empresas o departamentos del Estado, pasando por los que educaban a los hijos de la aristocracia, o los que cultivaban los latifundios de los terratenientes. Nuestro vocablo negocio, que designa una ocupación o trabajo productivo, procede del término latino negotium, que es la negación de otium, ocio. El ocio era considerado el estado ideal para cualquier ciudadano: permitía dedicarse al deporte, al arte, la filosofía o la política, mientras el trabajo productivo descansaba en manos de los esclavos, libertos y gentes de poca calidad. El deporte, la filosofía o la política como actividades normales de los ciudadanos construyeron la excelencia de la cultura griega, pero se sostenía sobre el trabajo forzado de los esclavos. La potencia de las legiones romanas formadas por ciudadanos, que controlaron el mundo y construyeron el primer Estado “moderno”, se basaba en el trabajo de legiones más nutridas de esclavos, logrados, precisamente mediante la guerra. Los avances científicos y técnicos de la época hubieran podido desencadenar una revolución industrial –en Alejandría en el siglo I se diseñó por primera vez una máquina de vapor– si no hubiera sido porque nadie estaba interesado en sustituir el trabajo humano. ¿Para qué, si no, los esclavos?
La caída del Imperio, más que por las invasiones, se produjo por una gran crisis sistémica: el esclavismo no era capaz de seguir manteniendo el crecimiento, a causa de unos costes crecientes y una productividad decreciente. Arruinadas y despobladas las ciudades, desaparecidos la moneda y el Estado, ruralizada la vida, los esclavos se transformaron en colonos, siervos de algún señor; habían ganado en libertad jurídica pero estaban sujetos ahora a la tierra, de la que aseguraban así su productividad. La obligación de trabajar para sí y, gratuitamente, para el señor que los protegía/explotaba seguía siendo una maldición de la que estaban libres las dos clases dominantes: nobleza y clero, la coerción armada y la ideológica.

Este punto de vista, la idea de que el trabajo era una abominación que sólo recaía sobre el pueblo, perduró más de otros mil años, hasta bien entrada la Edad Moderna -en la España del Siglo de Oro persistía la prohibición legal del trabajo para la nobleza-; pero para entonces ya había aparecido la burguesía, clase nacida del comercio, activado con la reaparición de la moneda y el renacer de las ciudades, y pronto empezó a tener peso en la sociedad, la política y la cultura. Su poder y su origen se fundamentaban en el dinero obtenido mediante el trabajo. Conforme su éxito social se consolidaba, el trabajo productivo se transformaba en valor: empezaron a representarlo los artistas –pintura flamenca–; conquistó la nobleza –en el escudo de armas de los Medicis había unas monedas, símbolo de su actividad originaria–; escaló los altares, cambiando el discurso religioso –el calvinismo convirtió el éxito material en señal de elección divina– y las iglesias levantaron la prohibición del préstamo con interés que pesaba sobre los cristianos y que había hecho la fortuna de los judíos. Lentamente fue transformándose de vicio en virtud, de castigo en bendición. El capitalismo descubrió que funcionaba mejor usando de la libertad: la explotación del trabajo se hacía mejor a través del salario que con la coerción física o jurídica anteriores; la libre competencia, su caldo de cultivo vital, necesitaba de la libertad de comercio e industria. Con ello el trabajo acabó por conquistar cotas de dignidad impensables un siglo antes.

Nuestro concepto del trabajo como eje económico y moral de nuestra vida, la libertad que nos proporciona, la exaltación con la que nos referimos a él, el respeto y veneración por los que le dedican su vida, el desprecio que nos inspiran los que lo evitan… En fin, toda nuestra ética del trabajo tiene su origen en el capitalismo.

Si bien lo pensamos, la presunta libertad que nos proporciona el capitalismo es una ficción: existe una coerción económica, reforzada por la ideológica (ética del trabajo), que ha sustituido a las antiguas, física (esclavismo) y jurídica (servidumbre). ¿Podemos imaginar una situación en que no haya coacción, ni siquiera económica?


En la ilustración mosaico romano representando a esclavos en tareas agrícolas.

(Publicado en Punto de vista el 09/05/09)

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La droga como arma

fumadores de opio

Fumadores de opio

En todas las civilizaciones han existido sustancias psicotrópicas que han satisfecho la necesidad de autotrascendencia que parece tener el hombre, la conveniencia de mitigar la fatiga o la búsqueda de la euforia. Familiarizado con su consumo, en cada cultura se han desarrollado hábitos, ritos, recursos sociales que han mantenido bajo cierto control la potencial peligrosidad que encierran todas ellas. En la sociedad occidental el consumo de bebidas alcohólicas forma parte de su idiosincrasia. A lo largo de la historia se ha introducido en multitud de ámbitos, desde los rituales religiosos hasta la gastronomía, de ahí que se enseñe a beber a los jóvenes en el seno de la familia o en su entorno íntimo ya que tarde o temprano se habrán de encontrar con el alcohol. Se ejerce así un cierto gobierno sobre su peligrosidad. Las sociedades andinas tienen una parecida relación con la coca, y así sucesivamente. Sin embargo, sacadas de su contexto y trasplantadas a sociedades que no han generado hábitos de consumo pueden ser letales, peligrosos elementos de destrucción de la cohesión social. Es por eso que han sido utilizadas como arma secreta en multitud de ocasiones, por estados y ejércitos con fines de dominación política, por particulares con intereses básicamente económicos que trascienden el obtenido de su simple comercio, o ambas cosas a un tiempo. He aquí algunos casos.

La colonización de América generó una gran demanda de mano de obra que la población indígena no satisfacía, bien porque había sido diezmada –expresión benévola en lugares como las Antillas donde literalmente desapareció– o por las dificultades que las leyes imponían para su esclavización completa. Pronto se encontró la solución importando africanos –Fray Bartolomé de las Casas fue pionero proponiendo esta solución como defensa de los indios (!)–. El comercio de esclavos se convirtió así en un pingüe negocio durante tres siglos; primero para portugueses y españoles, después para los ingleses que acabaron monopolizándolo. Generó un tráfico triangular en el Atlántico cuyos vértices eran América (Antillas), Inglaterra, África (golfo de Guinea): de América se exportaban melazas obtenidas del cultivo de la caña, que en Inglaterra se convertía en ron, que con armas de fuego se exportaba a África, donde se cambiaban por esclavos, cazados con esas armas por los africanos de la costa, pagados con el ron que destruía su propia sociedad. Los esclavos así obtenidos eran llevados a las Antillas para el cultivo de la caña, y vuelta a empezar, formando un bucle que se bastaba a sí mismo y generaba inmensos beneficios. El alcohol, desconocido en esas latitudes fue elemento esencial; pero además, luego seguía siendo utilizado para mantener a los esclavos sumisos.

En el s. XIX a la vez que los colonos americanos, empeñados en la “marcha hacia el O.”, aficionaban a los indígenas al whisky cambiándolo por pieles, en Asia Ingleses y franceses quebrantaban la resistencia china a la colonización europea con las dos guerras del opio. Los franceses habían encontrado en las plantaciones de adormidera un excelente modo de explotar la Cochinchina (Indochina) recién ocupada, mientras que los ingleses la comercializaban, junto a su propia producción, con su compañía East India, el objetivo era el mercado chino. El gobierno imperial ante la inquietante difusión del hábito de fumar opio prohibió su entrada en el país. La respuesta anglo-francesa fue la guerra con la que después de dos sangrientos conflictos se logró de China la apertura de su comercio y otros beneficios (Hong Kong).

Japón había observado con atención, librándose de la invasión del opio con un oportuno tratado con Inglaterra, pero en 1931 cuando ocupó Manchuria y creó el Estado títere de Manchukuo, el ejército japonés promovió el cultivo del opio y su refinado para fumarlo, obtenía en sus laboratorios la heroína y la distribuía en sus farmacias por la región, buscando dos objetivos: financiar la operación militar y obtener una actitud sumisa de la población. Los mismos fines fueron copiados por Francia cuando en los años cincuenta le estalló la guerra de Indochina, pero en este caso se valió de una mafia local (Binh Xuyen) como aliado necesario que ocultara las actividades de su servicio secreto (SDECE)*.

Los dos últimos casos abren el capítulo de la financiación mediante las drogas y aquí habría que incluir a Sendero Luminoso, la Contra nicaragüense, la resistencia talibán o las FARC, pero esa ya es otra historia.

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* Para los casos de Japón en China y Francia en Indochina ver Alfredo Schulte-Bockholt

(publicado en Punto de vista el 13/03/09)

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Origen del conflicto palestino

El origen del problema palestino arranca del momento en que el gobierno británico acepta la tesis sionista de recuperar para los judíos la tierra prometida; este es el tema de la llamada declaración Balfour:

Balfour

Foreign Office,
2 de noviembre de 1917.

Estimado Lord Rothschild:


Tengo el placer de dirigirle, en nombre del Gobierno de Su Majestad, la siguiente declaración de simpatía hacia las aspiraciones de los judíos sionistas, que ha sido sometida al Gabinete y aprobada por él.

«El Gobierno de Su Majestad contempla favorablemente el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío y hará uso de sus mejores esfuerzos para facilitar la realización de este objetivo, quedando bien entendido que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no judías existentes en Palestina ni los derechos y el estatuto político de que gocen los judíos en cualquier otro país.»

Le quedaré agradecido si pudiera poner esta declaración en conocimiento de la Federación Sionista.

Sinceramente suyo,

Arthur James Balfour.

 

¿Cuál era la situación en este momento? ¿Por qué esta carta? ¿Por qué la decisión del gobierno británico?

En noviembre de 1917, fecha de la carta, faltaba justo un año para que terminara la Gran Guerra con la capitulación alemana, y la derrota de Austria Hungría y de Turquía. Hacía sólo unos meses –desde abril– que EE.UU. había entrado en el conflicto. Alemania y Francia aspiraban a hacerse con las provincias turcas de Oriente Medio, entre ellas Palestina; de hecho existían contactos franco británicos para el reparto de toda la zona –en contra de las promesas a los árabes por intermedio del general Allemby y su subordinado “Lawrence de Arabia”.

En la primavera de 1917 “Londres informaba a los sionistas que su toma de posición en favor de un mandato británico en Palestina sería muy apreciada”. Los contactos entre Balfour, secretario del Foreing Ofice, y destacados sionistas (Waizman, Rostchild) fueron intensos y numerosos, pero tardaron en cuajar por la dura oposición de otros judíos no sionistas (Montagut, también ministro británico) que veían más problemas que ventajas en el proyecto de Palestina. La actitud filobritánica de la mayoría, o lo más destacado, del movimiento sionista indujo la respuesta del gobierno de Lloyd George, otorgando la declaración Balfour –con algún párrafo (no se hará nada… que pueda perjudicar…) debido a la oposición Montagut.

Pero ¿qué esperaba sacar Gran Bretaña de este compromiso exactamente? Dos cuestiones fundamentalmente: 1) de modo inmediato se trataba de “conseguir el apoyo del pueblo judío, de otras naciones en lucha y de países neutrales, como Estados Unidos, a la causa aliada durante la I Guerra Mundial “–cuestión que no dejaría de tener importancia en la deriva antisemita de la Alemania de posguerra–; 2) como objetivo a largo plazo se trataba de la importancia estratégica de Palestina en las rutas marítimas y terrestres hacia la India, vital para Gran Bretaña, y su posible utilización como terminal de los oleoductos procedentes de los campos petrolíferos de Oriente Próximo, que en esta fecha ya apuntaban su inmenso valor futuro.

El 24 de julio de 1922 la Sociedad de Naciones (precedente de la ONU) incluyó la declaración en el mandato por el que se establecían las condiciones con las que se confiaba al Reino Unido la administración temporal de este territorio en nombre de árabes y judíos. En esa fecha la población del territorio era multiétnica, con mayoría absoluta árabe; los judíos, cuya número había aumentado considerablemente desde finales del s. XIX por la inmigración desde comunidades de Europa oriental, era del 11%. Desde entonces esta proporción no hizo más que cambiar a favor de los judíos, por un doble proceso de adquisición de tierras, de las que se expulsaba a sus cultivadores palestinos, y el asentamiento de colonos judíos. La revuelta árabe de 1936 no logró detener el proceso. En 1948 se declaró la independencia del Estado de Israel, consecuencia directa de la declaración Balfour, y terminó el mandato británico.

(Publicado en Punto de vista el 25/01/09)

 

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El papel

papel

En el proceso histórico en el que nacen y desaparecen civilizaciones y culturas pensamos que el azar o quizás fuerzas que nos cuesta identificar impulsan o frenan a unas sobre otras, generando una secuencia que, en apariencia, no parece tener otro motor que la fuerza física o espiritual de sus actores o protagonistas. En los años más oscuros del periodo de la historia que hemos llamado Edad Media –despojándola injustamente de otra personalidad que no sea la de servir de nexo o frontera entre el mundo clásico y el Renacimiento­– floreció y alcanzó un esplendor inusitado la cultura islámica. Su éxito fue tan espectacular que en poco tiempo cubrió un espacio que iba del Indo o el Xin Jian, en el Este, al Atlántico africano o los Pirineos, en el Oeste. Una hazaña explicada tradicionalmente por la fuerza imparable del pueblo árabe convertido, de pastor y caravanero, en ejército incontenible de la nueva fe; pero, descontando ingenuidades, la explicación es a un tiempo más compleja, por la multiplicidad de factores, y más sencilla, porque son menos grandilocuentes y heroicos. Me referiré a uno de ellos tan sólo, en apariencia modestísimo, si nos atenemos a lo que la historiografía al uso nos tiene acostumbrados, pero, de hecho, decisivo: me refiero al invento y la difusión de las técnicas de fabricación del papel.

En la antigüedad el papiro –entramado y prensado de tiras de las hojas de esta planta– y después el pergamino –preparado de pieles finas– habían sido los soportes de la escritura durante siglos en la cuenca mediterránea. El primero frágil y escaso, el segundo excesivamente caro. En el siglo octavo el Islam había entrado en contacto con la civilización china en la ruta de la seda. Antes de que acabara el siglo, en Samarcanda, se fabricaba papel usando técnicas desarrolladas siglos antes en China –T’sai-Lun en el 105 a. de C. inventó un procedimiento que consistía en macerar y prensar una mezcla de cortezas vegetales y trapos–. En el transcurso de un siglo tenemos constancia de que había talleres en Bagdad, Egipto y Córdoba. La lengua árabe, el Corán y la civilización que sustentaron habían encontrado un instrumento de difusión de increíble eficacia. Ni los 400.000 volúmenes que se dice que tenía la biblioteca de Al-Hakan en Córdoba, ni la inigualable brillantez de la cultura, ni la vastísima y fulminante difusión del islam pueden explicarse sin el papel, vehiculo de impensable capacidad para su propagación, casi universal[*].

Una vez más una innovación tecnológica, en apariencia modesta, revolucionó la historia. El mundo cristiano se benefició en la medida de su proximidad al Islam: en España se escribe ya sobre papel un misal mozárabe del Monasterio de Silos, sin duda antes de 1036, fecha en que el rito mozárabe fue sustituido por el gregoriano; en Inglaterra, en cambio, no aparece hasta el s.XIV. Se había superado el cuello de botella que estaba entonces en la dificultad y la escasez de un soporte adecuado para la escritura; a partir de ahora éste abundaba y el freno se trasladó a la lentitud con que podían hacerse las copias, ya que no existía otro procedimiento que el de escribirlas a mano. No se superaría este nuevo reto hasta la invención de la imprenta.

Precisamente la imprenta fue el otro gran salto en la democratización de la cultura y el saber, pero ya los musulmanes no se beneficiaron de ella –llegó a Egipto tres siglos después de que los occidentales la redescubrieran, y por iniciativa de éstos–. Era el tiempo de occidente y la imprenta hizo con ellos lo que el papel con los musulmanes.

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[*] J. von KARABACEK: Papel árabe. Ed Trea. Gijón, 2006

(Publicado en Punto de vista el 13/10/08)

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Kepler

Kepler 1Uno de los episodios que llaman la atención con mayor intensidad en la historia del pensamiento científico es la formulación de las leyes que rigen el movimiento de los astros por Kepler[1]. Puede parecer a primera vista importante para la astronomía, pero no un hito de la ciencia; sin embargo no es así, marca uno de los momentos decisivos en que la observación empírica se despega y se impone sobre la simple especulación racional heredera de Platón –que, dicho sea entre paréntesis, ha sido uno de los más serios obstáculos para el avance científico y un gran retroceso sobre la filosofía de la naturaleza que se había iniciado en la Grecia antigua– y, por supuesto, de las conclusiones derivadas de las Sagradas Escrituras, es decir, la superstición y el mito.

Contemporáneo de Galileo, Kepler pudo trabajar con mayor libertad en territorio de la Reforma sin verse, como aquel, compelido a renunciar a sus experimentos y observaciones o a renegar de sus descubrimientos. Asumió la teoría heliocéntrica que había formulado Copérnico[2] un siglo antes y trabajó con denuedo intentando encontrar las leyes que rigen el movimiento de los planetas en torno al Sol.

Trabajando como matemático en Graz e imbuido de las ideas platónicas y de sus creencias kepler 2religiosas trató de conciliarlas con sus observaciones directas a fin de completar el sistema copernicano. Por una parte compartía la idea mística de la perfección de los poliedros regulares (sólidos platónicos o pitagóricos)[3]; por otra, la fe en que la presencia y perfección de Dios habría de manifestarse en la armonía geométrica del Universo. En su primera obra, Misterium Cosmographicum (1597) expuso la idea, de inspiración platónica, según la cual las órbitas de los planetas encajaban en las formas de los poliedros regulares, lo cual no podía ser obra del azar, sino manifestación de la perfección divina, la obra de un Dios geómetra. Llegó a construir una especie de caja china con los sólidos perfectos que contenían las órbitas planetarias (2ª imagen): una esfera que contiene a la órbita de Mercurio encajaba dentro de un octaedro, éste dentro de la superficie esférica que contiene a la órbita de Venus, ésta dentro de un icosaedro y así hasta el cubo dentro de la superficie esférica que contiene a la órbita de Saturno; en el centro, el Sol, metáfora de Dios.

Simultáneamente dedicaba todo su tiempo a los cálculos mediante la observación; sin embargo sus datos, obtenidos del cuidadoso examen del movimiento aparente de los planetas no encajaban con las esferas, que debían ser sus órbitas, y los sólidos perfectos. Es entonces cuando marcha a Praga llamado por Tycho Brahe, que cuenta con datos mejores que los suyos. Cuando por fin pudo contar con toda la información necesaria (a la muerte de T. Brahe), después de muchos años de haber comenzado su trabajo, llegó a la conclusión de que las órbitas planetarias no eran circulares. Su idea primitiva se derrumbó; pero aceptó la realidad que le dictaba la observación directa y acabó describiendo las órbitas elípticas, la situación del Sol en uno de los focos de la elipse y formulando las tres leyes que le valieron un puesto en la ciencia astronómica.

Platón, Aristóteles, Pitágoras, despreciaron la observación directa; la experimentación requería de la actividad manual, siempre despreciada en un mundo esclavista; por otra parte, nunca la habrían tenido en cuenta si sus resultados hubieran contradicho las perfectas arquitecturas de su pensamiento, que, según creían, estaba construido con principios más elevados. La Iglesia, por acciones similares a las de Kepler, empujó a Galileo al borde de la hoguera y le obligó a retractarse de sus conclusiones, negándose a aceptar la evidencia que podía contradecir aquello que se deducía del mito sagrado. Kepler había construido su teoría impulsado por las mismas creencias, pero supo dar paso finalmente a los resultados de la experimentación marcando un hito en la construcción de la ciencia y el pensamiento modernos.

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[1] Johannes Kepler. 1571- 1630
[2] Nicolás Copérnico 1473- 1543. En realidad quien primeramente formuló la teoría de que la Tierra giraba en torno al sol había sido Aristarco de Samos en el S. III a. de C., observación que cayó en el olvido durante siglos, como otros tantos hallazgos de la ciencia antigua, barridos primero por el idealismo y el racionalismo especulativos y después por la superstición religiosa.
[3] Los sólidos perfectos o platónicos son los únicos cinco poliedros cuyas caras son polígonos regulares: tetraedro, cubo, octaedro, dodecaedro e icosaedro.

(Publicado en Punto de vista el 12/06/08)

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La Naturaleza de las cosas

 

lucrecioPoggio Bracciolini, humanista obsesionado por la recuperación de la cultura latina, rastreó todos los monasterios a su alcance en busca de vestigios de la literatura clásica. Recuperó multitud de textos, entre ellos (1417) De rerum natura, la obra de Lucrecio (s. I a.C.), que había permanecido perdida durante toda la Edad Media. El magnífico manuscrito que encabeza esta entrada es una copia realizada en 1483 por el fraile agustino Girolamo di Matteo por encargo del papa della Rovere, Sixto IV –el que inició las obras de la Capilla Sixtina–. La admiración por la cultura latina y el nuevo amor por la naturaleza explican el interés del pontífice y el primor y elegancia de su ejecución, pese a que Lucrecio había sido la bestia negra de los Padres de la Iglesia, como demuestran las noticias que de él nos dejara San Jerónimo, a todas luces calumniosas, aparte de ingenuas. Apenas si tenemos otros datos del poeta que esas calumnias, el contenido de su obra y el impacto, extraordinario, que causó entre sus contemporáneos y en los siglos siguientes.

En su tiempo despertó la animadversión del círculo aristocrático de Cicerón, que consideraba indecente que llevara a la plebe el rechazo de la superstición, con la difusión del materialismo epicúreo. Por superstición hay que entender religión, que en Roma era religión de Estado; en efecto, la oligarquía, detentadora del poder, consideraba fundamental el mantenimiento de la práctica religiosa para la tranquilidad del Estado. La intención de su poema era didáctica, por eso eligió el verso para exponer todo un tratado filosófico, en el que se encuentra, perfeccionada, la teoría atómica de Demócrito, el rechazo radical de cualquier entidad no material, así como la inutilidad del temor a la muerte.

«Atiende ahora; habiéndote demostrado que las cosas no pueden nacer de la nada ni, una vez nacidas, ser devueltas de nuevo a la nada, (…) déjame citarte otros cuerpos cuya existencia material deberás admitir aun siendo invisibles. (…)»

Como en su momento Platón con Epicuro, los pensadores cristianos de la primera época consideraron a Lucrecio y su obra extraordinariamente peligrosos para el idealismo dualista en que se basaba su doctrina, por lo que rechazaron violentamente sus tesis e incluso trataron de desprestigiarlo con toda suerte de infundios como el citado de San Jerónimo. Posteriormente permaneció en el olvido durante siglos, apenas recordado por las diatribas y falsas noticias que habían dejado sus detractores, hasta que a principios del siglo XV fue redescubierto al encontrarse el poema integro.

En una situación histórica de gran fluidez por el agotamiento del viejo paradigma aristotélico, vigente desde hacía siglos, y en la que apuntaban ya las nuevas condiciones de la ciencia moderna, el redescubrimiento del atomismo comenzó en seguida a rendir frutos.

«… la Naturaleza entera, en cuanto existe por sí misma, consiste en dos sustancias: los cuerpos y el vacío en que estos están situados y se mueven de un lado a otro. Que el cuerpo existe de por sí, lo declara el testimonio de los sentidos, a todos común; (…) Por otra parte, si no existiera el lugar y el espacio que llamamos vacío, los cuerpos no podrían asentarse en ningún sitio, ni moverse en direcciones distintas…
Pues doquiera se extiende el espacio libre que llamamos vacío, no hay materia; y donde se mantiene la materia, no puede haber espacio hueco. (…)
Los átomos son, pues, sólidos y simples, formando un todo coherente de partes mínimas (…)
… es indudable que ningún reposo se ha concedido a los átomos a través del profundo vacío, sino que, agitados en continuo y vario movimiento, unos rebotan, después de chocar, hasta grandes distancias, mientras otros sufren los golpes dentro de un breveespacio. Los que, más densamente asociados, chocan y rebotan dentro de exiguos intervalos, trabados como están por la maraña de sus formas, constituyen las tenaces raíces de las peñas, la indómita sustancia del hierro y los demás cuerpos de este género».

A finales del siglo XV, Galileo no escapó a la fascinación de estos textos cuyas ideas le permitieron empezar a trabajar por fin con una alternativa viable a la física aristotélica y, a la larga, sentar las bases de la ciencia moderna. Curiosamente Lucrecio (Titus Lucrecius Carus) es uno de los hitos fundamentales en el progreso humano, pero de los más difamados y de los más ignorados.

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BIBLIOGRAFÍA:

Michel ONFRAY: Las sabidurías de la Antigüedad. Contrahistoria de la filosofía. I. Anagrama
Benjamín FARRINGTON: Ciencia y política en el mundo antiguo. Ed. Ayuso.
El enlace de Galileo conduce a la conferencia de Pietro Redondi: El atomismo de Galileo.
El texto integro de De Rerum Natura en la Biblioteca Virtual M. de Cervantes. (La nota introductoria y biográfica contiene los prejuicios tradicionales contra Lucrecio).

(Publicada en Punto de vista el 16/02/09)

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